Cristina Morales: "Busco interpretaciones nuevas del mundo, renombrar las cosas"

10.10.2020 | 00:30
Cristina Morales, el año pasado en Ciudad de México.

La autora de 'Lectura fácil' cerrará la 2ª edición de Letraheridas en un encuentro con Gabriela Wiener, responsable de 'Dicen de mí'

pamplona – Morales (Granada, 1985) y Wiener (Lima, 1975) conversarán sobre la experimentación literaria, la ruptura de los géneros convencionales y las posibilidades del lenguaje para generar vanguardia artística. A las 19.30 en Katakrak.

Tomando prestado el nombre del festival, ¿la literatura tiene que herir, que poner el dedo en la llaga más que confortar?

–Esa es la que a mí me interesa. No me atrevería a decir que la literatura tiene que ser así, lo que tengo claro es que es la que me ha interesado siempre y la que he intentado emular.

¿En qué sentido cree que tiene que tocar?

–Tocar la sensibilidad de la gente, sea lo que sea eso, no tiene por qué hacerlo un texto literario o tal vez sí, pero igual lo hacen textos que a mí no me interesan. Pienso, por ejemplo, en textos muy convencionales; en los infantiles y en novelas juventiles que te hacían estar muy emocionada a esa edad. Eso toca muy fácilmente a todo el mundo.

¿Y qué busca Cristina Morales?

–Como lectora, busco interpretaciones nuevas sobre el mundo, renombramientos de las cosas. Puntería, precisión, certeza. Y como escritora también, claro. Cuando algo que me gusta, lo reconozco y quiero jugar a eso también.

Con el mercado editorial actual y la cantidad enorme de novedades por mes que inundan las librerías, ¿cómo hace para acceder a esos textos en los que se reconoce? ¿Cómo encontrarlos si muchas veces acaban sepultados por otros libros?

–Ya, es que yo soy la primera que no frecuenta librerías. Para mí no es placentero pasearme entre las masas, masas y masas de novedades. Me angustia. Puedo ir a curiosear, a ver qué se cuece, pero no como un ejercicio de lectora que busca una obra. Las grandes librerías empiezan a ser supermercados de libros y me gustan tan poco como los supermercados normales. Los libros llegan a mí por recomendación; yo disfruto de los descubrimientos a través de lo colectivo, de los comentarios que nos hacemos entre personas afines o no.

¿Y cómo se lleva ahora con los/as editores/as? Porque en sus inicios tuvo algún que otro encontronazo o más bien desencuentro.

–Con cada uno de una manera diferente. Hasta ahora, que he llegado a Anagrama, no había publicado dos libros en una misma editorial, lo cual ya habla de la incomodidad o de la falta de entendimiento. Cómo me iba yo a imaginar que iba a estar como estoy hoy, con una editora como Silvia Sesé, que hace como nadie una tarea de comprensión de los deseos creativos del autor, de mí como autora, en este caso. Sin cuestionamientos y con un apoyo y una ayuda desde una estricta posición de editora, sin ningún tipo de control moral. El control sobre lo que se dice o cómo se dice es muy habitual. Ahora tengo mucha tranquilidad porque no es una lucha constante.

Comentaba antes que como lectora y como escritora le gusta renombrar las cosas, cuestionarlas, ver el mundo desde otro lado, ¿es lo que pretendió hacer con Lectura fácil, la novela con la que obtuvo el Premio Herralde en 2018 y en la que nos presentaba a cuatro protagonistas nada convencionales?

–Esto yo siempre lo respondo como solía hacerlo Juan Marsé cuando le preguntaban por sus intenciones con una novela concreta. Por ejemplo, en el prólogo de Si te dicen que caí decía que si tuviera que explicar a un periodista las mil intenciones que ni siquiera eran claras para él, no acabaríamos la entrevista nunca. Así que, desde la honestidad, tengo que decir que cuando empecé la novela mi pretensión principal fue acabarla cuanto antes. Ponerme a explicar mis intenciones con cada uno de los personajes y demás de una novela tan larga sería una tarea más propia del psicoanálisis, que nunca he hecho.

Pero sí que hay una intención deliberada en la elección de esos personas, esas cuatro mujeres que la mayoría de la sociedad califica como personas como discapacidad.

–No es que sea tanto una intención como un plan. Para que el libro funcionase, el plan era que las protagonistas encarnasen la duda sobre qué es la discapacidad. Pero no diría que eso pasa por el terreno de las pretensiones, sino por una cosa muy de arquitectura, de planificación. Para que el edificio se sostuviera firmemente y no hiciera aguas, esas personas a las que se concebía como discapacitadas durante todo el libro a la vez tenían que tener voces autónomas y no influidas por el poder, hasta conseguir dar la vuelta a los significados.

¿Cómo ve ahora esta novela después de que tantas personas se hayan apropiado de él y de que se hayan escrito tantas cosas sobre él?

–Es genial que la peña se apropie de él y que me pertenezca a mí un poco menos. ¡Magnífico!

