Portugal: rocas de tierra y mar en el centro del país

Recorremos el centro de Portugal empezando por Peniche, un espacio marítimo que lucha por mantener su identidad frente al Atlántico

20.04.2022 | 08:43
Naturaleza hermosa en una playa portuguesa.

Alejándonos de Peniche pasamos junto a su faro y acantilados y nos vamos acercando a otra mole pétrea, esta vez el castillo de Óbidos. Óbidos es un pueblito encantador, sobre todo al atardecer, cuando apenas quedan viajeros en sus calles. La muralla que defendía el territorio cristiano de los musulmanes fue reconstruida en tiempos del dictador Salazar, en la idea de recuperar patrimonio e inducir al turismo. 

Óbidos y sus calles lo tienen todo. Pasadizos llenos de la atmósfera de otro tiempo más calmado, las flores, el empedrado, las librerías y las tiendas donde te ofrecen el licor de Ginja para hidratar el cuerpo forman casi un escenario de cine. Las vistas desde el alto baluarte son estupendas, y abajo, en lo que hace siglos fue una laguna hoy desecada por causas naturales, se cultivan las apreciadas peras Rocha.

Un rinconcito de Peniche.

A lo lejos, hacia el oeste, se intuye el mar: parece que se ve la bruma que llega desde Nazaré, salitre al viento y olas enloquecidas provocadas por el mayor cañón submarino de Europa, 200 kilómetros de una hendidura abierta en el fondo marino que provocan que las olas en la playa norte de Nazaré estén entre las mayores del mundo, con sus 10, 20 o 30 metros. Un tal McNamara, que por ese apellido más que hawaiano debería de ser un rudo irlandés, voló sobre una ola de 24 metros. Y un francés de nombre Benjamin Sanchis le superó surfeando sobre 33 metros de ola. Nuestro Axi Munian conoce también las olas de Nazaré y dicen en el lugar que el azoreño Hugo Vau puede que tenga el récord mundial, cabalgando como hizo una de 35 metros.

Antes del surf, Nazaré también fue un lugar importante para los intrépidos navegantes del siglo XVI. El explorador y aventurero Vasco da Gama rezó en la pequeña capilla que hay junto al acantilado de este lugar antes de partir rumbo a las Indias Orientales. Él fue el primer europeo en abrir esta nueva e importante ruta conocida como la Ruta de las Especias, cuando bordeó y cruzó África hasta el Índico. ¡Qué sería de nuestra gastronomía sin la canela, el clavo o la pimienta! ¡Gracias, Vasco da Gama, por pensar en nosotros!

La pequeña ermita se mantiene en pie junto a la cruz de la Orden de Cristo, levantada en homenaje a la gran navegación. Debajo del impresionante acantilado está la playa urbana de Nazaré, donde las mujeres venden en la playa pescado seco.

En la playa nos contaron que antiguamente los pescadores de Nazaré sabían de la peligrosidad de su mar y su costa; la razón la desconocían, pero las consecuencias de naufragios y desolación, sí. Así, cuentan que los vestidos de las mujeres de los pescadores tenían siete faldas. La primera les servía para protegerse del tiempo, con las otras iban contando las olas mientras esperaban en la playa, siete faldas siete olas, la cadencia perfecta para evitar el peligroso mar.

Esperando a la ola en Nazaré.


A la derecha se ve la silueta del faro, la bruma se levanta poderosa. Nos acercamos hasta este icono rojo conocido en todo el mundo que ama el mar y las olas. Su origen no fue guiar a los marinos, sino que más bien se levantó como fuerte para repeler las invasiones. Los franceses de Napoleón llegaron hasta aquí. Hoy, la pequeña fortaleza alberga un museo donde los frikis del surf tienen su gran mausoleo: las tablas de los genios que han surcado las olas de Nazaré están aquí como diciendo "sin mi, nada se hubiera alcanzado". Grandes y pequeñas, coloridas y más discretas. Un pequeño museo ilustra sobre el origen tectónico-submarino de las olas.

