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Entrevista a Ramón Andrés

Ramón Andrés: "La música une el pasado y el presente con una naturalidad inalcanzable para otras artes"

24.01.2021 | 01:04

El escritor navarro construye en 'Filosofía y consuelo de la música' un extraordinario ensayo en el que rastrea las raíces de la música y conversa con sabios de distintas épocas

Una exquisita rareza. Así es como han calificado algunos críticos este extenso volumen editado por Acantilado en el que Ramón Andrés (Pamplona, 1955) vuelca una erudición fruto de décadas de lecturas, reflexión y trabajo. Como explican desde la editorial que dirige otra navarra, Sandra Ollo, a través de este volumen "el lector descubrirá que escribir sobre música no es únicamente un modo de prolongar el consuelo, sino que es una forma de conservar nuestra irrenunciable reserva de libertad".

¿Es Filosofía y consuelo de la música su obra culminante, definitiva, sobre estos dos ámbitos filosofía y música que tanto ha estudiado y sobre los que tanto ha escrito? ¿Tiene voluntad enciclopédica?

–Cada obra es distinta. No es que la considere mi obra culminante, pero sí puedo decirle que es la última que escribo de estas características. Exige un esfuerzo que físicamente es difícil de soportar. Ahora necesito escribir obras que requieran una mayor creatividad, pues esta Filosofía y consuelo de la música ha exigido una documentación ingente y una lectura y análisis de los textos antiguos que erosionan a quien decide adentrarse, como yo hice, en un mundo complejo a la vez que apasionante.

Es una obra muy extensa, de más de 1.150 páginas, así que, para empezar, quizá deberíamos felicitarle por seguir respaldado por una editorial como Acantilado, dirigida por la navarra Sandra Ollo, dispuesta a dar este salto con usted, ¿no cree?

En el año 89, tal vez el 90, conocí a Jaume Vallcorba. Con él publiqué un libro en dos volúmenes en la editorial Sirmio, el antecedente de Acantilado. De eso hace treinta años. Así que puedo considerarme, por así decir, un autor de la casa. Fue él quien me abrió la puerta. Lo mejor del caso es que Sandra Ollo ha conservado aquel espíritu que empujaba a Vallcorba a asumir la publicación de libros rigurosos y, sobre todo, diferentes. Ningún editor español se habría atrevido a hacer lo que él hizo, y ahora, por fortuna, puedo decir lo mismo de Sandra Ollo, que sigue el camino del rigor y el buen gusto.

¿Cuesta encontrar editores/as valientes dispuestos a transitar caminos fuera de lo establecido hoy en día?

–Por supuesto. La mayor parte de editoriales buscan la rentabilidad inmediata, se inventan escritores geniales que, al cabo de dos años, ya nadie sabe quiénes son. Necesitan publicar para sostener la empresa, pero saben que están hinchando lo que ofrecen. En parte es normal que esto suceda, no es una crítica, porque los libros valiosos no abundan. Recuerdo lo que decía Jules Renard a principios del siglo XX, al comentar un encuentro social y literario: 'Oiga, ¿quién es aquél señor? ¡Ah! –contesta otro: un escritor muy conocido el año pasado'.

¿Cómo fue el proceso de escritura de esta obra, cómo fue poniendo en orden tantas anotaciones, ideas, documentación para lograr un relato, un hilo conductor?

–Antes de que te sientes a escribir un libro tienes que haber resuelto en tu cabeza y haber preparado el material y estudiado a fondo. Se trata de tener orden, paciencia, humildad, amor por la escritura y estar dispuesto a la soledad y al sacrificio, esa palabra extraña que ya casi nadie conoce. Solo así es posible trabajar bien, escribir concentrado y no estar pendiente de los círculos literarios, que están atestados de vanidad y, muchas veces, aunque parezca mentira, de ignorancia. Es un mundo de oportunistas, como casi todo.

Una de las principales ideas de este volumen defiende la música como manifestación que recoge, plasma, se comunica con el pasado y lo conecta con el presente, ¿a qué se refiere?

–Con ello quiero decir que la música encierra en su lenguaje una cierta atemporalidad, por eso puede conmovernos una melodía de hace diez siglos. Une el pasado y el hoy con una naturalidad inalcanzable para otras artes. Además, la música es inmediata, su efecto es rápido en nuestra mente y, siendo así, puede trasladarnos a cualquier lugar, a cualquier época en apenas unos compases.

El libro llega hasta el siglo XVIII. ¿Lo dejó ahí por derribo? ¿Pretende continuar el ensayo con una segunda entrega? Me consta que le interesa mucho la música contemporánea; de hecho, ahí está Ligeti en la dedicatoria.

