Síguenos en redes sociales:

¿Por qué los activistas atacan las obras de arte?

Qué ocurre cuando el arte deja de ser un medio de expresión para convertirse en el objeto de un ataque. El arte nunca debe ser contemplado como enemigo ni como medio para enfrentarlo. Reflexionamos sobre ello y repasamos algunos casos desde 1972 hasta la actualidad

¿Por qué los activistas atacan las obras de arte?M.R.

A lo largo de la historia, el arte ha sido uno de los lenguajes más profundos y duraderos con los que los hombres y mujeres hemos tratado de expresarnos. Mucho antes de que existieran los estados modernos o las declaraciones formales de derechos, las pinturas, las esculturas y la música ya expresaban nuestros miedos, creencias, y anhelos colectivos. El arte ha servido para celebrar el poder y también para cuestionarlo, para preservar la memoria y también para imaginar posibles situaciones. En ese sentido, su vínculo con la libertad de expresión es inseparable, ya que una sociedad que protege el arte suele ser también una sociedad que protege la palabra y la crítica. Sin embargo, esta relación se vuelve tensa cuando el arte deja de ser un medio de expresión para convertirse en el objeto de un ataque, incluso cuando quienes lo agreden lo hacen en nombre de causas que consideran justas.

La historia del arte no está exenta de este tipo de violencia. Desde la iconoclasia religiosa hasta la censura política, innumerables obras han sido destruidas o mutiladas por considerarse peligrosas, inmorales o contrarias al orden establecido. Pero existe una diferencia sustancial entre la destrucción impulsada por el poder y la destrucción promovida desde la protesta civil para llamar la atención. En las últimas décadas, esta segunda forma ha ganado visibilidad, especialmente en museos y espacios patrimoniales. Numerosos activistas han atacado obras emblemáticas para denunciar el cambio climático, las desigualdades económicas o la inacción política. La paradoja es evidente, dado que se apela a la libertad de expresión mientras se daña un bien que encarna esa misma libertad.

El ataque de László Tóth a ‘La Piedad’ de Miguel Ángel, en 1972.

La fragilidad del patrimonio artístico

Uno de los casos más conocidos de ataque directo a una obra maestra ocurrió en 1972, cuando un hombre golpeó con un martillo La Piedad de Miguel Ángelen la basílica de San Pedro del Vaticano. La escultura, símbolo universal de dolor, compasión y belleza, sufrió daños graves en el rostro de la Virgen.

Aquel acto no fue una protesta política organizada, sino el resultado de un delirio individual, pero sirve como recordatorio de la fragilidad del patrimonio artístico. La restauración fue posible, pero el episodio marcó un antes y un después en las medidas de protección de las obras. La cuestión de qué se pierde cuando una obra única es dañada, aunque sea reparada, se mantiene abierta, puesto que se altera una relación histórica e irrepetible entre el pasado y el presente.

Más recientemente los ataques se han disfrazado de performances y han terminado por ser realmente mediáticas. Activistas que lanzan tomate contra cuadros famosos o que se pegan con pegamento a marcos y vitrinas aseguran no querer destruir el arte, sino utilizar su visibilidad para amplificar un mensaje urgente.

Obras de Monet, Van Gogh, Klimt, Da Vinci, Picasso o Velázquez han sido convertidas en escenarios de esas protestas. En muchos casos, los cuadros estaban protegidos por cristal y no sufrieron daños irreversibles, pero el gesto simbólico es claro: el arte se transforma en rehén de una causa. La cuestión que nos podríamos hacer ya no es sólo si la obra resulta dañada físicamente; podríamos ir más allá y preguntarnos si su significado está siendo instrumentalizado hasta ser vaciado de su contenido propio.

Dos activistas se pegaron al cristal protector de la obra ‘Masacre en Corea’, de Picasso, en 2021.

Los motivos

Es indudable que las causas que motivan estas acciones son legítimas. La crisis climática, la injusticia social o la concentración obscena de la riqueza en pocas manos son problemas reales que exigen una atención urgente. Sin embargo, la legitimidad del fin no justifica cualquier medio.

Atacar obras de arte no interpela al poder político ni económico de forma directa. Qué va, más bien desplaza el conflicto hacia un terreno simbólico donde la pérdida es colectiva. Los museos no son bancos, ni parlamentos, ni mucho menos las sedes de las corporaciones contaminantes que están acabando con el planeta. Los museos son espacios de conservación, educación y diálogo, sostenidos en gran medida por los recursos públicos y por la confianza social en la importancia que le otorgamos al patrimonio común.

Además, estas acciones generan un efecto contraproducente. En lugar de fomentar un debate profundo sobre las causas defendidas, suelen provocar rechazo, polarización y un cierre defensivo en torno al arte atacado. Este artículo es un claro ejemplo de ello. El foco mediático se desplaza del mensaje al escándalo, del problema estructural al acto disruptivo. Así, la obra agredida termina siendo percibida como una víctima y los activistas como agresores, diluyendo la fuerza ética de la denuncia que pretendían visibilizar.

Ataque a ‘Muerte y Vida’, de Gustav Klimt en 2022.

Dimensión ética

Existe también una dimensión ética que no puede ignorarse y se basa en que las obras de arte no pertenecen únicamente a su tiempo ni a sus creadores. Esas obras pertenecen a todas las generaciones y dañarlas es romper un pacto implícito entre el pasado y el futuro. La libertad de expresión, tan esencial como el arte mismo, no implica el derecho a silenciar o destruir otras formas de expresión.

El arte ha demostrado una y otra vez que posee una capacidad insuperable para ser un instrumento de crítica social. Desde Francisco de Goya hasta Ai Weiwei, innumerables artistas han denunciado guerras, injusticias y abusos desde dentro del propio lenguaje artístico. Tal vez el desafío contemporáneo consista en recuperar esa potencia creativa de la protesta, en lugar de optar por gestos que, aunque espectaculares, empobrecen el espacio común que dicen querer proteger.

Defender causas justas es una necesidad moral, pero proteger el arte es una responsabilidad colectiva. Si ambos espacios entraran en conflicto, convendría recordar que el arte no es el enemigo, sino un aliado potencial. Atacar el arte es, en última instancia, atacar una de las pocas herencias compartidas que aún nos recuerdan quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes podríamos llegar a ser.