Han pasado de acoger 500 personas a 70, las grandes organizaciones humanitarias como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) se han marchado de la zona por los recortes en la financiación que recibía de Estados Unidos. El propio hogar ha dejado de recibir ayuda de muchas organizaciones que cooperaban con ella. Entre las pocas que se mantienen, la Fundación TAU Navarra. Y a pesar de todo ‘La 72’ resiste a las afueras de la pequeña localidad de Tenosique del Pino Suárez porque sabe que este lugar, a tan solo una hora de la frontera con Guatemala, al sureste de México, es una parada de referencia para quienes migran o buscan refugio.

‘La 72’: la resistencia en la frontera sur de México

‘La 72’ consta de pequeños edificios de tan solo una altura, pintados con llamativos colores y dibujos que dan un calor especial al lugar. La zona para el voluntariado se llama ‘La Resistencia’; la consulta sanitaria, ‘Che Guevara’; el módulo para mujeres, niños y niñas, ‘la tierna furia’; y la cancha de deportes, donde cada día se juega algún partido de fútbol, es la ‘Plaza Dignidad’. En una de las paredes del refugio, con un fondo verde intenso y con una imagen de personas migrantes que salen de América Latina e intentan llegar a unos Estados Unidos amurallados presididos por su actual presidente, se puede leer: “Trump, serás el que encienda el fuego de la resistencia de los pueblos”.

‘La 72’: la resistencia en la frontera sur de México

Estancia de tres días

Este refugio franciscano abre sus puertas a quienes buscan asilo en México, pero también a quienes están de paso en busca del sueño americano. Estas personas tienen derecho a dormir durante tres días en la capilla, un espacio amplio que ha pasado de celebrar oficios a alojar a personas en sencillas colchonetas en el suelo. En su pared principal cuelgan de forma impactante 72 cruces con los nombres y banderas de los países a los que pertenecían las personas migrantes masacradas en San Fernando en el año 2011 por el cártel de Los Zetas al negarse a “trabajar” para ellos.

‘La 72’: la resistencia en la frontera sur de México

Algunas de las cruces cuelgan en blanco. Pertenecen a quienes no pudieron ser reconocidos en las fosas que se encontraron. Un año después nacía este centro coordinado por franciscanos, aunque llevaban años atendiendo a personas en movimiento.

‘La 72’: la resistencia en la frontera sur de México

Continuas extorsiones

Fray Ricardo Alberto Roque, hasta hace pocas semanas director del centro, denuncia que para estas personas “no existe el tránsito libre. Durante toda su ruta migratoria, incluida México, sufren extorsiones de policías, de polleros (traficantes de personas), de asaltantes en el camino que son capaces de golpear y robar a quienes no tienen ni para un refresco. También se enfrentan a desapariciones forzadas, a trata de personas, a ser reclutados por el crimen organizado como mulitas para pasar droga, a violaciones físicas, psicológicas, maltratos… la lista es larga y muy cruda” asegura.

‘La 72’: la resistencia en la frontera sur de México

En ‘La 72’ también existe una zona para personas LGTBI. Allí descansa Keshua Smith, un joven guatemalteco de 26 años que acaba de cruzar la frontera de El Ceibo, a tan solo una hora de Tenosique. En el paso fronterizo, se puede observar un puesto de policía con un vallado a sus espaldas que fue ordenado construir por Donald Trump para reforzar las fronteras. Tras él, se alza un cerro. Por allí pasan a diario quienes no pueden cruzar la frontera de forma legal.

‘La 72’: la resistencia en la frontera sur de México

Keshua recuerda que pasó miedo. “Por allí también pasa la droga y la prostitución. Tienes que pagar a los polleros entre 200 y 500 quetzales (20-60 euros). Te engañan por hacer una ruta de apenas una hora, pero si no les pagas, otros te atracarán”. Añade emocionado: “Cuando cruzas la frontera sientes como que algo se ha despegado de ti. Créeme que las personas que migramos lo hacemos para tener una vida más plena, queremos vivir en paz”.

El joven salió de su tierra justo un día antes de su cumpleaños. “Mis padres me respetaban, pero murieron y en mi entorno familiar no se cansaban de repetir que yo era una “abominación” por ser como realmente soy y por mi forma de amar.” recuerda. “En Guatemala el colectivo gay está muy señalado. La pasamos mal. Un día iba de la mano con mi pareja y desde un coche, una pandilla nos insultó y nos apuntó con una pistola. Mucha gente nos dice “huecos”, que es algo muy despectivo y doloroso. Los únicos días divertidos son los sábados, que nos vamos a una discoteca a la que acude gente de la comunidad y donde podemos ser quienes somos realmente”.

