Ramón Barea: "Es maravilloso hacer protagonistas pero es terrible la tensión de elegir bien para no retroceder casillas"

Con 100 películas en su haber, da el mismo valor a ser protagonista que secundario con dos frases y aún así, su verdadero mundo es el teatro al que dedica su vida

30.05.2021 | 18:49
Ramón Barea, en Tudela durante la pasada Muestra de Cine Español.

Se cumple el 40 aniversario de su debut en el cine con La fuga de Segovia, pero ya llevaba tiempo haciendo teatro, ¿cuando comenzó?
–Tengo una fecha de referencia que es cuando en Bilbao se obligaba a las compañías de teatro, cantautores o recitales de música (todo lo que era peligroso), a registrase en el Gobierno Civil. Yo registré a un grupo Cómico de la legua en el año 1969. Era un veinteañero. Ahí empezábamos, era el primer grupo semiprofesional. A los 3 o 4 años de eso ya empiezo a dedicarme exclusivamente al teatro en condiciones de altibajos, alrededor del teatro independiente de la época. En el País Vasco no había tradición teatral profesional. Cómicos de la legua es del 69 al 80 y luego fundamos Karraka que siguió hasta más allá del 90. He hecho mucha vida de grupo y más teatro que cine. Empecé tarde en el cine, ya treintañero, y porque Imanol Uribe apareció en el grupo de teatro porque buscaba gente para La fuga de Segovia, que fue para mí, Alex Angulo y toda una generación de actores fue nuestra primera película.

Fueron una generación de actores y directores muy prolíficos. Había mucho cine vasco entonces, ¿Más que ahora?
–No, yo creo que hay más ahora. Entonces se estaba inventando el cine vasco. Las primeras películas son de directores que ya estaban funcionando, pero que eran vascos, como Pedro Olea o Imanol Uribe, que venían de la escuela de cine de Madrid. Era como empezar lo que podía ser una industris cinematográfica vasca, con mucha timidez y que nadie se acababa de creer. La sorpresa ha sido cómo ha ido creciendo, lo que era rescatar unos cuantas historias y hacían un cine más experimental. Luego se decía 'hay otro que es Julio Medem pero ya se acaba, hay otro que es Bajo Ulloa, pero ya se acaba , otro que es de la Iglesia...' y ya no ha parado. Ahora hay más gente sin duda. Al principio era menos y era como una declaración de principios. Era el deseo de crear una industria cinematográfica vasca.

¿Estaba más centrado en lo social?
–Sí, la primera es una fuga de presos de ETA, luego La conquista de Albania es una metáfora del pueblo vasco, la tercera La muerte de Mikel. Todo estaba muy alrededor de lo que era genuinamente vasco, la lucha armada, el terrorismo, la izquierda abertzale... Las primeras cosas de comedia eran como si fuese pecado, de pronto hacer bromas y comedia decían 'eso no es cine vasco', 'el cine vasco tiene que ser triste'€ y además se parecían hasta los títulos La fuga de Segovia, La muerte de Mikel, La conquista de Albania€ Ahora está más visibilizado. Había entonces un cierto pudor con el uso del euskera en las películas. Se rodaban en castellano y la ETB hacía una versión en euskera. Ahora es un paso adelante que las películas se rueden en euskera, en lugar de castellano, y luego se doblen o se subtitulen. Es una forma de respetar el idioma para que no tenga esa neutralidad del doblaje. Eso es una apuesta que se tenía que haber tomado antes pero se tenía miedo a que el mercado no asimilase eso. Aún así, TVE pide doblarla y no meter subtítulos.

Cuando se tiene una trayectoria tan dilatada y se mira atrás, ¿hay pasos que no se querían haber dado?
–He hecho muchas películas pero siempre he combinado y nunca he dejado de hacer teatro. Me ha pasado que algunas cosas de televisión que he dejado por hacer teatro, o porque estaba en ensayos o estrenos. Por ejemplo, en 7 vidas, el papel de Amparo Baró iba a ser un padre prejubilado. Me hicieron pruebas en Globomedia con Javier Cámara. Íbamos a firmar y me dijeron que eran 40 programas seguidos y me explicaron 'el lunes se lee el guión, el martes se hace un primer ensayo, el miércoles con cámaras, el jueves se graba€', ¡uf! era todos los días ocupado. Yo dije 'eso me cambia la vida, no estoy preparado para estar 40 semanas'. También me pasó con Policías. Pero no me he arrepentido de las cosas que he hecho de teatro, tampoco de cine, no tengo que pedir disculpas por nada, como a veces sucede. Dentro del escalafón en el que me he movido, he subido de ser protagonista a ser el último mono, no me ha importado. He trabajado siempre sin representante, no he querido mantener un caché. He hecho cosas que me han interesado y no me han ofrecido cosas de las que me avergüence. Si me dicen ahora, ya no te va a llamar nadie por teléfono, me da exactamente igual, yo me lo invento.

