El gran festival se presentaba sin polémicas

Cannes mira a Asia

Con una selección de películas dirigidas por directores consagrados y por realizadores emergentes, el certamen francés optó por la renovación en un palmarés repartido.

09.02.2020 | 11:56
El director surcoreano Bong Joon-ho

Con una selección de películas dirigidas por directores consagrados y por realizadores emergentes, el certamen francés optó por la renovación en un palmarés repartido.

El gran festival francés se presentaba este año sin polémicas adicionales. Con el asunto Netflix en punto muerto y con su películas de momento vetadas, el equipo de Thierry Frémaux volvió a plantear un festival con la misma fórmula de siempre: una mezcla de eternos directores asociados y respaldados por Cannes desde hace décadas -varios con una y dos Palmas de Oro- y la incorporación de nuevos nombres que oxigenen el principal escaparate del cine mundial. Así, la incógnita a despejar era qué vía tomaría el jurado comandado por el mexicano Alejandro González Iñárritu. Con el festival terminado, el palmarés no refleja bien las películas destacadas de la competición, pero es claro que Cannes parece tomar la senda de la renovación al incorporar por tercer año consecutivo un nuevo director y premiar por segunda vez una película asiática.

Si el año pasado el cine oriental demostró su gran momento creativo con la Palma de Oro a la japonesa Shoplifters, de Hirokazu Kore Eda, este año el jurado ha vuelto a confirmar a otra cinematografía oriental, la coreana, que durante las últimas décadas ha dado sobradas muestras su pujanza creativa con una nómina deslumbrante de películas y directores. Pudo haber sido el año pasado Lee Chang-dong con Burning, pero la gloria de la Palma de Oro le ha tocado a Bong Joon-ho con Parasite, director descubierto en el año 2000 por el Festival de San Sebastián y confirmado en 2003 con Memories of Murder, Concha de Plata al mejor director.

sátira social en seúl En Parasite, rodada en Corea tras su paso por el cine americano, donde rodó Snowpierce y la fábula ecologista Okja para Netflix, Bong Joon-ho presenta una sátira social donde una familia pobre de Seúl pretende solucionar sus problemas económicos sustituyendo progresivamente a los empleados domésticos de un arquitecto. Planteada como una subversiva crítica social, resuenan los ecos de Buñuel y Chabrol en su análisis de la burguesía y los poderosos, y cinematográficamente es un derroche deslumbrante de sus capacidades narrativas utilizando recursos de varios géneros: cine negro, terror, gore, casi la ciencia ficción o cine de catástrofes. Tras su aplaudida proyección en el gran cine Lumière, se colocó en cabeza de las preferencias de la prensa internacional, que hasta entonces había dominado claramente Dolor y Gloria.

La película de Almodóvar, que una vez más partía como megafavorita desde antes del inicio, tuvo el apoyo unánime de los grandes medios franceses, y aunque el director no consiguiera finalmente la Palma, ha servido para encumbrar al carismático Antonio Banderas como el sexto actor español tras José Luis Gómez, Fernando Rey, Alfredo Landa Paco Rabal y Javier Bardem galardonado en Cannes con la mejor interpretación de su carrera.

cine español No le ha ido nada mal al cine español en Cannes en uno los raros años en que había tres películas programadas en las dos principales secciones del certamen gracias a dos enfants terribles del cine hispano. Formado en Francia, Oliver Laxe llegaba con O que arde, primera película en gallego proyectada en Cannes, en la sección Un Certain Regard, donde se hizo con el Premio del Jurado. La película es un homenaje bellísimo a la Galicia rural y a sus formas de vida ancestrales, así como de los peligros que amenazan con destruirla. A destacar la fotografía excepcional de Mauro Herce. Por su parte, Albert Serra ganó el Premio Especial del Jurado de la sección con Liberté, un provocador ejercicio de radicalidad cinematográfica sobre un grupo de nobles libertinos del siglo XVIII que practican sexo libremente en un bosque. Serra cuestiona en la película tanto la acción de mirar como el deseo de transgresión. Además de estos premios, fueron reconocidos por la Cinefondation los proyectos El agua, de Elena López Riera, y Alcarràs, que va a dirigir Carla Simón.

