Luis Manuel López Román

"La diferencia entre magia y religión es algo moderno"

Roma. Época republicana. Un hombre ha aparecido muerto en extrañas circunstancias, sin heridas y con una expresión de terror en su rostro. Marco Lemurio, un romano de clase baja, es la única persona que, a priori, puede solucionar el enigma

16.07.2020 | 22:51
"La diferencia entre magia y religión es algo moderno"

Intrigas políticas, sospechas de brujería y enfrentamientos entre bandas. Esta es la trama principal de Oscura Roma (La Esfera de los Libros 2020), la primera novela de Luis Manuel López Román, un madrileño de treinta y ocho años licenciado en Historia y Filología Clásica que debuta ahora en el mundo literario. Oscura Roma es, según su autor, un intento de llevar la novela de terror, con toques de novela negra, a una época que solo ha sido trabajada desde el campo de la novela histórica.

¿Cómo se le ocurrió el argumento?

- En este libro se unen mis dos grandes pasiones, la historia de Roma y la literatura de terror. No recuerdo el momento exacto en el que se produjo el chispazo de inspiración, pero desde hace años me rondaba la idea de crear un personaje que me permitiera explorar el mundo de lo sobrenatural en la antigua Roma. En un momento dado decidí echar a rodar el proyecto y ver hasta dónde llegaba. Poco a poco, tanto el personaje como la trama me fueron cautivando y decidí que merecía la pena darle la forma de novela.

¿En qué parte de Roma está ambientada?

- Oscura Roma transcurre en diversos escenarios de la Roma republicana, pero hay un barrio que tiene un protagonismo primordial, la Subura. Esta región de Roma, situada en un valle entre dos colinas, era el espacio ocupado por la población más humilde, los romanos y extranjeros que malvivían y luchaban por poner un plato de comida en sus mesas cada día. Un barrio de insulae, casas de varios pisos en cuyos apartamentos se hacinaban todo tipo de familias. Calles de barro, tabernas, prostíbulos, puestos de artesanos... Como digo en el libro, si el Capitolio era el corazón patricio de Roma, la Subura era su alma plebeya.

Marco Lemurio, el protagonista, ¿existió de verdad?

- Es totalmente ficticio. Por desgracia, sabemos muy poco de los romanos de la clase social a la que pertenecía Marco, la plebe urbana. Son millones de personas en varios siglos de historia que no nos han dejado ni el recuerdo de su nombre. Sin embargo, aunque sea ficticio, Marco está construido siguiendo los modelos de otros brujos y brujas de la literatura latina y griega. Mi objetivo, como el de todo escritor de novela histórica, era y es crear un personaje que, aunque no sea real, sí resulte creíble.

La novela está repleta de conjuros y pócimas...

- Todos los elementos mágicos de la novela tienen una mezcla de elementos inventados y otros reales que conocemos por fuentes antiguas y por la arqueología. Tenemos la suerte de haber conservado numerosos papiros con hechizos de todo tipo, a los que se suman tablillas con maldiciones, inscripciones en paredes€ Sabemos bastante de la magia tal y como la concebían los antiguos romanos, gracias a estos hallazgos y a la labor de los muchos investigadores que han desentrañado algunos de sus secretos.

¿Existía la profesión de hechicero en la antigua Roma?

- Sin duda existían profesionales de la magia, como mi Marco Lemurio, que vivían de ofrecer sus servicios a personas necesitadas. Estos hechiceros y brujas aparecen en la literatura antigua caracterizados de muy diversas formas, pero casi siempre con un componente negativo. De hecho, existieron leyes en Roma que prohibían sus actividades e imponían penas muy severas para quienes fueran sorprendidos preparando pociones o hechizos dañinos. No habrían existido estas leyes de no haberse dado casos de brujería contra los que aplicarlas. En cuanto a quiénes recurrían a los servicios de brujas y hechiceros me atrevo a decir que no había grandes diferencias entre ricos y pobres o entre hombres y mujeres. La variedad de hechizos y amuletos mágicos que conocemos es tal que podemos suponer que un amplio porcentaje de la población echaba mano de estas prácticas en alguna ocasión, ya lo hicieran contratando a un profesional o tratando ellos mismos de realizar algún tipo de ritual.

¿Era una profesión más de mujeres o de hombres?

- Las fuentes literarias de época republicana y de primeros tiempos del Imperio se centran más en la figura de la bruja. Los hechiceros aparecen en los textos algo más tarde y muchos de ellos, además, caracterizados como orientales o egipcios. Esto, por supuesto, no quiere decir nada. Es posible que responda simplemente a una moda literaria que cambia con el paso del tiempo. Por desgracia, de los brujos y hechiceras reales no sabemos apenas nada, así que nos tenemos que limitar a los datos que nos ofrecen las fuentes acerca de los magos en obras de ficción.

