Despedida a Ramiro Giménez Cara

22.02.2021 | 10:05
Imagen de Ramiro Giménez Cara

El martes pasado murió Ramiro Giménez Cara. Había sido alumno en la Diplomatura de Humanidades y Ciencias Sociales del Aula de la Experiencia de la UPNA en el Campus de Tudela donde se matriculó cuando ya tenía 84 años y era él quien seguía acumulando presentes y futuros para darnos clase a todos. Por eso mantenía en su punto la entereza, la cordialidad y esa forma de tratar a los demás que hacía que nos sintiéramos importantes. Estaba jubilado de una exitosa carrera profesional pero se sabía con el deber íntimo de religarse a todo lo humano y de alimentar su edad con otras edades.

Así fue como lo conocimos. Agradecía haber recibido las dádivas en proporción justa y en la hora exacta: tuvo amor en las entrañas, trabajo en las manos y a los compañeros cerca para poder conversar con ellos. Entusiasmado del conocimiento, sin conflictos que resolver, ni dudas, ni espejismos, se sentía bien consigo mismo y pronto fue el primero de nosotros, no porque lo buscara, que no encajaba eso con su discreción, sino porque fuimos nosotros los que nos pusimos detrás y acabó nombrado presidente de la Asociación de Alumnos del Aula de la Experiencia.

Desde entonces, sin someterse a lo que el tiempo quería, fue el alumno más joven, como lo llamaba alguna de sus profesoras. Estábamos acostumbrados a verlo un día y otro día, con la manera que tenía de subir a la Universidad, el cuerpo enjuto, tenaz y la sonrisa que le nacía por ojos y boca. Recuerdo la pasión que ponía para incentivar la matrícula en la Diplomatura de Humanidades, la fuerza de su argumentario para reivindicar de la UPNA el apoyo que se necesitaba y también la gracia con la que estimulaba a sus compañeros para que subieran paseando hasta el Campus en lugar de reclamar una parada de autobús. Tuvimos la suerte de tenerlo en clase escuchando casi con unción, de compartir descubrimientos o de oírlo recitar en actos académicos (en El Embargo, recreando un dialecto que no le resultaba extraño).

No preguntaba mucho, pero sus preguntas suponían una incursión profunda en los temas que se exponían. Pero en algún momento tenía que cerrar la puerta y marcharse. Se ha ido. Como todo lo que está vivo un tiempo y luego, sin aspavientos, deja de estarlo. Callandito, como ha vivido. Me lo imagino ahora como un árbol (un lentisco o un tamariz de Las Bardenas), soportando el viento, recogiendo las nubes cada tarde y regalando su sombra a las hormigas, mientras sostiene el aliento de todos los que fuimos sus profesores y sus compañeros y que le decíamos: "Cuando sea mayor, yo quiero ser como tú". Sirvan estas palabras para celebrar que lo conocimos y para sustituir una reunión en su nombre que estos tiempos tan extraños nos han impedido convocar. Hasta siempre, Ramiro. 

La autora es exprofesora del Aula de la Experiencia del la UPNA (Campus de Tudela)