Quechua ya ha realizado la petición de asilo en México y sueña con tener en un futuro un rancho donde vivir tranquilo.

La mayoría, hombres

Pero el perfil de quienes migran y buscan asilo ha cambiado de manera radical desde la llegada de Trump. “Es como si hubiéramos retrocedido 20 años. Tras el Covid comenzaron a venir familias enteras con niños, niñas, personas mayores, discapacitadas… Ahora la mayoría que llegan son hombres solos porque las familias no se atreven a arriesgarse o a ser deportadas”, resume Fray Ricardo.

La historia de Katerine

Entre las excepciones está Katerine, una venezolana de 36 años que huyó de su país dejando allí a sus dos hijas, de 17 y 15 años. “Están bravas conmigo. Ahora mismo no lo entienden, pero lo he hecho por ellas. En mi país sin dinero no se puede estudiar. Trabajando solo da para comer y quiero que vayan a la universidad porque son muy buenas estudiantes” dice con orgullo, aunque su rostro cambia al recordar algunos de los pasajes de su periplo.

Cruzó el río por la frontera de Tapachula (Chiapas), una de las más violentas y al llegar a México fue secuestrada por varios hombres armados que le llevaron junto a otras 16 personas a una especie de rancho. “Allí nos pusieron en tres filas. Una para los que traían dinero, otra para los que podían llamar a su familia para pagar y a quienes les daban el chance de tres días para conseguirlo y la última para quien no llevaba nada. Ahora se ve chistoso, había hasta una secretaria cobrando”, relata con una media sonrisa triste.

“A estos últimos los desnudaron. A algunos les encontraron dinero y se los llevaron. Son los que luego suelen aparecer desmembrados en las noticias del periódico para poner sobre aviso al resto de migrantes. A quienes no tenían nada también los mataron, consideraban que ya no les servían. A algunas mujeres las agarraron como prostitutas”, se lamenta mirando al suelo. “Muchas gritaban con ataques de pánico. Yo no podía gritar, sentía una especie de adrenalina, como nervios … pudimos salir de allí quienes teníamos dinero”. Katerine estuvo a punto de pedir la auto deportación hasta que alguien le habló de ‘La 72’. Ahora intenta regularizar su situación en el país.

Pero la gran mayoría de quienes llegan ahora son hombres o jóvenes hondureños huyendo de la pobreza o de la violencia de las pandillas. Uno de los casos más llamativos es el de Jefferson David Ramírez, un joven de este país de 19 años que incumplió las estrictas normas de la casa a los dos meses de su llegada y fue expulsado. Marco, uno de los guardas, quiso darle una oportunidad en su rancho y hoy es uno más de la familia: “Yo mismo lo saqué de la casa y yo mismo le adopté”, relata riendo. “Yo creo que le ganó la ira. Todos tenemos nuestros límites. Ahorita está adaptado, me ayuda en el rancho, mis hijos de 4 y 5 años le quieren como a un hermano y a nosotros nos llama papá y mamá. Ni se me había cruzado por la cabeza aumentar la familia pero estamos muy contentos”, ríe.

Aún así, el futuro de Jefferson no está claro. A la espera de sus papeles de asilo, en caso de ser denegados, será deportado o quedará en situación irregular.

El flujo no cesa

Y con la era Trump llega un nuevo tipo de migración, la migración inversa. Ya comienzan a verse en ‘La 72’ familias enteras deportadas que ya cansadas han decidido volver a sus países o jóvenes como el hondureño Juan Carlos, de tan solo 25 años de edad, deportado pero con su mujer y su bebé de menos de un año en Estados Unidos. Ahora intenta conseguir el asilo en México mientras observa cómo crece su hijo a través de las videollamadas diarias que realiza.

Y pese a todo, el equipo de ‘La 72’ lo tiene claro. “Durante la Covid las fronteras también se bloquearon, pero es imposible frenar las migraciones. Mientras vuelve el flujo de gente, que volverá, aquí estaremos, aunque sea para atender a una sola persona”, resume Fray Ricardo.