¿Eran los antiguos romanos muy supersticiosos?

- Ni más ni menos que cualquier pueblo anterior a la Ilustración y a la Revolución Industrial. La vida cotidiana de los romanos estaba llena de símbolos, rituales, amuletos, gestos y palabras que rezumaban miedos y supersticiones. Por ejemplo, ningún romano se habría atrevido a privar a sus hijos de llevar una bulla, un pequeño amuleto que protegía a los niños del mal de ojo y otras maldiciones. Las paredes de casas, jardines y huertos estaban llenos de símbolos fálicos que servían como protección contra las intenciones perversas de ladrones o allanadores. Muchas de estas supersticiones y creencias pasaron después al mundo cristiano más o menos transformadas.

¿Religión y magia iban de la mano en aquella época?

- La diferencia entre religión y magia es algo moderno. Aunque algún autor antiguo, como Cicerón, reflexionó acerca de las diferentes prácticas que él no consideraba plenamente religiosos, lo cierto es que un romano de a pie jamás habría diferenciado entre los dos campos. Tan mágico y tan religioso era sacrificar un cordero en el altar de un dios como introducir una tablilla de plomo con una maldición en las jambas de la puerta de un enemigo. Al fin y al cabo, magia y religión buscan lo mismo, una respuesta sobrenatural para solucionar algún problema real. Los romanos recurrían a una y a otra de forma indistinta. Y lo hacían con total y absoluta normalidad.

Imagino que habría muchos hechizos, sobre todo para temas sexuales. Lo digo porque los antiguos romanos eran bastante lujuriosos€

- Los hechizos de contenido sexual son sin duda el grupo más abundante de cuantos hemos conservado en los papiros antiguos. Los había de todo tipo: para lograr una erección más duradera, para conseguir el amor de la mujer deseada, para castigar a la amada infiel... Algunos incluían ingredientes tan curiosos como ojos de murciélago o huesos del cráneo de un hombre muerto de forma violenta. Eran conjuros además muy agresivos, pues siempre tenían un factor de amenaza, del tipo Si no me ama, que le sucedan mil desgracias.

Por curiosidad, ¿cómo funcionaba un prostíbulo en la antigua Roma?

- Una vez más chocamos con el silencio de las fuentes. El mundo de los trabajadores sexuales en la Roma antigua apenas ha dejado restos en la literatura, y aunque algo se ha podido reconstruir, en parte gracias a la arqueología y la epigrafía, seguimos ignorando muchos detalles. Es de suponer que no habría gran diferencia con un prostíbulo actual: una mujer, esclava, obligada a satisfacer las demandas sexuales de un cliente en un establecimiento en el que además se vendían comidas y bebidas. Hay un elemento curioso que han encontrado los arqueólogos que son las spintriae, una especie de fichas de metal en la que aparecía grabada una escena sexual. Aunque no es una teoría ni mucho menos cerrada, hay algunos especialistas que consideran que estas fichas servían para entregárselas a las prostitutas previo pago al responsable de los establecimientos. De este modo se ahorraba a las mujeres negociaciones y regateos por parte de los clientes.

He leído en su curriculum que está especializado en magia en la Antigüedad...

- No diría tanto como especializado; es simplemente una de mis líneas de interés. En España tenemos enormes especialistas en el tema, como la doctora Raquel Martín, en la Universidad Complutense, que han dedicado toda su carrera académica a estas cuestiones. He tenido la suerte de tener a algunos de ellos como profesores en diversos momentos de mi formación académica. Es un tema fascinante del que queda mucho por trabajar, y de hecho se hacen congresos y publicaciones constantemente.

¿De dónde le viene esa fascinación por la antigua Roma?

- Mi amor por Roma nace en un momento muy concreto, una clase de latín a mediados de los años noventa. Allí, de la mano de un profesor maravilloso, de esos que te marcan de por vida, un chaval que estaba convencido de estudiar Biología en el futuro cambió la ciencia por las humanidades y se entregó con pasión a la Roma clásica. Sé que de no haber existido ese profesor, al que tanto le debo, mi vida habría seguido otro camino muy diferente. Y hoy Marco Lemurio no existiría.

¿Le hubiera gustado vivir en la época que describe en su novela?

- No, en absoluto. Era una época violenta, sucia, en la que la muerte acechaba en cualquier rincón. La mayoría de los niños morían antes de echar a andar, y en muchas ocasiones se llevaban a sus madres con ellos debido a las dificultades en el parto y el posparto. Un elevado porcentaje de la población vivía al límite de la subsistencia, con una alimentación pésima y unos avances médicos inexistentes. En muchos aspectos, un europeo de clase media vive en el siglo XXI mucho mejor de lo que lo hicieron los mismísimos emperadores romanos. Me fascina Roma, pero me niego a dejarme atrapar por una visión romántica de su cultura. Prefiero quedarme en el siglo XXI.

