pamplona. Choca un poco que un argentino se vaya a vivir a Alemania...

Había varias razones. La primera, que desde niño tuve un gran interés en la literatura centroeuropea, que estaba muy presente en la biblioteca de mis padres, con la que comencé a leer. Si bien los autores que me interesaban estaban muertos y no iba a poder conocerlos, quería conocer los sitios donde habían escrito, por donde habían caminado. También había razones personales, y sobre todo un cierto descontento con Argentina que hacía que tuviera ganas de pasar un largo tiempo fuera del país.

¿Descontento en qué sentido?

Bueno, nunca me gustó demasiado Argentina. Nunca me sentí demasiado cómodo allí, aunque no reniego de ser un argentino y no dejo de leer a argentinos y de aspirar a que mis libros formen parte de la tradición de la literatura argentina. Pero en aquel momento en que me marché, después de haber publicado algunos libros, no estaba muy conforme con esas obras y con lo que de ellas se decía, y en general con mi existencia como escritor.

Y en Alemania se convirtió en un escritor nuevo...

Yo marché a Alemania esperando no volver a escribir, como una forma de dejarlo. Y no lo pude hacer. Después de algún tiempo intentando volví a ello, pero cuando lo hice fue en una situación completamente diferente: el español se había convertido para mí en una lengua puramente literaria, una lengua de leer y escribir pero no de hablar. Adquirí una conciencia mayor de las cosas que hacía con el idioma. Eso cambió mi forma de escribir, cambió mi forma de leer, e hizo que me acercase un poco más a aquel autor que quería ser y a aquellos libros que quería escribir.

¿Qué le impulsó a escribir de la historia de la Alemania contemporánea, de los vestigios y las secuelas que han quedado de ese trágico episodio marcado por el nazismo?

En primer lugar, encontrarme con ciertas situaciones que me parecían muy significativas y dignas de ser puestas por escrito. Pero también me interesaba mucho la potencia simbólica de Alemania, su carácter de metáfora, en el sentido de que la sociedad alemana, por haber protagonizado hechos muy trágicos en el siglo XX, tiene una gran capacidad simbólica que permite al escritor, al hablar sobre ella, hablar de otras sociedades donde ha habido hechos trágicos en el pasado reciente, como España o particularmente Argentina. Hechos que atraviesan la vida de todos nosotros, incluyendo la mía.

En su libro de relatos "El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan" reivindica en la práctica el placer de la forma literaria, de la escritura y la lectura, algo que escasea...

Sí, la consigna que tenía, desde el punto de vista formal, era escribir una serie de relatos de manera que cada uno de ellos fuera diferente en relación a los otros. Quería reivindicar cierto tipo de trabajo de escritura que no se limita a contar historias sino que además se pregunta acerca de cómo contar esas historias, y utilizar formas que hace tiempo que no se utilizan, o incluso que yo no hubiese visto previamente. Quería cuestionar cierta idea preconcebida de que quienes escriben relatos lo hacen de forma intuitiva, como si eso saliese solo. Naturalmente hay escritores así, pero la literatura a menudo supone mucho trabajo. Es una lucha incesante que está perdida de antemano, en el sentido de que como escritor lo que quieres es ser tan significativo para tus lectores como algunos autores lo fueron para ti en el pasado; pero sabes que esos escritores fueron tan buenos que tú no tienes nada que hacer, que has perdido, y sin embargo sigues trabajando. Porque esa cierta inutilidad de la literatura no es obstáculo para que sea bella y para que valga la pena seguir intentando escribirla.

¿El cuento goza hoy de buena salud?

Sí, hay muchos escritores, hay editoriales especializadas en el relato breve, hay una circulación bastante significativa en webs especializadas, hay concursos... Y el cuento es parte de nuestra vida cotidiana, todo el tiempo estamos escribiéndolos, diciéndolos, incluso aunque no sepamos que lo hacemos. Tiene el valor de ser una de puerta de entrada a la literatura para muchos lectores.

Ha comentado en alguna ocasión que la literatura es el dominio de la mentira. Pero con la ficción se puede decir más verdad que con la realidad...

Sí. Digamos que la literatura es una forma socialmente aceptada de la mentira. Creo también que la verdad está sobrevalorada en nuestra cultura, en primer lugar debido a que es totalmente difícil acceder a la verdad, y en segundo lugar porque tal vez no sea siquiera recomendable. Edipo fue a buscar la verdad y acabó ciego, vagando por los caminos después de haberse acostado con su madre y haber matado a su padre... Nadie quiere la verdad cerca. Yo tampoco. Para muchos lectores, entre los que me cuento, la verdad son los textos que leímos y que fueron importantes para nosotros. Yo aspiro a ese tipo de verdad.

¿Dónde encuentra hoy más mentira, en la literatura o en los telediarios y los periódicos?

No veo telediarios, leo periódicos, desde luego. Y veo una gran cantidad de discursos en conflicto, luchando entre ellos por adquirir estatuto de verdad. Veo una sociedad en la cual el poder está estrechamente asociado a una cierta autoridad que consiste en la capacidad de decir si algo es verdadero o falso. En ese sentido, y viniendo de un país con una tradición totalitaria como Argentina, soy muy consciente de que aquello que se nos dice que es verdad, aquello que se nos dice que fue el pasado, en realidad no es más que una construcción ideológica o política. Y lo que me interesa de los libros y lo que procuro hacer con ellos es subvertir esa idea. La literatura que me interesa es de resistencia, una literatura a contracorriente.

¿Qué papel cree que juega o debe jugar la literatura en la labor de recuperación de la memoria histórica?

Bueno, en general la literatura no ocupa ningún lugar en este momento. Ha caído en un descrédito muy grande por numerosas razones, entre las que está el hecho de que cierta literatura que se ha escrito recientemente no vale la pena ser leída, y que la literatura ha procurado competir y no ha podido hacerlo con otras formas de narración como la televisión o el cine. Me provocan cierta pesadumbre aquellos libros que procuran ser series de televisión o películas, porque renuncian a un aspecto muy específico de la literatura, lo que la distingue, y que es cierta capacidad de cuestionar la realidad. Más que contribuir de forma explícita en la tarea de hacer memoria, creo que la literatura es la misma memoria. Y que si es buena, contribuye a una memoria social o colectiva. Creo que esa es su tarea.

¿Le inspira España, país donde ahora reside, como para escribir de él, de su historia, como ha hecho con Alemania?

Sería natural que lo hiciese en algún momento, ahora, no sé si me siento autorizado... éste país es más complicado de entender que Alemania.

¿Por qué más complicado?

Bueno, tiene ciertas deudas con el pasado, es un país cuyo sistema político es probablemente el peor que una sociedad puede darse a sí misma... casi todo lo que pueda decir sobre España es profundamente negativo, lo que creo que es injusto. Francamente, cualquiera que tenga los ojos abiertos en este momento no puede sino admitir que las cosas están mal. Pero ahora quizá hay tareas más urgentes que la escritura sobre este periodo histórico. Más urgente que ello es la transformación de esta época y de esta sociedad.