Dirección: Ian de la Rosa. Guion: Ian de la Rosa y Diego Vega. Intérpretes: Silver Chicón, Herminia Loh, Esperanza Guardado y Cisco Lara. País: España. 2026. Duración: 101 minutos.
Crítica de Iván & Hadoum: Amor precario
La atracción que sienten Iván y Hadoum no resulta tan penalizada ni es tan letal como las viejas historias de Montoyas y Tarantos, Capuletos y Montescos que nos contaban cuando se contaban historias de (des)amor. Sin embargo, que no sea tan lúgubre, no significa que su entorno no resulte inmune al rechazo y a las diferencias familiares y étnicas de sus ADNs respectivos. El paisaje de batalla que Ian de la Rosa convoca en su primer largometraje, se derrama por los Campos de Níjar cuya belleza y miseria describió el Juan Goytisolo del final de los años 50. En aquella Almería, la del campamento militar de Álvarez de Sotomayor, le nació a Goytisolo su amor por África y su curiosidad por el mundo árabe, ese que mil años atrás, se cultivó cultivando tierras de aceite y geometría. Ian de la Rosa nació allí, en la Granada de 1988. Es un director trans y asume una lírica más prosaica. Su mirada se sabe atravesada por la precariedad laboral de ese mar de plástico en el que se han convertido las tierras donde el spaghetti western sostuvo con vida el Viejo Oeste que en EEUU ya nadie creía.
Ian de la Rosa comenzó hablando de su realidad inmediata cuando debutó con un cortometraje, Víctor XX, un drama de transexualidad e (in)tolerancia. Ha pasado una década larga y en el camino, de la Rosa ha curtido su oficio. Con esa solvencia –que no insolencia– y seguridad, recrea ejemplarmente un espacio que conoció durante su infancia y juventud. La Níjar de pequeñas empresas envasadoras, la de la mano de obra emigrante hambrienta y húmeda. La del sudor de pobres con sed de probes. Convencido de que el cine es un espacio de privilegio donde sus moradores tienden a proyectar la angustia de una situación de élite, Ian de la Rosa desentierra un fantasma al que el cine rara vez acoge: el del mundo laboral.
Y el cine que nació retratando a los obreros a la salida de la fábrica en 1895, renegó en nombre del happy end y la evasión, a mancharse con los lugares de alienación y sufrimiento que Chaplin recogió en Tiempos modernos (1936). Ian de la Rosa asume el testigo del Laurent Cantet de Recursos humanos (1999) para esbozar una contemporánea relación entre dos desheredados. Un proceso dialéctico que ahonda en un común denominador que las homogeneiza: su clase social. Unidos por el desamparo, de la Rosa concilia y conjuga los rostros con el paisaje, el deseo con la necesidad y la lucha de clases con el sueño de poder viajar en libertad hacia un Oeste sin fronteras.
