Tadea Lizarbe escritora

“Todos tenemos una identidad oculta”

La autora pamplonesa acaba de publicar su tercera novela, ‘Marionetas sin hilos’, una historia sobre la manipulación y sobre la decisión de ser fiel a una misma

09.02.2020 | 14:34
Tadea Lizarbe.

pamplona - Bruna y Ada, policía y taquígrafa, comparten ciudad, Donostia, pero, aunque no lo sepan, tienen aun más elementos en común. Como unos impulsos reprimidos y un lado oscuro que pueden usar para el bien o para el mal.

Vuelve a emplear el concepto de pensamiento intruso, que inventó e introdujo en sus dos novelas anteriores, ¿necesitaba explorarlo más?

-Sí. Quería avanzar en esta idea, por eso he puesto nombre a los pensamientos intrusos de las dos protagonistas.

¿Por qué se ha convertido casi en su sello como escritora?

-La primera vez que lo usé surgió de una manera casi inocente. Siempre quiero que el lector tenga más información que los propios personajes y esa idea apareció en Comiendo sonrisas a solas haciendo cometer ridiculeces a Eloísa. Su pensamiento intruso se filtraba sin que ella se diera cuenta y la gente que había leído la novela empezó a decirme que cuando se veía en situaciones parecidas le venía a la cabeza ese concepto. Es un personaje extra, como otra primera persona, de manera que, en realidad, en Marionetas sin hilos estoy contando la historia de cuatro mujeres. Y en este libro, como digo, doy un paso más porque, al tener nombres propios, queda más claro que son las titiriteras de los personajes.

Las hace actuar de una determinada manera.

-Y con su permiso o sin él. En el caso de Bruna, ella lo tiene claro, sabe que la Indiscreta siempre está ahí, sabe cuándo actúa y lo acepta. Pero Ada va descubriendo que ella era así antes de su marido, por eso la llama la Vieja Conocida. Y conforme le va poniendo nombre, se da cuenta de por qué toma esas decisiones.

¿Al final, esta es una novela sobre la manipulación, sobre quién manipula, quién es manipulado y quién no es manipulable?

-Sobre todo es una novela acerca de si la manipulación es externa o es interna. Esa es la clave del concepto de títere y de titiritero en esta historia.

Leyendo sus historias, cualquiera diría que Tadea Lizarbe tiene una personalidad oculta. ¿Acaso no la tienen muchos escritores?

-La tengo seguro (ríe). Claro, todos tenemos una identidad oculta. Yo como lectora también leo historias sobre aquello que más deseo y sobre experiencias que menos puedo llegar a experimentar. Eso es lo que, al final, te aporta la ficción. Y un escritor hace lo mismo. Más que escribir acerca de lo que conoce, que en algunos casos también, se basa en lo que le gustaría vivir. Para mí esta novela ha sido una prueba porque me he tenido que poner en límites muy extremos de lo que podía llegar a sentir.

¿A qué se refiere?

-He hecho casi un trabajo de actor de método, me he puesto en situaciones con las que creía que no podía llegar a empatizar, pero con las que he acabado empatizando. Ha sido duro, sobre todo por la parte referida a la tristeza, pero a la vez interesante porque Bruna es vital y alegre y capaz de sacar adelante hasta los problemas más complicados. Y pensar que yo podría también ha estado bien. Me ha hecho salir de la queja diaria a la que estamos tan acostumbrados.

Bruna es muy fuerte, pero Ada adopta un camino que no vamos a contar, pero que es un tanto radical.

-Se vuelve radical y extremadamente fiel a sí misma. Y yo he tenido que pensar si podía llegar a ser tan radical. En esta novela me he expuesto bastante más que en las anteriores.

¿La exposición que le ha exigido esta narración y esa necesidad de ponerse en el lugar de estas dos mujeres tan particulares le han conducido hacia alguna conclusión?

-La conclusión es que he intentado crear trampas para manipular a los personajes, trampas para que el lector pudiera ver qué cosas podían mover sus hilos y cuando he acabado la novela me he dado cuenta de que he caído en mi propia trampa y aun no sé cómo darle nombre. Lectores me han llegado a decir que estoy defendiendo que la mejor versión de una persona es la que es fiel a sí misma, y que, por tanto, defiendo que la mejor versión de uno mismo puede ser la maldad. He intentado empatizar con los actos malvados que cometen algunos personajes, sabiendo que luego esos actos muchas veces tienen consecuencias en forma de castigo.

No sé si son distintas personalidades, pero está claro que todos tenemos rasgos de nuestro carácter que autocensuramos seguramente porque no están en el guión que nos han asignado y en el que se indica que está bien y que está mal. O porque nos dan vergüenza, miedo...

