Crítica

Algo se mueve en China

07.02.2020 | 08:33

'baby'

Si no fuera porque los rasgos de su etnia los delata, podría parecer que estamos ante un nuevo filme de los hermanos Dardenne. De hecho, el relato de Baby, su argumento, acoge muchos de los rasgos que caracterizan el interés narrativo de los citados directores belgas. A saber: su protagonista es una joven adolescente que acaba de cumplir los 18 años. Se encuentra en una encrucijada porque su vida debe cambiar. Es hija de acogida y en China, cuando se cumple la mayoría de edad, esos hijos deben dejar la casa de acogida y volar solos. La situación se complica toda vez que esa madre de acogida, una vez que se quede sin su pupila, deberá ingresar en una residencia y perder su casa, porque sencillamente dejará de percibir la ayuda estatal y no podrá hacer frente a los gastos. A los Dardenne esto les hubiera entusiasmado.

Ahí, en esa situación, se enciende la chispa que arde un fuego en el que se consume un problema moral, el dilema ético que plantea Baby. Jiang Meng, nombre de la joven protagonista, se comporta con la misma determinación que las heroínas de Zhang Yimou. Su fe resulta inamovible y sus convicciones ponen de relieve las grietas de una sociedad funcionarial rígidamente encauzada en los intereses económicos. Y Liu Jie, un asentado director chino nacido hace 50 años, evidencia madurez formal y excelente pulso narrativo. A diferencia de los Dardenne, Liu Jie filma a su protagonista en permanente movimiento pero no desde la nuca, sino allí donde se transparentan mejor los sentimientos, de frente, mirándole a los ojos.

La intención de Baby no por evidente deja de tener mérito. Su testimonio evidencia las contradicciones de una sociedad de ruinas y óxido que cada día devora su propio pasado con dirección incierta y sin modelo claro. Su título, arrancado del detonante que establece el conflicto central, alude a un bebé nacido con escasas probabilidades de sobrevivir. Es niña en una sociedad que las infravalora, y necesita una intervención quirúrgica desesperada que podría tener secuelas de por vida y lastrar su futuro, caso de tener alguno.

Liu Jie entrecruza los destinos de ese bebé sin nombre con el de esa joven adolescente abocada a perder a su madre, de salud quebradiza y condenada a no tener hijos por un problema físico en un proceso de autoidentificación que suministra al espectador un excelente material para entablar debates al respecto.

Bien filmada, aunque el peso del déjà vu esté presente en todo momento, la representante china en la Sección Oficial a concurso pasó como una propuesta que tal vez no entusiasme pero a la que no cabe ponerle muchos reparos.