Música

Encantado de conocerle, Sr. Cano

13.02.2021 | 00:49

concierto de músicos de la osn

Julián Cano, trompa. Anna Siwek y Catalina García-Mina, violines. Javier Gómez, viola. Tomasz Przylecky, violonchelo. Programa: obras de Mozart, Giovanni Punto (1746-1803), y Hadyn. Programación: Civican y Orquesta Sinfónica de Navarra. Lugar: Auditorio de Civicán. Público: el permitido (gratis).

En libro de la conversación sobre música (Tusquets) entre Murakami (un poco pretencioso en sus comentarios) y el director Seiji Ozawa (sabio, magistral, humilde), una de las cosas que me ha llamado la atención es cómo Ozawa cita por su nombre a trompistas, oboístas, etc, que le han llamado la atención, en sus diversas intervenciones con las orquestas; y no sólo en las que ha sido titular. Llevamos años escuchando a los músicos de nuestras orquestas y a muchos, ni los conocemos en todo su potencial profesional. Más allá del peliagudo solo del tercer movimiento de la novena de Beethoven, y algún otro fragmento, la sección de trompas de la orquesta es ese elemento neutro fundamental que estabiliza la sonoridad y suele hacer de puente entre cambios de tonalidades –esto solía decir Remacha a sus alumnos de composición: en caso de cambio, mete las trompas–. Así que esta iniciativa de la OSN y Civican de enseñarnos a los músicos de la orquesta en su esplendor individual, está muy bien. Le toca a Julián Cano, trompa solista. Aunque seamos profanos en la materia, sabemos que la embocadura de este instrumento es especialmente puñetera –hemos escuchado notas melladas en trompistas de las más importantes orquestas–, así que, de entrada, hay que decir que en la velada que nos ocupa, el profesor Cano tuvo una actuación impecable: ni una nota –incluidos esos ataques agudos– fuera de lugar; y, además, fraseo tranquilo, y gusto por una sonoridad sombreada y clara, a la vez.

En el programa un autor fundamental: Mozart; con el concierto para trompa k. 412, y el quinteto k. 407. El primero abría la velada. La trompa, siempre segura, dejó patente su sonido envolvente, muy homogéneo en toda la escala, y limpia en las agilidades que se le piden. Un poco lastrado el acompañamiento de la cuerda, por un cuarteto algo rudo, quizás porque estamos más acostumbrados a escuchar esta obra con orquesta. Mucho mejor el acompañamiento del K. 407 que cerró el concierto: excelente superación del virtuosismo que se le exige a la trompa; muy hermoso sonido, algodonoso, en el andante que es una verdadera aria de ópera, con ese diálogo entre violín y trompa; y espléndido y luminoso final. Un profesor de trompa no podía pasar sin homenajear a Giovanni Punto (Jan Vaclav Stich, en aquella época había que italianizarse), un checo fundamental en la evolución técnica del instrumento; su trío para trompa está dentro del clasicismo y tiene abundante virtuosismo para el solista, en el allegro del comienzo y en el allegro del final; y con una sonoridad serena y tranquila en el andante, eso sí, con matiz heroico; un rondó cortesano evoca tardes palaciegas. El cuarteto de cuerda –Siwek, García Mina, Gómez, Przylecky– hizo una buena versión del cuarteto opus 76 n. 2 de Haydn. Los cuartetos de cuerda de Haydn son todo un mundo y el conjunto funcionó como cuarteto, o sea mucho más que la suma de cuatro. Combinó la agilidad de tempo, el sosiego, el sonido grande, los matices en matiz piano, la fogosidad y la energía. El sonido fue muy bello: basculante, delicioso en los matices del violín, por ejemplo. El minueto, muy especial, nada cortesano y blandengue. El final, bien ensamblado y con mucho garbo. Otra estupenda jornada de cámara, esa música tan cercana.