BALLET DU CAPITOLE DE TOULOUSE
Nanette Glushak, dirección. Programa: 'Sinfonía Escocesa', coreografía de Balanchine y música de F. Mendelssohn. 'La Consagración de la Primavera', coreografía de Mauricio Wainrot y música de Stravinski. Programación: Ciclo 'Otras Miradas Otras Escenas' de la Fundación Gayarre. Teatro Gayarre de Pamplona. 5 de mayo de 2011. Público: Algo más de media entrada.
El Ballet du Capitole de Toulouse presentó un programa con dos mundos dancísticos aparentemente muy distintos y alejados: el clasicismo casi de museo de Balanchine, con su festival de puntas y simetría de escuadra; y el siempre redivivo neoclasicismo con fuertes dosis de contemporaneidad de las coreografías surgidas de la Consagración de La Primavera de Stravinski, con una simetría no menos definida, pero más de cartabón. Ambos mundos: mucho más cercanos de lo que parece, sobre todo en las buenas compañías de danza -como la que nos ocupa- donde lo nuevo tiene solidez si viene de lo clásico.
En la sinfonía Escocesa de Mendelssohn todo está humanamente transpuesto al registro del sueño y de la nostalgia; todo esta sometido a las intermitencias de un corazón romántico. Desde el telón de fondo con un bosque pintado, hasta las evoluciones de los bailarines, todo transpira paisajismo, historias campestres, ambiente, en definitiva, de las Highlands. La compañía francesa reproduce matemáticamente el legado de Balanchine. Evelyne Spagnol domina las puntas, tiene un porte elegante, una vertical sana, y, junto a su partenaire, consigue altura y belleza en los emportés. Valerio Mangianti, de vuelo un poco corto, rebosa clasicismo, así como Isabelle Brusson. El cuerpo de baile se muestra majestuoso en el final, cuando la sinfonía termina con el famoso tema triunfal e hímnico. Hay que tomarse esta primera parte desde un punto de vista filológico. También como repaso histórico -en algunos pasos de hombres trasluce la estética Bournonville-.
La segunda parte ponía en escena La Consagración de La Primavera de Stravinski. Una nueva coreografía para esta obra fija ya en el maravilloso y rompedor ciclo del Gayarre. La sexta desde que empezó esta apuesta tan atractiva. Fue un rotundo éxito. La coreografía de Mauricio Wainrot encaja perfectamente en el torbellino musical de Stravinski. Los bailarines no cejan ni un minuto en la masiva invasión rítmica que supone la partitura. Pero, también, extraen la delicadeza y el drama individual de la narración, los tramos líricos, que también los tiene. Sobre todo con una María Gutiérrez, en el papel de la elegida, extraordinaria. La bailarina santanderina contrapone su fortaleza dancística a la fragilidad del personaje. Tanto en los solos como en brazos de su partenaire o del cuerpo de baile, su evolución es de una agilidad asombrosa, con elevaciones muy bellas e impregnadas de sentimiento trágico, de miedo a la muerte. Ya desde su figura, y en este rol, consigue conmover. Excelente, también, la aportación de Paola Pagano, en un papel protagonista, en esta coreografía, con una danza muy personal, más madura, en línea más descarnada. Pero lo que realmente impresiona, en esta coreografía es el trabajo de todo el conjunto. Con un valor técnico y disciplinario del cuerpo de baile altísimo. El trabajo de Mauricio Wainrot -estrenado en 1994 por el ballet de Cincinnati- se mueve en la línea de los grandes coreógrafos (Bejart, Baus…), con un criterio coreútico muy danzado, de exigencia sin respiro a los bailarines en el seguimiento de la música, en la soltura del movimiento y, en la cuadratura de la simetría. Una simetría que va y viene del caos aparente y que siempre termina ciñéndose con rotundidad, disciplina y figuras de conjunto, a los continuos cambios de compás de la partitura, a los escalofriantes golpes de timbal. Los giros y saltos de los bailarines son extraordinariamente ajustgados, de excelente factura en las caídas, de poderosa visión de conjunto, de impecable seguimiento rítmico. Es un espectáculo visual absolutamente pegado a la música, que dramatiza la narración, pero que, también la embellece con esa belleza de los finales trágicos. Una coreografía de esas que quedan como el nuevo clasicismo del ballet.