Polinesia francesa: cinco buenos planes en el Paraíso

De las 118 islas que componen la Polinesia francesa, solo 67 están habitadas, y apenas un puñado son accesibles durante un viaje turístico

26.12.2020 | 19:53
De las 118 islas que componen la Polinesia francesa, solo 67 están habitadas, y apenas un puñado son accesibles durante un viaje turístico

Algunas internacionalmente conocidas, como Bora Bora, y otras algo más discretas, como Tikehau o Rangiroa, enseñan a apreciar los pequeños matices, la diversidad paisajística y las diferencias culturales de cada una, aunque siempre con el mismo hilo conductor: la arraigada cultura Ma'ohi.

Hay en conjunto cinco archipié-lagos importantes: Tuamotu, Marquesas, Gambier, Austral e Islas de Sociedad, donde están las más conocidas. Todas tienen en común una deliciosa mezcla de culturas polinesias y francesas, y un clima tropical constante. Por ello, a la hora de planificar un viaje a la Polinesia Francesa hay que elegir qué islas visitar y las experiencias de las que disfrutar en cada una de ellas. He aquí algunos planes.

NUTRIR LA PIEL CON ACEITE DE MONOÏ EN TAHITÍ

Coronada por majestuosos picos en forma de círculo, Tahití, la mayor isla de la Polinesia Francesa, se alza sobre el océano como una reina orgullosa. El interior montañoso alberga valles sagrados, arroyos de aguas cristalinas e imponentes cataratas. Tahití es el centro neurálgico de la Polinesia Francesa y el lugar donde se encuentran la capital y el aeropuerto internacional, de ahí que sea el primer lugar que recibe a todos los viajeros.

La isla de Tahití, de origen volcánico, ofrece playas de arena negra e impresionantes vistas desde sus montes y miradores. La mayor parte de la población se congrega en torno a la costa, por lo que el interior se mantiene casi intacto. Al visitar Tahití, la isla revela lentamente toda su belleza. Puede ser explorada de muchas formas diferentes: las playas de arena negra de la costa este, las de arena blanca de la costa oeste, los lugares de submarinismo, los spots de surf más accesibles o más míticos, los picos de montaña y los valles exuberantes, el mercado lleno de colorido de Papeete, y mucho más.

Papeete, la bulliciosa capital, cuyo nombre significa cesta de agua (era antaño un lugar de reunión donde los tahitianos iban a llenar sus calabazas con agua fresca), es el centro neurálgico del territorio, alberga hoteles de categoría internacional, spas, restaurantes refinados, clubes nocturnos, bulliciosos mercados, museos, tiendas de perlas y comercios. En el Mercado Central se pueden comprar productos locales, además de todos los comestibles, aromáticas flores o pareos, aunque sin duda el producto más buscado es el aceite de monoï.

Este producto de fama internacional proviene de la copra, una variedad de coco, y se elabora con la flor de tíaré, una delicada flor que pertenece a la familia de las gardenias, tiene un perfume delicioso y que tradicionalmente la población local utiliza con fines terapéuticos. En la Polinesia, este suntuoso aceite se considera sagrado y se utiliza para hidratar, nutrir, proteger y reparar piel y cabello. También está demostrada su eficacia contra la picadura de los insectos y es desinfectante. Hoy en día, su agradable esencia similar al jazmín y su tacto suave le han llevado a convertirse en un afamado cosmético internacional. Comprobarlo en su propia cuna es una gran experiencia.

SENTIR EL LEGUAJE DE LA NATURALEZA COMO HIZO MARLON BRANDO

Santuario para aves, tortugas y todo tipo de especies marinas, Tetiaroa es venerada por los tahitianos, que la consideran un lugar sagrado. Tan sagrado que antaño este atolón con playas de arena blanca y cocoteros era el lugar de vacaciones reservado para la realeza tahitiana. No resulta sorprendente pues que Marlon Brando se enamorase del lugar durante el rodaje del Motín a bordo en 1960, y más tarde se convirtiese en el propietario –a día de hoy sigue perteneciendo a la familia Brando–.

En la actualidad se pueden seguir los pasos de los reyes y de las estrellas de Hollywood en un vuelo privado de 15 minutos desde Tahití o Moorea. La isla de Tetiaroa es un lugar único dentro del archipiélago de Sociedad. A diferencia de las islas vecinas, éste es un atolón coralino con un ecosistema muy particular, hogar habitual de gran variedad de especies endémicas. Tetiaroa alberga una de las colonias de aves más destacadas de Polinesia, con el charrán blanco, el alcatraz pardo, la fragata, el rabijunco común y sobre todo la única colonia de charrán piquigualdo conocida en las islas de Barlovento.

