Cohousing, una apuesta por el apoyo comunitario
Un modelo de vivienda colaborativa que permite a las personas mayores envejecer con autonomía, compañía y cuidados compartidos frente a la soledad no deseada
En la sociedad actual se impone la inmediatez, la individualidad y la soledad. Las personas, en especial los jóvenes, están aprendiendo un nuevo modelo de comportamiento, con el que se prefiere estar solos –o se comunican más a través de las redes sociales–, mientras que un sector de la población –que se ha dedicado toda la vida al cuidado de los demás– tiene que adaptarse a algo que no les interpela. Y que tampoco les gusta. De pronto, se ven obligados –ya no solo por el duelo que afronta cuando muere un ser querido– a tener que afrontar la vejez en soledad. Y empiezan a sentirse aislados, ausentes y sin apoyos. Se instaura en ellos una incomodidad que muchas veces no se resuelve porque se niegan a que su vida se perpetúe en soledad, en una residencia de mayores o a tener que depender de sus hijos. Por esta razón, vivir en un cohousing senior se está convirtiendo en un fenómeno cada vez más popular para aquellas personas que buscan envejecer en comunidad en un entorno donde la independencia y la comunidad coexisten de forma armoniosa. Se trata de un modelo de vivienda colaborativa que está diseñado para personas mayores que desean conservar su autonomía mientras disfrutan de cercanía y apoyo.
A pesar de que se mantiene la privacidad de los hogares individuales –que, muchas veces, también es importante–, los residentes comparten espacios comunes que han sido diseñados con el objetivo de fomentar la interacción. Asimismo, todos los residentes se involucran en la gestión compartida y toma de decisiones, lo que crea un ambiente de responsabilidad colectiva. De esta manera, también es esencial para ello que la toma de decisiones se haga de manera democrática y consensuada, permitiendo que cada voz tenga peso en la organización y el funcionamiento del grupo. Por otro lado, también se diferencian de los edificios tradicionales en que los usuarios participan en actividades comunitarias diseñadas de forma exclusiva para ellos. Y en cuanto a los servicios tradicionales, como la ayuda tecnológica o el acompañamiento a citas médicas, son parte fundamental del día a día. Es decir, de alguna manera la soledad desaparece y comienza el apoyo mutuo.
Como se trata de un modelo novedoso, se encuentra bastante limitado debido a la falta de una definición jurídica uniforme y también hay mucha confusión con respecto a la terminología y a las características del modelo. A ello se suman los problemas para encontrar suelo y financiación, así como un panorama sin normativa estatal y una pequeña diversidad de leyes autonómicas que a veces no regulan los proyectos autogestionados o los espacios comunitarios o cooperativos, y un apoyo institucional limitado.
Con todo, también son muchas las ventajas de este modelo. La principal, que disminuye la soledad no deseada y favorece los cuidados y el apoyo entre vecinos. Además, algunos modelos disponen de cocinas comunitarias, comedores, gimnasios o servicios de salud y limpieza para aquellas personas que necesitan que se les haga la comida o que se les controle una enfermedad crónica, sin tener que salir del edificio y, normalmente, de forma más económica que si los cuidados se contratan de forma individual. También resultan más económicos que las residencias tradicionales.
‘Etxekide’ en Navarra
La primera piedra de Etxekide
En Navarra, esta propuesta se está empezando a materializar a través de Etxekide, que, si todo va bien, en primavera de 2027 culminarán con las obras y los residentes podrán empezar a convivir. Se trata de un proyecto residencial sin ánimo de lucro, promotora de 25 alojamientos colaborativos senior que tendrá lugar en la Txantrea –en concreto, en la zona de Alemanes, en Aranzadi–, con un edificio construido en la planta baja y dos alturas. De esta forma, se aprovecha, tal y como en su día apuntaron los futuros vecinos, un espacio que “ya en el siglo XIII se menciona como lugar de huertas y viñedos, más adelante, como lugar de paseo y de recreo que redescubrieron los alemanes llegados a Pamplona en 1916 de Camerún. Carambolas asombrosas de la vida, y de la historia, que acabó rebautizando este espacio de la ciudad”.