Potencia francesa y brasileña Como no podía ser de otra manera, Francia mostró la potencia productiva y artística en su gran escaparate. A la cabeza, las películas de un ya veterano Bruno Dumont y una ascendente Céline Sciamma. En Jeanne, Dumont se acerca al mito de Juana de Arco, tratado por autores como Dreyer, Bresson o Rivette. Lo que consigue es una película iconoclasta que trastoca el mito y lo coloca en un lugar casi desacralizado, pero lleno de fascinación, una obra maestra. Sin habla nos dejó también la sublime Portrait de la jeune fille en feu, que ganó mejor guion, donde Sciamma relata un amor imposible entre dos mujeres de la Francia del siglo XVIII a través de una visión feminista y de una modernidad visual sorprendente. Además, Cannes ha colocado en órbita a Ladj Ly, cineasta criado en los suburbios franceses, que llegó con el contundente debut de Les Miserables, que se llevó el Premio Especial del Jurado. Supone un nuevo acercamiento a los banlieu para hacer una demoledora radiografía de la Francia actual, tal y como hizo La Haine hace 25 años. Otro gran autor francés, Arnaud Desplechin, mostró en Roubaix, un lumière un intento de llevar el género negro francés a un nuevo lugar, logrando un thriller místico que no terminó de convencer, pero que demostró gran ambición artística.

El cine brasileño también ha marcado tendencia ganando dos premios gordos en Cannes. Galardonado con el Premio del Jurado, Kleber Mendonça Filho volvía al concurso con la interesante e irregular Bacurau, una película totalmente diferente en fondo y forma a la aclamada Doña Clara. Aquí se va al interior despoblado del país para, por medio de un western etnográfico, realizar una contundente crítica al gobierno de Bolsonaro y al intervencionismo de Trump. Por su parte, Karim Aïnouz se hizo con el Premio Un Certain Regard con A vida invisíbel de Eurídice Gusmao, historia de empoderamiento y sororidad femenina en los años 50 en Río.

Paso firme Después de 72 ediciones, sigue habiendo solo una mujer ganadora de la Palma de Oro, pero la presente edición del festival ha demostrado la ambición artística y la fuerza de las mujeres cineastas. Además de la obra maestra de Céline Sciamma, el jurado oficial ha respaldado con el Gran Premio Especial del Jurado la mirada que la cineasta francosenegalesa Mati Diop hace a la realidad de su país en Atlantique, un irregular pero original acercamiento a la inmigración donde los ahogados en el mar vuelven en forma de zombis. A competición también se vio Little Joe, que ganó el premio a la mejor actriz para Emily Beechan. Aquí, Jessica Hausner plantea una sofisticada e inquietante distopía sobre la obligación de la felicidad en la sociedad actual. En Un Certain Regard pudimos ver varias primera obras de directoras. En Bull, de Annie Silverstein, retrata una historia de supervivencia entre una adolescente y su vecino negro que trabaja en el mundo del rodeo con sutileza y honestidad. Otro debut interesante ha sido Port Autorithy, película respaldada por Martin Scorsese que ha dirigido Danielle Lessovitz y que narra la historia de amor entre un joven marginal y una chica trans con la escena voguing de Nueva York como telón de fondo. Por su parte, Adam, de la marroquí Maryam Touzani, explora la situación de las mujeres en su país a través de la relación de una joven embarazada que deambula pidiendo trabajo y una viuda que ve una oportunidad para cambiar su vida. En la Semana de la Crítica pudimos ver Ceniza negra, primera película de la costarricense Sofía Quirós, donde se cuenta el paso de la niñez a la adolescencia por medio de una historia que mezcla antropología con fantasmas y actores no profesionales.

Grandes Perlas En el enorme y agotador maremagnun de Cannes también se vieron películas muy destacables que darán que hablar los próximos meses. La película de Robert Eggers, The Lighthouse, se reveló como una de las sensaciones del festival. Con colas kilométricas para verla, la película es un potentísimo artefacto cinematográfico con el sabor de Allan Poe, Melville y el cine de terror. ¿Alguien habría podido imaginar que el silbo de la isla de la Gomera podría servir como elemento clave de una película noir rumana y concursar en Cannes? Eso pasa en La Gomera, del rumano Corneliu Porumboiu, un ovni audiovisual que mezcla influencias de todo tipo. El director Ira Sachs es conocido por su cine intimista y dialogado. En Frankie se traslada a Sintra para contar el encuentro familiar que el personaje de Isabelle Huppert ha preparado ante su cáncer terminal. Una película de inspiración rohmeriana que no fue apreciada por la crítica pero de una belleza increíble.

¿Y que decir de Tarantino? Con ganas de otra Palma, llegó como un huracán, con colas de dos y tres horas entre la prensa para ver el estreno mundial de Once Upon a Time in? Hollywood, un despliegue enérgico de referencias donde recrea con melancolía la meca del cine de los años 60 y 70 como su paraíso perdido. La Cámara de Oro a la primera película fue para Nuestras Madres, donde el guatemalteco César Díaz retrara a las mujeres indígenas como motores de la recuperación de la memoria de los desaparecidos de la larguísima guerra que vivió el país. Y, por último, Gohts Tropic, del belga Bas Devos. Una mujer se duerme en el metro y debe atravesar Bruselas sola por la noche. Frente a la visión de los peligros nocturnos, Devos nos muestra humanismo, empatía y bondad por medio de un trabajo de fotografía excepcional asociado a percepciones mentales y estados de ánimo.