Las aves acuden a reproducirse en este oasis de paz inhabitado y su entorno debe ser preservado de modo perentorio. Inhabitada durante siglos, Tetiaroa permite a sus visitantes aislarse del resto del mundo, escuchando tan solo el sonido de la naturaleza y reconectar con su yo interior mientras pasean entre sus playas de arena blanca, palmerales o cruzan a nado la amplia laguna. Las bondades de esta isla fueron advertidas desde hace tiempo, de modo que las antiguas dinastías monárquicas de Polinesia se trasladaban a Tetiaroa para descansar.

En 2014 se inauguró el exclusivo hotel boutique The Brando Resort, internacionalmente conocido como ejemplo de sostenibilidad y desarrollo de proyectos para el cuidado del entorno natural. Además, se considera uno de los hoteles más lujosos y exclusivos del mundo. Prácticamente invisibles desde el mar, las 35 residencias se integran maravillosamente en el exuberante paisaje natural

DISFRUTAR SABORES EXÓTICOS EN MOOREA

A tan solo 30 kilómetros de la capital se encuentra la isla de Moorea, la segunda en tamaño del archipiélago de Sociedad. Esta isla volcánica ofrece el perfecto equilibrio entre mar y montaña, permitiendo a sus visitantes disfrutar de una de las lagunas más bonitas del país, donde practicar snorkel o buceo en sus cristalinas aguas.

En el interior, las abruptas montañas se pierden entre las nubes diseñando un paisaje natural de tonos esmeralda, serpenteado por cataratas y bosques de helechos. Moorea se alza majestuosa sobre el océano como una catedral, con unos picos elevados y abruptos coronados por nubes. Poéticas cataratas caen por laderas cubiertas de helechos, apacibles praderas flanqueadas por cumbres de tonos verde esmeralda reencuentran al viajero con la majestuosidad de la naturaleza y la laguna azul brillante de Moorea encarna la imagen idílica de los Mares del Sur. Casas de color pastel rodeadas de jardines de hibiscos y aves del paraíso rodean la isla, formando un collar de pueblos donde la vida es sencilla y auténtica.

Estimulan los sentidos y recuerdan lo maravillosa que puede ser la vida. La vie heureuse, como dicen en Tahití, la vida feliz. Colorida, florida y radiante, la isla de Moorea es un placer para los sentidos. Es un lujo pasear por los jardines y playas de arena fina, observar las innumerables flores en los jardines naturales y las plantaciones de piña, apreciar el espectáculo de una sesión de pesca en piragua o escuchar el sonido del ukulele bajo un árbol de purau. Un colorido arrecife coralino y la gran variedad de fauna marina consiguen que buceadores expertos y aficionados caigan rendidos ante tal espectáculo natural, aunque no menos impresionantes resultan las rutas del interior, donde poder realizar un trekking siguiendo los pasos de Capitán Cook hasta el Mirador O'Belvedere. Pasear por el interior de Moorea se traduce en atravesar inmensas plantaciones de piña, plátano y otras frutas exóticas, que se pueden saborear para apreciar el gusto natural de lo auténtico. Aquí también se puede comenzar a experimentar los sabores de la cocina local.

Sorprenden muchos de sus platos de inspiración francesa, pero con el toque que aportan los productos y sabores autóctonos. Abundan las frutas y los pescados, como parece obligado. La fruta legendaria del árbol del pan o uru, la nuez de coco, las decenas de variedades de plátanos, entre ellas el incomparable plátano macho anaranjado o fe'i, los diversos tubérculos como el taro, el tarua, el ufi o el umara, que constituyen la base de la cocina de las islas. Las papayas, mangos, piñas, sandías, pomelos y limas, acompañados de un poco de vainilla, sirven para confeccionar sabrosos postres con los que terminar una comida típica de las islas de Tahití.

Los peces de la laguna y del mar, como la perca, el mahi mahi o los peces loro, también figuran en el menú típico polinesio. Aparte de cocinados, a menudo se comen crudos, y a veces marinados en zumo de lima y leche de coco, como en la célebre receta del pescado crudo a la tahitiana. Todos estos alimentos tropicales se pueden introducir en el tradicional ahima'a, horno polinesio donde se cuecen frutas, verduras, lechones, pollos, y otras maravillas como los po'e o masas de frutas locales.

