Jesús Mari Parado, músico total de sonrisa picarona

23.03.2021 | 08:55
Jesús Mari Parado

Hay un aforismo de Laurence Sterne que se puede aplicar a cómo morimos: "La dignidad que buscamos en la muerte puede hallarse en la dignidad con la que hemos vivido nuestra vida". En este obituario vamos a hacer unas reflexiones sobre el último capítulo de la vida de Jesús Mari Parado tras 88 años de larga y fecunda andadura. Desde que un día Francisca y Secundino decidieron traerlo al mundo, primero en la calle San Lorenzo y a los dos años en la calle Tejería hasta casarse. Estudió en los Escolapios y empezó a trabajar pronto en la carpintería de su padre, situada en la calle de La Merced, siguiendo la tradición de su abuelo. Se casó con la pamplonesa Mª Jesús Latasa en la parroquia San Francisco Javier, yendo a vivir al barrio pamplonés de Santa María la Real, en travesía Monte Mendaur, donde vivía actualmente. Vio aumentado su hogar con una niña cada seis años (Beatriz, Marta y Raquel), que le dieron cada una dos nietos (David, Raúl, Hodei, Uxue, Niara y Alex). Era un buen profesional del arte de la madera y encontró el puesto de encargado en Construcciones Arbeloa hasta casi la jubilación, que completó trabajando en una cristalería. Siempre gozó en la empresa de fama de "recto, cumplidor, ordenado, muy manitas y perfeccionista".

En la Escolanía de San Agustín don Pío Iráizoz le vio cualidades para el canto y desde muy joven se enroló en la Coral de Cámara, Orfeón Pamplonés y diversos ochotes, casi siempre a las órdenes del gran maestro José Antonio Huarte, "su ídolo de juventud". Fue muy amigo de Luis Morondo y los hijos le consideraban como un padre. Precisamente con motivo del 75 aniversario de la fundación de la Coral de Cámara de Pamplona, obra de Luis Morondo, se va a rendir un homenaje a Luis Felipe Sarasa, y no estaría de más que se tuviera en cuenta también a Parado, que como nadie vibró y disfrutó en las actuaciones de la Coral de Cámara durante un montón de años.

La misma seriedad y rectitud que imponía a su trabajo fue la norma de tomarse la música "que era su vida", según me cuenta su hija Marta. A su hermana Beatriz, al ser la mayor, le tocó pagar la disciplina de las horas tempranas de volver a casa.

Su esposa Mª Jesús tenía muy buena voz y mucho gusto para el canto coral y ambos pertenecieron a diversos grupos musicales mientras pudieron compatibilizar las tareas de la casa con la cría de las hijas.

En la historia de los Auroros de Pamplona, escrita por Antonio Lecumberri, padre de Joaquín, actual director de la Banda de Barañáin, salta a la palestra un nombre, el voluntarioso Jesús Mª Parado, al que puso de director D. Javier Redín, que dio categoría y continuidad al grupo.

Celebrando en Zubiri en 1960 la fiesta del auroro, que terminaba siempre con cangrejada y paella, se jugó un partido de fútbol que enfrentó al equipo local con El lucero del alba (que no eran otros que los auroros de Pamplona) y el árbitro hacía sonar la campanilla en lugar del silbato. En ese año Parado ya llevaba la batuta de los auroros, cosa que hizo durante más de 50 años hasta hace unos pocos. Entonces se cambió el incómodo armonium por la Rondallica de Los Amigos del Arte, único instrumento de acompañamiento desde la fundación allá por 1945. Ha quedado para la historia la marcha final de cada concierto, un arreglo de Parado, cuya letra dice así en su estribillo: "Vamos a reír, vamos a querer, vamos a rezar, vamos a cantar pidiendo paz a Dios...".

Me remarca su hija Beatriz que "no tenía nunca pereza para madrugar y dirigir la aurora, aunque cayeran capuchinos de bronce o el termómetro marcara -10. Era feliz mientras le aguantaron las fuerzas".

Capítulo aparte merece su aportación al magnífico coro Voces Graves, del que fue uno de los fundadores en 1977 tras la fusión de dos ochotes, según me informa Gabriel Martiarena, que lleva 23 años en el grupo, con el que ha recorrido la piel de toro peninsular y parte del extranjero.

"Jesús Mari Parado era un puntal, capaz de dar limpio lo que en el argot coralista, en clave de humor se conoce como el do de cuto... En la canción rusa de Jarof Peregrino de la noche le bajábamos un tono para que su voz sonara más grave. Yo no he conocido un bajo tan profundo y completo como él, que siempre canté a su lado". Tienen 3 discos grabados y en la despedida del cementerio sonó la grabación de la canción rusa con su atronadora voz.

Luego por la tarde, en la parroquia de San Agustín, Pablo Azpeitia nos deleitó cantándola de nuevo como si del himno del coro se tratara. El grupo, con la vibrante voz del elizondarra Eduardo Zubicoa, le dijo adiós con el zortziko Navarra, arreglo especial de José Antonio Huarte, que llenó de emoción a todos, hasta al director del Orfeón, Igor Ijurra, presente en el funeral, que lo fue también de Voces Graves.

La familia no podía faltar, poniendo su sentimiento junto a auroros, coralistas y simpatizantes encabezando la esquela con esta leyenda: Tu música, tu voz y tu sonrisa pícara estarán siempre con nosotros.

Luego, entrecortada por el llanto, su hija Raquel le dedicaba estas cariñosas palabras al término de la eucaristía: "El canto era tu pasión, tu vida. Se te iluminaba la cara cuando cantabas. Y qué decir de esa voz de bajo profundo que hacía temblar. Ya no será lo mismo la canción del Menú que cantábamos juntos en todas las celebraciones. La imagen de ese niño picarón y feliz en que te convirtió la enfermedad en los últimos años no se nos olvidará en la vida.

Cuando cantabas El Peregrino nos caían unas lágrimas y enloquecía todo el mundo. Cada vez que suene un trueno sabremos que eres tú desde el cielo con esa voz que te caracterizaba.

Adiós, papi. Hasta siempre, músico total". – Ángel Inda (auroro compañero)