Capítulo uno
Todo el mundo miente. Hace años, se llevó a cabo un experimento psicológico para estudiar la prevalencia de los comportamientos deshonestos.
Incluía una máquina expendedora averiada.
Vinieron por mí sin previo aviso.
Era otro primer día en una nueva escuela; algo que sucede a menudo cuando tu madre y tú estáis huyendo. Ya ni siquiera podía llevar la cuenta de cuántos primeros días había tenido, aunque el año que fui a diez colegios distintos fue, sin duda, el peor.
Se suponía que esa mañana debía estar tomando apuntes sobre economía, oferta y demanda, pero, en vez de eso, estaba haciendo doomscrolling debajo de la mesa.
Los expertos dicen que la próxima recesión comenzará antes de lo esperado. Los economistas del país predicen que, debido al aumento de los tipos de interés…
El extraño clima invernal en el suroeste de Estados Unidos va más allá del cambio climático. Estos patrones climáticos «anómalos» no pueden atribuirse a…
La policía vuelve a pedir ayuda a la población en el caso de una adolescente desaparecida de Santa Ana. Phoenix Xing fue vista por última vez saliendo del colegio hace exactamente un año…
Ficha
- Título: ‘La hija del encanto’
- Autora: Melissa de la Cruz
- Género: Fantasía y romance
- Editorial: Kiwi
- Páginas: 480
Otro escándalo para una estrella de reality show, acusado de engañar a su novia de toda la vida…
Un escarabajo negro y brillante cruzó el suelo, moviendo las pinzas.
«¿Qué haces aquí, amiguito?».
Se detuvo, como si se diera cuenta de que lo observaba, antes de desaparecer bajo la pared.
Ojalá pudiera hacer lo mismo. Estaba desesperada por salir de allí.
El instituto apesta, no importa si has estado en el mismo pueblo desde que naciste o si acabas de llegar, como nosotras. Solo quería salir.
«Ten cuidado con lo que deseas», diría mi madre.
Una voz entrecortada salió del altavoz:
—¿Puede venir María Josephina Robertson Rodríguez a la oficina, por favor?
Solté el lápiz y me enderecé. Eso solo podía significar que mi madre venía a recogerme antes de hora.
«¿Ya? ¿Por qué? ¿Estaba pasando otra vez?».
El profesor —cuyo nombre ni siquiera me había aprendido aún—, asintió en mi dirección.
Todas las cabezas se giraron hacia mí.
«Ahí va la chica nueva», estarían pensando.
Los ignoré, intentando parecer despreocupada. Guardé el móvil en el bolsillo, cogí mi desgastada mochila y me levanté dispuesta a salir. Detrás de mí, el profesor retomó donde lo había dejado.
Si la oferta disminuye, entonces…
La puerta se cerró con un clic.
Caminé por el largo pasillo vacío hacia la oficina principal. Escuché el chirrido de una silla arrastrándose sobre el linóleo y murmullos apagados saliendo de una de las aulas.
Estaba segura de que iba por el camino correcto, porque había llegado por ahí desde la oficina hacía solo un par de horas. Pero, de alguna manera, el pasillo parecía alargarse sinfín. Interminable. Umm…
Sobre mí, una luz fluorescente parpadeó, haciendo un ruido extraño.
Y, entonces, todo quedó en silencio.
Ya no se oían sillas chirriando ni voces susurradas. Todas las aulas a mi alrededor estaban oscuras y vacías.
«Probablemente, no hay clases a esta hora», me dije. «O tal vez están en la biblioteca. Nada de qué preocuparse. ¿Verdad?».
Hasta mis pasos sonaban más fuertes. Cada pisada retumbaba en mis oídos. Me sentía completamente sola, de una forma extraña e incomprensible.
No, era solo que estaba en un lugar desconocido, y eso me ponía nerviosa.
Era normal. Todo era normal. Ya me iba, de todas formas. En unos minutos estaría en casa.
Detrás de mí, una puerta se cerró de golpe.
Me giré para mirar, pero no había nadie.
Mi corazón empezó a latir apresurado.
Cuando volví a mirar al frente, el pasillo se extendía tan lejos como cuando salí del aula.
«¿Qué demonios…?».
Se oyeron ruidos similares a los de globos explotando.
Me giré de nuevo, con el estómago en la garganta.
Las luces, al final del pasillo, estaban todas apagadas. La oscuridad lo cubría todo, donde antes estaba mi clase.
En apenas un instante, como fichas de dominó cayendo, la oscuridad avanzó hacia mí. Los estallidos se hicieron más fuertes y más agudos. Las bombillas explotaban y el vidrio caía al suelo.
Corrí hacia la oficina.
«Está ocurriendo. Lo que mi madre me había advertido durante años. Aquí. Ahora».
Corrí tan rápido que ya ni sentía mi cuerpo. Solo tenía un pensamiento:
«¡Sal de aquí!».
Y entonces, todo se volvió negro.