Todo ello regado con una leche de coco fresca y cremosa. Incluso existen circuitos turísticos que proponen descubrir los sabores de las islas durante unos picnics con los pies en el agua, organizados en una playa o un motu (islote). Estas excursiones ofrecen la oportunidad de consumir los peces recién capturados, entre ellos el sabroso ume, el emperador de las lagunas o los pequeños carángidos.

IMPREGNARSE DEL AROMA DE LA VAINILLA EN TAHA'A

La vida se ralentiza en la isla Taha'a. Este lugar apacible permiteá vivir al tranquilo ritmo de vida tradicional de los tahitianos. La sencilla belleza de esta isla en forma de flor se debe a sus suaves montañas, rodeada por minúsculos motu con playas de arena blanca brillante.

El aire cargado de vainilla sopla mediante una brisa que desciende de unas laderas donde hay numerosos cultivos de esta aromática especia. Los suaves olores se extienden por el océano anunciando la presencia de la isla mucho antes de que surja en el horizonte. La isla de Taha'a comparte su laguna y arrecife con la de Raiatea, a quienes muchos consideran su hermana mayor.

Esta pequeña isla conserva su encanto natural y el estilo de vida tradicional, permitiendo a los visitantes un acercamiento auténtico a la cultura y usos de los antiguos polinesios. Comúnmente conocida como Isla de la Vainilla, es aquí donde se encuentran las plantaciones más grandes e importantes del país, ya que en Taha'a se obtiene el 80% de la producción total de la Polinesia Francesca. Descubrir los secretos de la vainilla en su entorno natural permite apreciarla todavía más. A los visitantes les encanta probar la vanilla tahitensis, una especie única y muy valiosa con, según dicen, todo el sabor del Paraíso.

Para cultivarla se requiere un saber hacer que se adquiere con el tiempo y mucha experiencia. Como unos alquimistas sumamente pacientes, los especialistas manipulan la vainilla durante largos meses antes de ver cómo se obra el milagro. Quienes visitan esta isla no pueden perder la ocasión de recorrer el Jardín Coral de Taha'a, una granja de perlas y destilerías de ron, muy abundantes en las zonas interiores. Además, para los más aventureros existen dos demandadas rutas de senderismo que recorren la exótica selva hacia los montes Puurauti y Ohiri, un plan que une a la perfección naturaleza y deporte.

VER LOS COLORES DE SU LAGUNA EN BORA BORA

Antes de la llegada a Bora Bora se puede admirar desde el avión el impresionante perfil de esta isla. La silueta del monte Otemanu sobre una laguna de variados tonos azul turquesa es una escena digna de contemplar desde las alturas. Pero esto solo es el comienzo, pues la variedad de especies que habitan dicha laguna le han otorgado fama internacional como referente de snorkel y el buceo.

Situada a 50 minutos de vuelo de Tahití o Moorea, Bora Bora, con una laguna que parece la paleta que un pintor ha poblado con tonos azules y verdes brillantes, provoca en el visitante un verdadero flechazo. Turistas de todo el mundo acuden a esta isla para admirar los hibiscos que crecen en las colinas y valles del monte Otemanu, mientras las motus cubiertas de palmeras rodean la laguna como un delicado collar. Unas playas de arena blanca perfectas dejan paso a unas aguas de azul intenso donde coloridos peces tropicales se mueven por los jardines de coral y se acercan a la orilla, donde pueden apreciarse sin gafas de buceo.

Junto a ellos, gigantescas mantarrayas nadan con elegancia. La escena se podría definir fácilmente como la encarnación del romanticismo, con resorts y spas de lujo diseminados por la isla ofreciendo bungalows sobre pilotes, mansiones con techo de paja y un ambiente mágico. Sencillamente, Bora Bora es una de las más hermosas islas del planeta. La Perla del Pacífico, como muchos han denominado a Bora Bora, destaca por su característica geografía, y esto se debe a que la isla principal, un antiguo volcán ya extinto, está rodeada por diversos islotes de coral denominados motus, creando en el centro una amplia laguna de fondo coralino que es el privilegiado hogar de una gran variedad de especies marinas como mantas, tiburones limón o de punta negra, entre otras.

La isla principal tiene una extensión de 32 kilómetros, por lo que resulta perfecta para recorrer en bicicleta y disfrutar tranquilamente de todos sus encantos. La playa más popular se llama Matira, aunque lo más habitual es alojarse en un resort situado en alguno de los motus desde donde se accede directamente a la laguna. Las excursiones son sorprendentes, y explorando las distintas rutas se encuentran restos arqueológicos como los Marae o algunos refugios y cañones de la II Guerra Mundial, además de espectaculares miradores donde admirar las puestas de sol desde enclaves privilegiados.

noticias de noticiasdenavarra