Cada carnaval, cuando el invierno todavía ha apretado la primera peña, en Etxauri ha vuelto a escucharse el nombre del culpable de todos los males: Gereixipot, el robacerezas. No se trata de una tradición centenaria ni de un recuerdo transmitido de generación en generación, pero en apenas una década el Carnaval rural de Etxauribar ha echado raíces como si siempre hubiera estado ahí.
Lo que comenzó en 2014 como un proyecto impulsado por un pequeño grupo de vecinos se ha convertido hoy, de nuevo, en una cita marcada en rojo para el valle y para muchas familias que han llegado desde fuera.
“Aquí no había una tradición clara y queríamos una fiesta con nuestra identidad”, ha expresado Iosu Roda, uno de los veteranos de esta costumbre que se inició con el colectivo Etxauribar Lanean. La historia la imaginó el escritor Jokin Muñoz y después ha tomado forma definitiva como cuento popular del valle.
En él, un personaje extraño llega prometiendo semillas milagrosas y cosechas mayores. Durante un tiempo parece funcionar, pero el engaño ha terminado envenenando la tierra y ha enfrentado a los vecinos. Solo la ayuda de Mari y Maju, junto a las fuerzas de la naturaleza, ha sido capaz de desenmascarar a Gerexipot, más popularmente conocido como el “robacerezas”.
Este relato se ha escenificado un año más en la calle Mayor del municipio, pero la jornada ha dado el pistoletazo de salida mucho antes. A partir de las 10.30 horas la kalejira festiva ha arrancado por las calles de Etxauri. Música, picoteo, alegría y disfraces han servido para ir caldeando el ambiente festivo. “Es importante que el carnaval se viva desde la mañana, que recorra el pueblo”, ha explicado Edurne Erice, que hoy ha interpretado a Mari, uno de los seres del bosque que acuden en auxilio del valle.
Edurne ha formado parte de la veintena de etxauriarras que han dado vida a la leyenda popular. “Somos todos vecinos y es voluntario. Se ofrece a quien quiere participar y vamos repartiendo los papeles”, ha relatado. Las máscaras y los sacos teñidos que han portado los protagonistas no han salido de un almacén de disfraces, sino que se han elaborado en talleres organizados por el propio pueblo.
“Hace años vino una persona que nos enseñó y desde entonces seguimos haciéndolos. Pedimos sacos de café, los pintamos, cada uno personaliza el suyo. Y las ramas las recogemos de contenedores de poda y las vamos cosiendo a los trajes. Intentamos que sea lo más sostenible posible”, ha asegurado Jokin Jiménez, uno de los impulsores de esta tradición.
El trabajo y esfuerzo que se esconden detrás de cada detalle empiezan a coger forma dos meses antes del inicio del carnaval. “En diciembre hacemos una reunión para repartir tareas”, ha detallado Edurne. Después llega el trabajo silencioso de coordinar comidas, contratar música, organizar la comunicación y cuidar cada aspecto.
Toda esta labor ha culminado en la comida popular que ha tenido lugar hoy, a la que le ha seguido una chocolatada infantil y la kalejira principal, que ha conducido a la sentencia y a la quema de Gereixipot, el momento central de la jornada.
En ese instante, la ficción y la comunidad se han fundido. Los basakis –la naturaleza rebelada– han rodeado al robacerezas; las sorginak han avanzado entre el público; y el ‘alcalde’ y la ‘alcaldesa’ han clamado ayuda. Finalmente, las llamas han consumido al personaje, mientras vecinos y visitantes han bailado el Zortziko de Etxauribar alrededor de la hoguera y han brindado con La Biharra, la pócima quemada que simboliza un nuevo comienzo.
El carnaval, a pesar de que cada vez tiene “una mejor acogida”, como ha expresado Jokin, también ha atravesado altibajos. Antes de la pandemia vivió un pequeño auge y después llegó el parón. “Ahora estamos remontando”, ha admitido Iosu.
“Cada vez se implica más gente y lo bonito es que los chavales que hoy tienen 18 años han crecido con este carnaval. Para ellos siempre ha existido y nuestra intención es continuar esta tradición que nos empieza a caracterizar”, ha continuado Jokin. Este año, una decena de niños y niñas han participado como personajes. “Eso es el futuro”, han coincidido los organizadores.
“Cada vez se implica más gente y los chavales que hoy tienen 18 años han crecido con este carnaval”
Etxauri no ha competido con carnavales centenarios ni ha buscado grandes cifras. Y quizá esa ha sido la clave. “Queríamos algo nuestro, que contara nuestra historia”, ha insistido Iosu. Una historia que recuerda la filoxera, el cambio de viñas a cerezos y el respeto por la tierra.
Cuando cae la noche y las brasas se apagan, el valle vuelve a su calma habitual. Pero durante un día entero, entre música, máscaras y fuego, Etxauri ha renovado su pacto con la naturaleza y con su propia identidad.