Aguas sulfurosas


Actualmente estas olas son una industria potente, más que para producir energía, convertidas en una enorme maquinaria para el ocio y el viaje. También lo fue en su día Caldas de Rainha, sin playa pero con unas aguas sulfurosas que huelen realmente mal y que son extraordinarias para ciertas enfermedades de la piel.

Una reina portuguesa, Doña Leonor, que un día pasaba por Caldas, sintió curiosidad por la escena que estaba viendo, con unos lugareños bañándose en "aguas sucias y putrefactas". Informaron a la reina de que tales aguas eran una medicina para la piel y dio la casualidad de que la señora real tenía problemas precisamente ahí. Y así se inauguró el turismo médico-termal en Europa, y casi en el mundo. Fue Caldas de Rainha el lugar donde se abrió el primer hotel medicino-termal, donde se recetaban tratamientos y donde se unieron la medicina y la salud a través de las aguas sulfurosas.

Caldas cuenta con un ilustre artista en sus calles, Bordalo Pinheiro. Ir conociendo la ciudad visitando sus esculturas de cerámica es una manera diferente de apreciar su trabajo y también el espíritu del lugar. Lo mejor es acabar en la plaza de la República, donde se mantiene un mercado de productos locales abierto todo el año... desde el siglo XIX.

Caldas, cerámica, fruta y aguas. Y estando donde estamos pues nos volvemos hacia la costa. Recalamos en Praia Baleal, un lugar idílico donde uno cruza una lengua de tierra entre dos estupendas playas, una orientada al norte y otra al sur. Así siempre hay una playa perfecta para bañarse y otra para surfear. Cada uno con lo que más le gusta, sin molestarse. ¡El centro de Portugal es perfecto!

Los alrededores se están llenando de apartamentos para alojar a los miles de surfistas que ansían tocar el Atlántico en esta nueva tierra prometida. Y seguimos cerca del agua en este periplo por la zona centro del país luso.

No muy lejos nos quedan las pasarelas de Sao Simao, un enclave de media montaña espectacular. El pueblito es una aldea de pizarra. Este viajero se imaginaba la pizarra gris y plana en los tejados. Pues nada que ver; Sao Simao es una aldea de una sola calle donde todo está construido en cuarzo, porque el enclave forma parte de una cresta quartzítica que da al lugar un aire especial. Bajar hasta el fondo del valle caminando entre un bosque de eucaliptos y luego ascender por la mas de 800 escaleras está muy bien, sobre todo si luego te espera el chef Hugo Tarrafa en el restaurante Varanda do Casal con un calentito y sabroso Massada de Lucío-Perca. Un plato que la madre del propietario, Renato Antunes, cocinaba y que ahora se ha transformado en un exquisito plato para saborear en un lugar mágico.

Con el temple


Apenas nos alejamos de la montaña, continuamos en la Tierra Media, o más bien en el centro del Centro de Portugal. En Tomar está una de las maravillas de la República: el complejo levantado en su día por la Orden del Temple, más conocido como los Templarios, y ese hito arquitectónico-religioso es conocido el Convento de Cristo.

Fueron los Templarios una organización muy poderosa cuyas influencias llegaban hasta la mismísima Jerusalén. El mundo de las Cruzadas, de los peregrinos a Tierra Santa, lo controlaban ellos, que fueron los inventores del turismo religioso y tenían su propio sistema de préstamo de dinero, los Traveler's check del siglo XI. Hoy, de los Traveler's y de las complicaciones para viajar solo se acuerdan los jubilados y los pensionistas.

El convento es inabarcable: este monumento Patrimonio de la Humanidad necesita más que horas, días para conocerlo. Ya la entrada es imponente, las murallas típicas de un castillo europeo se combinan con la construcción de laderas de piedra rodante para dificultar el asedio a la fortaleza. Esta técnica constructiva la importaron los templarios de Oriente Medio.