SOBRE LA AUTORA
Melissa de la Cruz es la nº1 de New York Times, nº1 de Publishers Weekly y la autora bestseller nº1 de IndieBound entre muchas aclamadas y premiadas novelas para lectores de todas las edades. Sus libros han estado en las primeras posiciones de las listas de USA TODAY, Wall Street Journal y Los Angeles Times y han sido publicados en más de veinte países. Como editora de moda y belleza, Melissa ha escrito para el New York Times, Marie Claire, Harper’s Bazaar, Glamour, Cosmopolitan... Melissa creció en Manila y se mudó a San Francisco con su familia. En la universidad de Columbia, se graduó en Historia del Arte e Inglés. A día de hoy vive en Los Ángeles y Palm Springs. Otros títulos de la autora son 29 citas y Un lugar para mí.
Mis ojos no tuvieron tiempo de ajustarse, por lo que no tenía ni idea de qué había frente a mí, pero, aun así, seguí corriendo. En cualquier momento llegaría al final del pasillo. Estaría cerca de la oficina, cerca de una salida. Estaba justo a la vuelta de la esquina. ¿Dónde estaba todo el mundo? Estábamos envueltos en sombras, y, sin embargo, no se oía nada. Ni profesores mandando callar a sus clases. Ni anuncios. Ni alarmas. Nada.
Solo estaba yo, corriendo en la oscuridad.
Más adelante vi movimiento. Figuras parecidas a unas sombras. Media docena o más. Apenas iluminadas por la tenue luz que entraba por las puertas exteriores a su izquierda.
Sentí un alivio intenso: no estaba sola, después de todo.
Por supuesto que no.
¿Por qué me había asustado? Solo era un apagón. El personal estaría revisando que todo estuviera bien.
Reduje el paso hasta caminar, sin apenas aliento, con un calambre en el costado.
Las figuras dejaron de moverse: parecían estar esperándome al final del pasillo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, sin aliento.
No respondieron.
—Umm… me han llamado a la oficina —indiqué.
A medida que me acercaba, sus cuerpos y rostros tomaron forma.
Oh… No trabajaban en el colegio. No eran profesores. Ni administrativos. Y tampoco eran estudiantes.
Rostros alargados, piel perfecta y rasgos afilados. Cuerpos delgados, de extremidades largas, cubiertos por capas negras.
Supe al instante quiénes eran.
Y, lo más importante, supe qué eran: Encantos. También conocidos como hadas, pero en la lengua de mi padre conocidos como encantos o engkántos. Criaturas mágicas, ocultas al mundo humano.
Había muchos tipos: diwatas, espíritus femeninos del bosque y las montañas con apariencia humana; dwendes, parecidos a enanos. Estos eran, en su mayoría, munduntugs; cazadores.
Uno de estos encantos dio un paso al frente. Tenía el pelo oscuro y rizado, sobre unas orejas puntiagudas.
—No podemos perder tiempo —anunció en un susurro melodioso—. Tu padre, el rey, ha muerto. Estás en grave peligro. Podemos protegerte, pero debes venir con nosotros.
—¿Ahora mismo? —fue lo único que pude decir.
Mi mente daba vueltas.
«Mi padre está muerto. Estoy en peligro. Tengo que irme con ellos».
No. Tenía que hablar con mi madre primero. Para esto habíamos estado huyendo toda mi vida. Para mantenerme a salvo del mundo de mi padre. Y ahora, ese mundo había salido de las sombras y me había encontrado.
—No hay tiempo —insistió otro, y dos de ellos se acercaron a mí.
El primero repitió:
—Ven con nosotros. Ahora.
—Pero mi madre…
Uno de ellos me tomó del brazo.
—Debes hacerlo —declaró la criatura—. Los otros llegarán pronto.
La capa se movió cuando me tocó, revelando un ala iridiscente plegada a su espalda. Era del batallón volador. Habían enviado a los mejores cazadores para buscarme.
—Está bien —acepté—. Pero ¿y mi…?
—Tu madre será informada —señaló, mirando con ansiedad a los demás.
El que parecía estar a cargo volvió a hablar:
—Por supuesto. Ahora sigue…
Antes de que pudiera terminar, una ráfaga de aire entró con fuerza, como una tormenta atravesando el edificio. Nos cubrimos los ojos, pero quedamos congelados en el sitio, atónitos ante el viento que se arremolinaba a nuestro alrededor.
La cazadora tiró de mí y empezó a arrastrarme, mientras les gritaba a los demás:
—¡Corred!
Justo cuando empezamos a movernos, sentí que se soltaba de mí con brusquedad.
Y desapareció.
El aire se calmó, revelando a otro grupo de hadas: un grupo de patianaks, con dientes afilados, piel brillante, y alas negras y lustrosas, como las de un cuervo.
Eran los más feroces e implacables de los guerreros encantos.
Me estremecí.
La cazadora, que había estado a mi lado, yacía en el suelo. Uno de los patianaks estaba sobre ella, con su espada clavada en su pecho.
Horrorizada, retrocedí, intentando desesperadamente decidir en qué dirección correr, pero, mirara donde mirara, solo había más enemigos.
Los patianaks habían masacrado al batallón alado de munduntugs con una eficiencia despiadada.
Volver por el pasillo oscuro era mejor opción, que lo que sucedía allí.
Me giré dispuesta a correr, pero, en cuanto lo hice, unos brazos fuertes se cerraron a mi alrededor.