–Si quiere llamarlo así, en efecto, lo dejé porque las fuerzas no me daban para más. Aparte de esto, hay una explicación: a partir del siglo XIX el vínculo entre la filosofía y la música está muy estudiado y difundido. Yo he preferido no redundar y dedicarme a lo menos explorado, donde he encontrado tesoros de un valor extraordinario, autores, tratados y música que son auténticas obras de la inteligencia. Es verdad, en la dedicatoria he incluido a Ligeti, entre otras razones porque soy un admirador suyo y porque la música contemporánea, tan desconocida del público, nos ofrece composiciones absolutamente deslumbrantes.

¿Cómo recomienda que se lea el libro? ¿Cómo lo haría usted?

–Se puede leer de principio a fin, o bien consultando los capítulos que más le interesen a uno. Existe una tercera opción, que sería a la manera de Borges, que es la que más me gusta: considerarlo como un laberinto que te lleva de un lugar a otro hasta el infinito. Pero este laberinto, para que lo sea de verdad, tiene que estar muy bien construido. Quien entre en él, según el corredor que tome, puede encontrarse con Platón o con Descartes, con san Agustín o con Kant, con todo lo que supone de mundos distintos y separados en el tiempo.

En su búsqueda del origen de la música, destaca su carácter fundacional, su anticipación a la palabra. ¿Existe una cultura sin música, sin sonidos; la propia cultura vasca, por ejemplo?

No, la cultura vasca es muy rica en la percepción de los sonidos de la naturaleza y en su imitación. Es una música muy física, originaria en sentido estricto. No hay que olvidar que la música, hace miles y miles de años nació de esa imitación de los elementos: el viento, el tronar, el eco en el interior de las cuevas, el golpear palos y piedras entre sí conformó un lenguaje previo al habla, que consistía en unas sencillas fonaciones. En el Principio no fue el Verbo, fue el sonido.

A lo largo de su vida, ¿en qué medida le ha consolado la música y cómo lo ha hecho a lo largo de este último año (y lo que queda) de pandemia?

–He vivido y vivo la pandemia con el dolor propio de un ser humano que ama. La música, por supuesto, ha sido una compañía de privilegio, pero debo decirle que siempre he vivido en la música, la poesía, la filosofía. Han sido mi única posibilidad de salvarme y de existir en medio de tanta injusticia, sordidez y violencia. No hemos podido hacer peor el mundo. El siguiente paso sería hacerlo estallar, que es lo que algunos desean.

Ricardo Muti habló del poder transformador de la música con motivo del Concierto de Año Nuevo, y, en este libro, usted, en efecto, habla de su poder sanador, de lo que consigue contra el desánimo, de su capacidad de corregir desequilibrios. ¿Somos conscientes de estas capacidades o, al contrario que hicieran los antiguos, hoy en términos generales hemos relegado la música a un mero accesorio, acompañamiento o entretenimiento sin mayor reflexión?

La música del Concierto de Año Nuevo no transforma, solo entretiene. Una flauta de caña hindú o una simple arpa africana pueden emocionarte más que una orquesta tocando obras que todo el mundo conoce. En general, el público no quiere nada nuevo de verdad: necesita escuchar lo que ya conoce. Ni la música ni la cultura en general deben concebirse solo como ocio. Son algo más. El ocio, que es una auténtica industria que embrutece tanto como el trabajo, ha dañado a la cultura, me refiero a la cultura de verdad. Porque la cultura exige un comportamiento ético que escasea, como es fácil de ver. Y sí, es cierto lo que usted dice: los egipcios ya utilizaban la música para calmar y aquietar la mente.

Con todo el ruido con el que hemos sido bombardeados con motivo de la pandemia, y con el que somos bombardeados cada día a través de los medios, y más aun de los nuevos medios sociales (redes), ¿hemos dejado de ser seres destinados a existir como escucha, como decía Hölderlin y cita en su libro? ¿Por qué nos cuesta tanto el silencio y lo que en él brota?

–El sistema nos ha ensordecido de tal modo para que no lo oigamos mientras actúa, que es siempre. La publicidad y los medios de comunicación son los cómplices de la sordera paralizante que padece una sociedad tan manipulada como la nuestra. Cada decibelio significa un poco menos de inteligencia. Y no soportamos el silencio porque no sabemos qué hacer con nosotros mismos. Hemos desaparecido como escucha, porque lo que suena es en realidad una gran megafonía que nos repite una y otra vez lo mismo: 'consumid y devorad'.

¿Dónde queda el otro/la otra/los demás si no somos capaces de escuchar? ¿Dónde se queda nuestra capacidad de tender puentes?