La visita por el enclave es un viaje al Oriente lejano, en el tiempo, y hoy lejano también en la cultura. La joya de la corona es la Charola o el Oratorio de los Templarios, cuyo diseño y construcción datan del siglo XII y para el que se tomó de ejemplo la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Su planta es octogonal, y el muro exterior también replica este número cabalístico. Todo es increíble en este lugar sagrado, desde la luz, la altura de las columnas o la disposición de cada símbolo con aires de lenguaje críptico.

Nuestro ilustre guía, Bernardo Júdice, nos lleva entre claustros, pasadizos y gigantescas dependencias conventuales hasta un recodo desde donde se puede admirar la Ventana Manuelina o Ventana Capítulo. El ventanal es una obra maestra del estilo manuelino.

De lo alto de la fortaleza a las calles de la ciudad de Tomar, de los Templarios a la judería. Tomar conserva un ejemplo único de sinagoga medieval de estilo prerenacentista. Es pequeñita, ya que la ley de aquel entonces obligaba a que el tamaño de la sinagoga no pudiera superar a la iglesia más pequeña. La sinagoga estaba cerrada, pero su guía Miguel Marques nos la abrió. Para este viajero era la primera vez que visitaba una sinagoga que aún mantiene el culto. Como en la fortaleza templaria, aquí también todo está lleno de simbolismo: el número de columnas, los capiteles o la Torá protegida por el Hejal... Shalom!

Gastronomía

El conocimiento cultural está muy bien, y si está regado con un buen vino de la tierra y un exquisito plato local, pues aún mejor. Llegamos a Penela, un discreto pueblo que, cómo no, también cuenta con su pequeña fortaleza. Quizás sea la mas agreste, levantada sobre la pura roca de la montaña, y en una de sus laderas se levanta la casa de comidas Don Sesnando, donde la señora Doña Minda oficia sus recetas.

Cocina sin secretos, o quizás no apreciables por este neófito en el arte culinario. Su cabrito al horno marcó un diez en la última experiencia gastronómica antes de abandonar las tierras del centro portugués.

Todo aquí cae cerca. Apenas un suspiro por la autopista y nos dejamos caer en Conímbriga, una antigua ciudad del Imperio Romano. Se pueden apreciar las murallas, las calzadas. Se intuye dónde estaban el foro, el anfiteatro... Bajo una cubierta para proteger los mosaicos se encuentra la Casa dos Repuxos o Casa de las Fuentes. Lo que vemos fue construido en el siglo II, y su propietario, un tal Rufus, disfrutó de esta gran casa, donde la combinación de fuentes de agua y elegantes mosaicos nos dan una idea del modo de vida de aquel potentado romano.

Mar, montaña, historias alucinantes. En un espacio geográfico tan pequeño, ¡cuantas historias tan diferentes! Falta poco para despedirnos, pero antes visitamos Batalha, otro monumento Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, que en este caso es un lugar inconcluso. João I ordenó la construcción del monasterio a finales del siglo XIV para conmemorar su victoria en la batalla de Aljubarrota frente a los castellanos, de ahí su nombre: Convento de Santa Maria da Vitória.

La nave principal es de un gótico muy elegante. El claustro principal resulta armonioso y sencillo, y en una nave cercana se honra al soldado desconocido. Aquí están las tumbas reales, los mejores vitrales medievales de Portugal y cómo no, las Capillas Inacabadas del rey Duarte.

A veces, en los encuentros viajeros suceden cosas increíbles. En Batalha estábamos cuando su director, Joaquim Ruivo, se nos acercó y comenzamos a hablar de cine, Joaquim, en sus tiempos mozos, fue todo un director que con sus cámaras de 16 mm. escribía en imágenes. Sin querer, mentó al gran Andréi Tarkovski y su imponente Andréi Rublev. Entre jardines y espléndida arquitectura gótica hablando de una obra fundamental del cine del siglo XX. Estas cosas solo suceden en lugares únicos. ¿Será el Centro de Portugal uno de ellos? 

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