-Has dado en la clave al decir 'por vergüenza', 'por miedo'... En el momento en que identificas por qué no haces algo y te preguntas si quieres ser vergonzosa o no, entran en juego todos los mensajes aprendidos durante años de educación familiar, escolar, social... Con el miedo y otros sentimientos pasa lo mismo. Y si quieres ser libre, debes tomar una decisión. Aunque decidas no hacer algo, siempre y cuando lo hagas consciente de la razón, estás siendo libre. Me pasa muchas veces que me acuesto pensando 'y si en ese momento hubiera sido más canalla, o más conservadora...' Desde ahí surgió la idea de pensamiento intruso. El 'y si...' es una tortura.

El papel de los padres de Ada y Bruna es fundamental en esta novela, porque ambas han tenido mucha suerte. No solo han entendido y aceptado las peculiaridades de sus hijas, sino que las han alentado.

-Son padres que han encontrado el equilibrio de darles apoyo para que aceptaran que su identidad era noble y para que fuera fieles a ellas mismas, mostrándoles a la vez el camino para encajar en la sociedad. Ellos hicieron un gran papel que yo he intentado desbarajustar a lo largo de la novela (ríe). En el caso de Bruna, el caso del extraño cadáver le hace ver que no tiene tanto control sobre su pensamiento intruso como creía, y en el de Ada, la muerte de su marido le revela que no era la persona que creía ser.

¿Cómo era Tadea Lizarbe de niña, también era muy fiel a sí misma?

-(Ríe) Yo de niña era muy movida, vivíamos en Cizur, rodeados de campos y alguna de las cosas que cuento de Ada y de Bruna las he hecho. Era y soy muy curiosa, pero a la vez hiperresponsable. Siempre me han enseñado que tengo que ser responsable, autocrítica... Y la escritura es una manera de liberarme un poco de eso y con esta novela he aprendido mucho a parar y a pensar 'quieres ser así o no quieres ser así'... Y a cruzar líneas que pensaba que no iba a cruzar.

¿Cómo le ayuda la literatura?

-Como digo, normalmente escribes sobre algo que no has vivido y que quizá te gustaría vivir. Y al escribirlo se vuelve palabra y al volverse palabra se vuelve proyecto y luego novela. Al final contemplas toda la construcción y lo aplicas a tu vida. Yo creo que los libros académicos y de ficción tienen aplicaciones por igual.

La salud mental, ámbito en el que trabaja a diario, vuelve a estar presente en este nuevo relato, ¿es una forma de seguir visibilizándola, de acabar con los tabúes?

-Me gustaría creer que ya estamos un paso más allá de tener que visibilizar o quitar estigmas en torno a este tema. En todo caso, preferiría hablar de vacío de conocimiento. Y realmente, la información más rica para llenar ese vacío la tenemos incorporada, nacemos con ella. Todos sabemos qué es la tristeza y no se trata de buscar tanto en fuentes externas, como dentro de nosotros. Si consigues empatizar con un personaje tan extremo como puede ser Ada, eres capaz de saber qué es la salud mental y hasta dónde podrías llegar o no. A consulta vienen personas muy distintas, no un diagnóstico.

Hay un interrogatorio en el que Bruna habla con una persona que está ingresada y se niega a llamarla loca, solo le dice que es una mujer que está en una batalla, que lucha.

-Ese es uno de mis fragmentos preferidos de la novela. Ahí habla del autoestigma, del modo en que hay personas a las que se les ha puesto una etiqueta y ya se sienten incapaces de hacer un montón de cosas. Trabajar, estudiar... Y Bruna, que tiene esa visión privilegiada de la vida, le dice que esa situación es una oportunidad para batallar y para aprender de esa lucha. Le quita el autoestigma.

Se nota que siente pasión por su trabajo, la terapia ocupacional.

-Sí, pero creo que es porque me fascina el comportamiento humano. Escribo estas novelas por eso y trabajo en salud mental por eso también. Podría hacer rehabilitación física, pero mi vocación es otra. Es apasionante porque dicen que solo está analizado un porcentaje muy pequeño del cerebro y creo que lo que vemos en consulta tiene que ver con esas partes que están sin explorar.

¿Por qué ha decidido ubicar la historia en San Sebastián?

-Pues porque soy mitad giputxi (ríe). Mi aita es de allí y adoro Donosti. Creo que esta historia tenía que tener mar. A casi todo el mundo le pasa que cuando mira el mar se queda tranquilo, en paz, como ensoñando...

¿Y a qué viene lo del ciprés? ¿Y lo de Van Gogh?

-El ciprés se pone en los cementerios y tiene una hoja perenne, que es para toda la vida. Cuando estamos al límite nos replanteamos nuestra vida como si pudiéramos cambiarla y la novela defiende que no hace falta llegar a ese punto para tomar decisiones. Y Van Gogh es, junto con Gaudí, una figura de referencia para mí. Y resulta que Van Gogh tenía fijación por los cripreses...