Maigret y la muerte del embajador

Dirección y guion: Pascal Bonitzer a partir de la novela de Georges Simenon. Intérpretes: Denis Podalydès, Anne Alvaro, Manuel Guillot, Irène Jacob y Dominique Reymond. País: Francia. 2026. Duración: 80 minutos.

Pascal Bonitzer nació en la Francia liberada de hace 80 años, cuando la guerra acababa de terminar y el mundo cambiaba las reglas. Pertenece al grupo de ilustres veteranos ajenos al tiempo, inasequibles a la moda. De hecho, quizá alguien recuerde su colaboración como coguionista en la Benedetta (2021), de otro vintage de lujo llamado Paul Verhoeven; otro iconoclasta radical. La cuestión es que Bonitzer comenzó a hacer cine al final de los sesenta y, desde entonces, no ha parado, aunque su trayectoria no le haya dispensado una proyección internacional de primera línea. Llegó tarde al tren de la Nouvelle Vague, y ha seguido otras vías.

Toda su historia profesional se ha forjado en su país de origen y con Maigret y la muerte del embajador, Bonitzer no hizo sino dar(se) un recital de esas esencias intrínseca e inequívocamente francesas. Escoger una pequeña obra de Georges Simenon, autor al que paisanos como Jean Renoir, Julien Duvivier, Claude Chabrol, Bertrand Tavernier, Marcel Carné, Gilles Grangier, Maurice Pialat, Patrice Leconte y Henri-Georges Clouzot, entre otros, han adaptado, y escritor a cuya obra también se acercaron directores como Béla Tarr; impone y supone una declaración de intenciones.

En Maigret y la muerte del embajador, las intenciones son claras desde el primer plano: una pipa que sí es una pipa pero que en realidad denota el símbolo de una manera de acceder al mundo del crimen y la delincuencia. Es la pipa de un Maigret que parece haberse rodado hace más de medio siglo. Bonitzer, sin querer actualizar a su protagonista, lo mantiene fiel a sus esencias, como una joya sin desembalar en una tienda de antigüedades. Lejos del ideario Netflix: sexo, violencia, suicidio...; su Maigret afronta estas cuestiones renunciando al sensacionalismo. En esta película, que parece del tiempo de Bresson, de los días de Melville, Bonitzer permanece fiel al espíritu Simenon sin que ello implique no retorcer su literatura.

La acción y las prisas contemporáneas desaparecen en un relato de pausa y calma. Con olor a tabaco y sabor a brandy francés, las pesquisas para desentrañar la extraña muerte de un embajador francés ya retirado rodeado de cartas con olor a mujer y cuidado por una mayordoma de pura sangre, se perciben como un volcán que no ruge, aunque la tierra de sus alrededores tiembla. Bonitzer filma como quien lo hace para sí mismo, sabedor de que eso ya no se estila, pero convencido de que hace aquello que le gusta.