Proyecto Salvación (Project Hail Mary)

Dirección: Phil Lord y Christopher Miller. Guion: Drew Goddard a partir de la novela de Andy Weir. Intérpretes: Ryan Gosling, Sandra Hüller, Milana Vayntrub, Lionel Boyce y Ken Leung. País: EE.UU. 2026. Duración: 156 minutos.

Concebida como una película enciclopédica y alimentada con reliquias saqueadas de las tumbas de los grandes títulos del cine de ciencia ficción, Proyecto Salvación reescribe la odisea de un Robinson Crusoe sin tierra. El relato de Daniel Defoe, escrito hace más de 300 años, sirve de piedra angular sobre la que se levanta este proyecto. Por lo tanto, la soledad de Robinson primero, su amistad con Viernes (aquí Rocky) después, y ese periplo de supervivencia con la esperanza de poder escapar del laberinto sideral, devienen en la obra de Andy Weir, adaptada al cine por Phil Lord y Christopher Miller, en un tobogán emocional de 156 minutos de duración. Una serpenteante montaña rusa que lleva al espectador a todo tipo de sensaciones.

Sus efectos especiales nacieron para brillar en los IMAX. Su recreación del espacio y de los misterios de las estrellas nos regala un par de naves que se merecen estar desde ya en la galería que acoge al Halcón Milenario, la Enterprise, Discovery One, Nostromo o la Milano. Todo eso acontece a la vez que sus paradojas psicológicas, esa angustia existencial que rodea a su principal personaje Ryland Grace (Ryan Gosling) y los rasgos que le definen como un outsider entre alienígenas, un científico freakie devenido en profesor de secundaria por su incontinencia verbal y por su excentricidad, hacen del protagonista un astronauta poco convencional. Este Robinson con la cara de Ryan Gosling no busca escapar de isla alguna. Navega por el espacio, a años luz de la tierra, con la misión de salvar al sol. Cree que el agua puede ser innecesaria y ha sido escogido para una misión sin retorno.

A Proyecto Salvación le antecedió Marte (2015) de Ridley Scott, escrita por el mismo autor, el citado Andy Weir, y sobre ella se proyectan todas y cada una de las películas que han abundando en la carrera espacial y en la posibilidad de que existan habitantes de otros planetas.

Phil Lord y Christopher Miller ya habían dado señales de su competencia. Llevan juntos desde la escuela, ambos nacieron en 1975. Se hicieron famosos por sus intervenciones en las películas Lego, en los Spiderman del metaverso y son guionistas, productores y realizadores. Pertenecen a una generación que no ahorra esfuerzos para dar verosimilitud a las coartadas científicas, el macGuffin de su película; pero que no dudan en infantilizar a sus protagonistas por más que lo que esté en juego sea la destrucción de la vida humana.

Así las cosas, la película invierte mucha energía en resultar convincente en los detalles de su misión salvadora. Otro tanto acontece con el apartado de los efectos especiales, con el diseño de las naves, con la simulación de la gravedad cero y con el reguero incontable de guiños y homenajes que se proyectan en la película. Tanta ciencia, cinefilia y profesionalidad digital, acaban por desatender la carga dramática, la historia de una amistad entre un terrícola y un alienígena.

Se sabe que ha costado 150 millones de dólares, una inversión de alto riesgo que llevó a iluminar todas las zonas oscuras de su trama argumental; a redondear sus aristas de óxido y miedo. El antihéroe, Ryland Grace, el hombre de la gracia, el bendecido, quien debe salvar al planeta, aparece construido como un inadaptado, un freakie sin raíz ni esperanza; un solitario que sublima su vacío aferrado a su pasión científica, a su talento notable, a su zozobra existencial.

En Gosling, también productor de la película, recae la responsabilidad de banalizar su personaje, de hacer muecas, de marcarse bailecitos –¿qué les pasa en EEUU con estas cosas?–. En su primera semana los ingresos de taquilla daban noticia del éxito de la operación. En ese jugar al equilibrio entre película blanca y distopía apocalíptica, se pierde la capacidad de aventura y se arruina la ambición de ahondar. Entre esas dos aguas chapotea un filme que, como en las últimas líneas de las aventuras de Defoe, muestra su decisión de no angustiarse más. Y eso pese a que, entre líneas, en el espacio y en compañía de un alienígena de piedra, el hombre destinado a hacer un Hail Mary (como detalla su título original), ese último pase desesperado para una victoria imposible: salvar el mundo; se redima con el valor de la amistad.