Se ha dicho que era una novela grito porque aparte de hablarnos de estas mujeres, de su manera de pensar, de sus derechos, de cómo viven el deseo y el placer y de cómo se enfrentan al poder, refleja los entresijos de la ciudad de Barcelona, sobre todo de ciertos barrios donde el pueblo se mueve, protesta, pero también del arte políticamente correcto.

–No podía ser de otra manera. La novela está muy arraigada en el lugar en el que ocurre, que tiene calles con nombre y en una ciudad como Barcelona. Era importante para mí que fuera realista, que no pasara por una fábula, por ser algo fantástico, sino que los sitios por los que pasan millones de personas todos los días fueran reconocibles. Aparte de eso, elegí esa Barcelona porque es mi realidad inmediata. Como dice Javier Pérez Andújar, la escritura es como la cocina de mercado, escribe con lo que tiene a mano, con lo más fresco.

En cuanto a la forma, ¿busca ir cambiando y experimentando para no repetirse en cada proyecto?

–No creo que sea lo más importante. Sería un dolor de cabeza colosal intentar ser original o experimentar cada vez. De hecho, me gusta cuando encuentro un plan o una fórmula que funciona porque luego puedo explotarla al máximo. Además, eso de la renovación constante, me parece una mentira publicitaria y es imposible llevarlo a cabo sin volverse loca. En lo literario tiene más valor un recurso llevado a sus límites que no una voluntad de innovación como si esto fuera una agencia de publicidad. Yo no tengo ese ritmo.

Lectura fácil le proporcionó dos galardones importantes, el Premio Herralde y el Premio Nacional de Narrativa, pero también se llevó un rapapolvos del Gobierno, concretamente de su portavoz entonces, Isabel Celaá, por las declaraciones que hizo sobre los conflictos en Catalunya. ¿Cómo vivió aquel momento?

–Pues me reí como una hiena.

Habrá sido una de las pocas veces en las que el nombre de un escritor o de una escritora se menciona en la rueda de prensa del Consejo de Ministros.

–Sí, sí, fue divertidísimo y revelador de lo dañina que puede ser una con tan poco y de que los cimientos sobre los que se asienta el poder son endebles.

En cualquier caso, sí que sorprende que tanto con la crisis anterior como en la actual y en la que viene no hubiera más protestas en las calles. ¿Somos un pueblo obediente?

–Yo no puedo responder en nombre del pueblo. Mi opinión es que la nuestra es una sociedad totalmente reprimida por grandes poderes represores. Eso es innegable. Y no solo la nuestra, sino la mayoría de las sociedades occidentales en mayor o menor grado. El control es inmenso, inmediato y brutal, y es normal que se tenga miedo. Hay grandes y muy buenas razones para tener miedo.

Después de los premios se reeditaron en Anagrama dos libros que publicó con anterioridad, como Introducción a Teresa de Jesús, en la que nos presenta a una mujer que en el acervo popular se ha convertido en una santa y poco más.

–Bueno, es que yo creo que no se puede separar su tarea temporal con su tarea religiosa. Ella es una escritora mística y su relación con dios es lo que alimenta su genio. En ese sentido, valorarla como santa es bueno. Ahora que vivimos en una sociedad tan desacralizada en todos los sentidos parece que eso no tuviera valor; joder, es que ella es santa, teóloga y doctora de la Iglesia, poca broma. Acercarse a ella respetando su religiosidad y su santidad y el valor que eso tenía para ella es lo menos que podemos hacer nosotros, pobres mortales.

¿Y qué visión nos ofrece de Teresa en este libro?

–El plan de este libro fue responder a un encargo y decidí investigar muchos puntos de vista que hay sobre ella, desde el siglo XVI hasta ahora, para hacerme una idea de la recepción de su obra. Tristemente, descubrí que era tratada como tantas escritoras, de segunda. Y del mismo modo que la desacralización en torno a su figura me parece mala, creo que también es malo decir, como dijo Javier Marías, que dios se lo dictaba todo. Eso jamás se diría de San Juan de la Cruz. Este era discípulo de Teresa, pero a él se le reconoce como genio renacentista y de ella viene Javier Marías a decirnos que su éxito está en su fracaso literario. Yo intenté poner en relieve algo que era muy propio de la época, y es que el genio renacentista no se les reconocía a las mujeres por el sistema antropocéntrico del que ella también era parte.

También se ha reeditado Los combatientes, ¿qué vigencia diría que tiene el texto en este momento?

–Pues, con suerte, tiene vigencia ahora y la tendrá dentro de cien años. Eso no lo puedo decir yo, aunque la calidad de una obra sí que la determina su historicidad, su resistencia en el tiempo. Esta la escribí en 2013 y por tanto han pasado aun pocos años para hablar de eso. Pero me atrevo a decir que si tienen vigencia las palabras de Ramiro Ledesma (fundador de las JONS), estas también.

"Sería un dolor de cabeza intentar ser original cada vez; eso de la renovación constante es una mentira publicitaria"

"La nuestra es una sociedad reprimida; el control es inmenso y es normal que se tenga miedo"

"El control sobre lo que se dice o de cómo se dice es muy frecuente en el mundo editorial"