Usted lo ha interpretado muy bien. Estamos limitados a la hora de entender al otro, a lo otro. El prójimo, por mucho que se hable de solidaridad, se ha convertido en una abstracción. El prójimo lo es cuando nos conviene, si no, lo desoímos. Estamos tan encerrados en nuestro individualismo que ya no reconocemos nada que sea verdadero, auténtico. La realidad se ha convertido en una franquicia del poder, ahora más que nunca. A mayor posibilidad técnica, mayor capacidad de dominio sobre las masas. La música quizá sea un puente que nos permita cruzar y dejar abajo este río de chatarra.

Dice que pensar la música es filosofar. Platón ya afirmó que la música es una forma de filosofía, como destaca en el ensayo, ¿cuáles diría que han sido los pensadores/filósofos que más y mejor se han detenido en la relación entre música y filosofía?

–Desde luego han sido muchos, pero usted ha mencionado a Platón y, ciertamente, él es uno de ellos. No quisiera olvidar a Pitágoras, al que Platón debe tanto. Podría hablarle de Agustín de Hipona, Boecio, o de otros más modernos como Leibniz, Rousseau, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche€

Sobre la capacidad de consolar que tiene la música han escrito algunos autores que menciona en el libro, donde también incluye una canción del rey Teobaldo I de Navarra, gran amante de la música y de las artes.

–¿Se imagina que fueran así nuestros gobernantes? La canción a la que se refiere es preciosa. Teobaldo I fue una persona culta, nunca olvidó que las armas no bastan para que uno se sienta seguro. Nuestro interior necesita algo más.

¿En qué medida la música cambió cuando los compositores, o los anotadores, empezaron a escribirla? ¿Cómo se transformó?

Fue un proceso lentísimo que arranca ya en el antiguo Egipto y en Mesopotamia, donde se tienen testimonios de los primeros intentos de notación. Cuando la escritura musical europea ya llegó a una cierta madurez, y eso solo ocurrió durante los cuatro últimos siglos de la Edad Media, es cuando comenzó el verdadero desarrollo del lenguaje musical, que evolucionó con rapidez.

Leyéndole parece claro que es más de Beethoven que de Mozart, al menos desde el punto de vista filosófico. ¿Qué me dice?

–Desde el punto de vista filosófico Beethoven es más interesante, cierto, pero Mozart es más libre. En su tiempo, la idea de destino y la concepción del genio no tuvieron el peso que obtuvo en tiempos de Beethoven, razón por la cual es más dogmático que Mozart.

Comenzó este libro en Barcelona, la ciudad de gran parte de su vida, y lo terminó en Elizondo, ¿el paisaje de la otra parte?

–Sí, estoy en el paisaje de la otra parte del mundo, donde todo es más razonable, más amable y menos pretencioso.

El cambio es grande, ¿aquí, en Baztan, se escucha mejor a sí mismo y lo que le interesa? ¿Aquí puede pensar el aire?

Ya sé porque dice eso de 'pensar el aire'€ Está en el libro. No es que me oiga mejor a mí mismo, es que el mundo en sí se oye mejor. No tener que levantar la voz mientras conversas con alguien es un lujo de muchos quilates.

¿Zafarse del ruido político, de los continuos dimes y diretes de una sociedad cada vez más polarizada por acomodar sus pensamientos a lo que dicen sus representantes le ha dado paz?

–No hay que engañarse, es difícil zafarse y salir indemne de este griterío. Pero sería injusto cargar todo sobre los políticos porque nosotros, en líneas generales, no somos mejores que ellos. Falta el compromiso ético del ciudadano consigo mismo. Hay una gran ignorancia ética. Pero sí, no le niego que haberme fugado como un cimarrón me ha dado paz.

¿La filosofía y la música le han curado inquietudes, le han dado certidumbres o le siguen generando nuevas preguntas?

Todo lo que usted expone en la pregunta se ha producido y produce en mí.

Después de terminar de escribir Filosofía y consuelo de la música escribió el poemario Los árboles que nos quedan, donde plasma memoria, existencialismo, vida, muerte€ con sinceridad y sencillez. ¿Qué supone esta obra en el conjunto de su trayectoria?

De cuantos he escrito es uno de los libros que más quiero, entre otras cosas porque me permitió, al menos en parte, recuperarme del esfuerzo de tantos años de trabajo en Consuelo y filosofía de la música.

Empezó tarde a publicar, pero lleva ya unos cuántos volúmenes, ¿tiene mucho que compartir, de algún modo siente prisa?

–Nunca siento prisa, sino necesidad de hacer. No sé estar mano sobre mano. Y, modestamente, creo que todavía me queda un fuerte deseo de compartir. Nunca es del todo verdad cuando alguien dice que escribe para sí mismo. Escribir significa acercarte a los demás y darles lo mejor de ti.

"La música, la poesía, la filosofía son mi única forma de salvarme entre tanta injusticia, sordidez y violencia"

"La publicidad y los medios son cómplices de la sordera que padece una sociedad tan manipulada como la nuestra"


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