Rosalía, buenamente

La cantante catalana encandiló a casi 40.000 personas con su mezcla de flamenco y sonidos urbanos. El punk de los británicos Idles unió fiesta y reivindicación

09.02.2020 | 19:40
El torbellino de Rosalía no defraudó a las decenas de miles de personas que acudieron ayer a la segunda jornada del BBK Live.

La cantante catalana encandiló a casi 40.000 personas con su mezcla de flamenco y sonidos urbanos. El punk de los británicos Idles unió fiesta y reivindicación

BILBAO. Rosalía es una gran cantante y artista, con pellizco flamenco pero una inquietud musical tan grande como su ambición. Por ello y por su fusión de flamenco y ritmos urbanos actuales, se ha convertido en el fenómeno del último año, en la foto y la banda sonora omnipresente que ha llegado a apabullar con tanta sobreexposición. Anoche arrolló ante casi 40.000 personas, la mayoría jóvenes, con su alegría y su fusión de ritmos urbanos y flamenco en un concierto desprejuiciado y tan mecanizado como natural.

Rosalía metió anoche en Kobetamendi a tantas personas como el cabeza de cartel, el grupo estadounidense The Strokes. Ambos lograron que las entradas de día se agotaran en la segunda velada del Bilbao BBK Live, que vivió una noche de las consideradas históricas, de esas que quedan en la memoria de un público heterogéneo (multitud de jóvenes y peña más veterana seguidora del rock alternativo de inicios del milenio) a pesar del paso de los años.

Con Rosalía parece que basta con ella y sus canciones. La barcelonesa apareció sobre un escenario minimal y desnudo de artificios escénicos, a excepción de las magníficas proyecciones de la pantalla trasera. Y elevada como una diosa sobre una plataforma situada en el centro, arropada siempre por su cuerpo de baile. Los celos acapararon su arranque con Pienso en tu mirá, esa tonada moderna de raíz popular andaluza en la que canta: "me da miedo cuando sales sonriendo pa la calle, porque todos pueden ver los hoyuelitos que te salen".

La alegría, los bailes y los móviles se convirtieron en protagonistas frente a un escenario abarrotado y expectante, con las ganas reflejándose en los rostros del público, mayormente juvenil. A la izquierda, cuatro coristas y palmeros, dos mujeres y los hermanos Los Mellis, conocidos por sus colaboraciones con Poveda y Arcángel. Y a la derecha, los loops, la percusión electrónica y las programaciones (algo atropelladas al inicio) del productor El Guincho, que atesora buena parte del éxito logrado por Rosalía.

Todo pareció calculado, sin apenas lugar para la improvisación, como los espectáculos de estrellas como Beyoncé o Madonna. Salvando las distancias, en ese estatus de estrella incontestable empieza a sentirse Rosalía; y no solo en países de habla hispana tras sus colaboraciones internacionales y sus actuaciones en festivales como Lollapalooza, Coachella, Werchter o Glastonbury.

Y a pesar de ello, Rosalía se mostró natural. Rodada tras meses de gira, se quitó la corona del pop urbano que porta, y con la que empieza a sentirse muy cómoda, para interactuar con su gente, a la que agradeció su entrega, incluso en euskera, en un concierto que se centró en el repaso pormenorizado a su segundo disco, el conceptual El mal querer.

Muy visual

Y el concierto, casi desde el inicio, fue un fiestón bailable que alternó la sensualidad sintética y calma de Barefoot in the park, con la voz de James Blake pregrabada, con fogonazos de ritmos contemporáneos y ecos de flamenco milenario. La cantante, vestida con chaqueta y pantalón rosa de skay y la tripa al aire, se apoyó en un espectáculo muy visual, donde las coreografías de baile con su media docena de bailarinas rozaron la precisión de un reloj suizo.

El concierto fue la evidencia palmaria de que Rosalía se atreve con todo. A publicar casi una canción nueva por mes y, en escena, a ofrecer lo mismo una versión trap de Te estoy amando locamente, de las pioneras Las Grecas, como a cantar inéditos como De madrugá y Como Ali. Y ambos en el arranque. Con dos ovarios, oiga. Casi se paró el tiempo cuando se acercó al quejío flamenco en Que no salga la luna y Di mi nombre, y nos acercó al llanto con el estremecimiento de Catalina, el único corte rescatado de su debut, ese magnífico álbum de flamenco-indie titulado Los Ángeles que deberían oír los jóvenes que reventaron el recital.

Y en absoluto desentonó en el repaso a su último disco, con A ningún hombre, De aquí no sales o el r&blues deconstruido Bagdad confirmando que es una de las mejores cosas que le ha pasado al pop en los últimos tiempos. Joven con poso y quejío flamenco, inteligente y, además, inquieta y abierta a multitud de ritmos y estilos, a la hora de cerrar esta edición restaba por disfrutar de la recta final de su concierto y del previsible aluvión de éxitos. De reggaetón Con altura (con J. Balvin pregrabado), pasando por el Aute cuture y su megaéxito Malamente. Anoche, Rosalía se lo hizo buenamente.

Punk y fiesta

Justo antes de Rosalía, el triunfo fue para el grupo punk británico Idles. Los de Bristol, con su cantante Joe Talbot y sus golpes de pecho al frente, bien resguardado por los guitarristas Mark Bowen y Lee Kiernan, podrían compartir local de ensayo con Sleafords Mods y The Fall y Killing Joke. El quinteto entró en tromba y no decayó nunca en la presentación de sus dos discos, con un punk que puede parecer hooligan por su estética, pero que ha convertido sus versos (letanías contra el poder, la homofobia, el racismo, el Brexit, el machismo o éxitos de Prince y Joe Cocker) más escupidos que cantados de I'm scum, Mother, Love song o Never figth a man with a perm en auténticos himnos para una generación izquierdista que vuelve a creer en las guitarras, la lectura y la alegría a la hora de levantar barricadas.