PAMPLONA. Y, en concreto, la naturaleza como puente hacia Oteiza, artista total que encontró en su entorno la preocupación vital de sus creaciones. Esa es la base que centra estos días la programación de talleres infantiles que desarrolla la Fundación Museo de Alzuza dedicada al escultor de Orio, y con la que diversos grupos de niños navarros están enriqueciendo su creatividad innata y demostrando que ver, hacer y pensar el arte, además de aprender, también es pasárselo bien.

La imaginación se activa cuando el niño ve una piedra y viene a su mente el crómlech de Oteiza en memoria de Aita Donostia -ese círculo extraño que hasta hoy quizá no sabía muy bien lo que era, pero que ya define con seguridad como "lugar sagrado"-. O cuando piensa en esas palabras, "lugar sagrado", e inmediatamente sus manos se empeñan en crear algo bonito y especial, con los elementos de la naturaleza que más significado tienen para su infancia: el mar, las flores, la hierba verde o, simplemente, la tierra húmeda. El misterio ya es un hecho, va tomando forma -en este caso se impone la circular, en referencia al crómlech- y también color. Es Arte, algo único y genuino. Un retrato del entorno -la naturaleza de Alzuza- y del propio creador, cuya personalidad se vuelca en el proceso y queda como una huella en el resultado.

Mirari, Juan, Iranzu, Lucía, Leire y Julia, niños de entre 7 y 11 años de edad, participaron ayer de la aventura de crear algo nuevo tomando como soporte la naturaleza, en el taller de la Fundación Jorge Oteiza El arte de la tierra. Uno de los cuatro que, desde el pasado martes, la educadora del Museo de Alzuza Kitz Mendiola imparte en estas vacaciones de Semana Santa. Las propuestas se centran este año en la relación del arte y de las culturas ancestrales con la naturaleza. Ayer, la protagonista era la pieza Homenaje a Aita Donostia, realizada por el escultor de Orio para el enclave navarro de Agiña, en Lesaka. Partiendo de dicha obra, que la mayoría de los niños participantes en el taller conocía ayer por primera vez, dieron rienda suelta a su creatividad para crear cada uno su propia escultura. Su particular lugar sagrado.

Musgo -"les gusta especialmente por su textura", comentaba Kitz Mendiola-, ramas, flores, hojas y piedras recogidas del patio de la Fundación Museo en el que Jorge Oteiza acostumbraba a escribir poesía, sirvieron a los pequeños creadores de herramientas para idear sus obras, en las que combinaron los materiales naturales con elementos artificiales como alambres de colores, cuerdas, cartulinas, hilos, telas o papel pinocho. "Me imagino un paisaje con flores, musgo y mar", decía Leire sobre su obra. A su lado, Iranzu construía un puente con hilos de colores, quizá el puente a lo desconocido. Y las dos coincidían con sus compañeros de taller en que las esculturas de Oteiza "son muy chulas, aunque algunas un poco raras".

CONCEPTOS

Seis interpretaciones de un mismo lugar

Entre otros conceptos, los seis niños participantes en el taller de la Fundación de Alzuza pusieron en práctica dos fundamentales: "Que la naturaleza puede ser soporte del arte, y que de un mismo lugar, en este caso el entorno natural del Museo Oteiza, cada uno puede hacer su propia interpretación y crear algo propio", en palabras de Kitz Mendiola. Según la educadora, "el contacto de los niños con la naturaleza es fundamental, y en su caso la imaginación fluye sin ningún esfuerzo, porque se sienten mucho más conectados al entorno natural de lo que nos sentimos la mayoría de los adultos". Y mientras crean, como demostró la sesión de ayer, los niños hablan de los nidos de pájaro que han visto, de las hormigas, del color de las flores de primavera y de la lluvia, aliada inesperada de todos aquellos que miran siempre el mundo como si fuera la primera vez; juegan, imaginan y, quizá sin saberlo, reflexionan sobre cuestiones que interesaron a Oteiza, como la memoria, el paso del tiempo o ese vacío que, lejos de dar miedo, es acogedor porque está repleto de pureza y espiritualidad.