Habrá estado infinidad de veces en Roma...

- Es curioso, pero lo cierto es que no. Conocer la Roma actual en profundidad es una de mis grandes asignaturas pendientes. La gente suele sorprenderse cuando confieso que solo he estado una vez en Roma. ¿Cómo puedo crear personajes que recorran sus calles si yo mismo no lo he hecho? Lo cierto es que la Roma de Marco Lemurio, la Roma del siglo I a. de C., apenas está presente ya en la ciudad actual. Roma es una urbe que ha sufrido una transformación tan radical a lo largo de los milenios que lo que queda de tiempos republicanos es muy poco. Pensemos que en la época en la que se ambientan las andanzas de Marco Lemurio aún faltaba más de un siglo y medio para que se construyera el famoso Coliseo. Y más todavía para que se levantaran otros monumentos como la Columna Trajana o las Termas de Caracalla, que hoy fascinan a los turistas. No, para conocer la Roma de Marco Lemurio, que es la Roma de César y Pompeyo, no basta con viajar a la capital de Italia. Hay que sumergirse en las páginas de los autores antiguos, pues es en ellas donde ha sobrevivido aquella Roma de barro y adobe.

Su novela es un híbrido entre historia y terror. Sin embargo, ha comentado en alguna ocasión que las novelas de terror en España no funcionan, ¿por qué?

- Desconozco el motivo, pero es una realidad que el género de terror en España es muy minoritario si lo comparamos, por ejemplo, con el mercado anglosajón. No son muchas las editoriales que se aventuran a publicar novelas o colecciones de relatos de terror, y mucho menos de autores desconocidos. Por supuesto, Stephen King y los grandes maestros venden tiradas impresionantes, pero en general creo que en España son otros los géneros que triunfan de forma mayoritaria. Por desgracia, en muchos sentidos seguimos considerando el terror como un modo de literatura menor. Esto hace todavía más heroico que algunas editoriales apuesten por este tipo de historias.

Oscura Roma no se queda en esta primera novela sino que es una saga, ¿correcto?

- Mi intención es que sea una saga, tan larga como los lectores quieran. Tengo historias de Marco Lemurio para rato, hasta el punto de que no he pensado ni siquiera en cómo darle un final a su historia.

¿Para cuándo la segunda novela?

- Está escrita y en proceso de corrección. La publicación dependerá de los ritmos editoriales, que es algo ajeno a mí y cuyos detalles se me escapan, pero sospecho que estará en las librerías en los primeros meses de 2021.

Es profesor de Historia en un instituto de Secundaria, ¿a sus alumnos les gusta esta asignatura?

- En términos generales, si el profesor sabe hacer su trabajo, si es un buen comunicador, la historia es una de las asignaturas que más interés puede despertar y que a más alumnos puede enganchar. Son infinitas las posibles actividades que se pueden realizar en el aula con los estudiantes. Por supuesto, hay adolescentes a los que no les interesa aunque te disfraces de soldado y recrees con ellos la batalla de las Ardenas, pero son una minoría. Mi experiencia como profesor de Historia es en general muy satisfactoria. Una de las claves para hacer que los alumnos se interesen por la materia es hacer una constante relación con temas presentes. Que entiendan que nuestro tiempo es consecuencia de acontecimientos que ocurrieron en el pasado y que solo a través del análisis de esos acontecimientos podemos entender el presente. Que vean la historia como algo que les toca de lleno. Es un aspecto en el que pongo especial cuidado. De hecho, intento empezar siempre cada tema con una noticia de actualidad relacionada con la cuestión que vamos a tratar.

He leído en alguna entrevista suya que Roma es un espejo nuestro. Todo lo que hicieron los romanos es lo que hacemos nosotros en la actualidad. Hasta nuestros políticos se parecen a los de Roma, corruptos hasta las cachas. Disfrazan el interés público con el interés personal. ¿Tan poco han evolucionado los políticos?

- Ni han evolucionado los políticos ni hemos evolucionado los votantes. Este es un aspecto que me ha gustado mucho tratar en Oscura Roma y que he retomado con más detalle en la segunda entrega de la saga. En Roma, una serie de familias nobles usaban la res publica, el Estado, como plataforma de promoción y enriquecimiento personal. Para ello necesitaban ganarse el favor de un pueblo que no dudaba en alinearse en un bando o en otro, dependiendo de qué político ofreciera más trigo, más repartos de tierras o más dinero contante y sonante. La corrupción era un mal endémico en la República romana, y aunque existían medios para controlar los excesos, lo cierto era que rara vez funcionaban. El populismo, la violencia, la compra de votos, las promesas electorales imposibles de cumplir€ Todo eso estaba ya presente en Roma. Desde el punto de vista político, seguimos siendo romanos en esencia.