Eso es ser libre.
–Claro. No depender. No tener que estar sometido a esto por una necesidad de superviviencia, que sería una justificación moral o ética... He dicho que no a cosas y las que he hecho no me arrepiento. La combinación de cine y teatro es lo que me ha ayudado a vivir de lo mismo. Nunca he hecho de barman, carpintero€ he podido vivir de mi oficio, dirigiendo o actuando.

Ha hecho grandes protagonistas como El Negociador, pero siempre parece que solo es actor de reparto.
–Sí y no me importa. Podría hacer una lista de películas que he sido protagonista o coprotagonista y ese ser mi curriculum, pero no me ha importado hacer un protagonista y la siguiente hacer un papel de dos sesiones, porque la peli me gustaba mucho. No tener representante que te llevan, te empujan, van con el caballo ganador... eso me ha permitido hacerlo y también venir del teatro independiente, de descargar la furgoneta y hacer frontones. Todo lo que es de cine me parecía deslumbrante: que te vayan a buscar, que te atienda un auxiliar todo el rato.. Yo pensaba 'qué bien te tratan en el cine' y luego entiendes que te van a buscar para que no llegues tarde. Para esa parte de querer ascender permanentemente tenía la vacuna del teatro. Cuando tengo la oportunidad de hacer protagonistas es maravilloso, pero piensas, 'qué tensión, tener que estar todo el rato jugándotela y eligiendo bien la películas para no retroceder casillas'. Me parecía una carga terrible.

Ha tenido grandes premios como el Nacional de Teatro o de actores vascos, pero parece negado a los Goya.
–En eso funcionan muchos factores subjetivos. Tampoco me importa demasiado el asunto. No soy anti premios, gusta que se fijen en tí. No he tenido oportunidad de los Goya.

Pero es consciente de que es muy apreciado por la profesión.
–Sí, eso lo notas con la edad, que las cosas tienen otro valor y eso es lo que más me satisface. Te sigue llamando gente y ahora que soy un señor mayor hago tres o cuatro películas al año. Ese es el lujo principal.

Dirigió cuatro películas y lo ha dejado porque, según dice "el mercado del cine solo admite a triunfadores"...
–Sí, hay algo de eso. He entrado con modestia, con dos cortos, que fueron premiados, uno de ellos que me llevaron a Cannes y ningún periódico lo citaba. Parecía que era un actor que había tenido la osadía de dirigir, pero ¿quién explica que yo tenía escritos bastantes textos teatrales, que he sido guionista en ETB, que había dirigido a actores teatrales€, no era un capricho. Los representantes creo que van con caballo ganador, nunca he tenido el teléfono de nadie.

En cine ha interpretado todos los conflictos, las guerras carlistas, la guerra civil, ETA€ ¿por qué se viven siempre esos temas con polémica?
–Ahora se está más en esa disposición, creo que se puede profundizar más porque la sociedad está más preparada para admitir esa mirada más profunda. Antes había más temor, tratar la muerte de un homosexual abertzale fue un escándalo, cuando era una historia real, los miedos de Julio Medem con La pelota vasca... Yo creo que ahora hay menos polémica con El negociador, Fe de etarras. Si se pusieran por orden se vería como ha ido bajando la polémica. El negociador pudo molestar a los dos extremos, qué dirá Jesús Eguiguren... pero los dos la recibieron sin la rabia de La pelota vasca u otras películas. Se pueden hacer muchas más sobre todo el tema de los años de ETA y la izquierda abertzale y se va a recibir de otra manera, se puede indagar más. Hay documentales maravillosos y que tienen un gran valor, hace falta una catarsis, ver qué opinión se tiene sobre lo que ha pasado.

Ha trabajado con muchos grandes directores en sus óperas primas que luego son grandes directores.
–Sí, Icíar Bollaín, Pablo Berger, Borja Cobeaga, Enrique Urbizu, Alex de la Iglesia€ He tenido suerte. Cada uno por una razón sencilla, Alex de la Iglesia porque coincidíamos en un programa de televisión y con Álex Angulo éramos amigos de su hermana, Urbizu porque nos conocía de teatro€ No es que haya hecho muchos cortos, sino que los que he hecho se han visto mucho o han sido de directores que han seguido. Cobeaga fue a Hollywood pero como a mi me da miedo el avión me lo perdí. Yo creo que es azar, buena suerte. No he dicho 'no' a ninguna propuesta porque fuera horrible, siempre me muevo por fechas. He hecho mucha ópera prima. Ahora tengo por estrenar una con Alauda Ruiz de Azúa que viene de la publicidad, una de David Martín que se llama La vida era eso. Me llaman para estar y eso es bueno, lo difícil de este oficio es mantenerse.

¿El miedo a los aviones ha supuesto un problema en su carrera?
–Sí. Una serie que se rodaba en Tenerife tuve que decir no. Soy intermitente, he llegado a viajar a Tenerife o Berlín, pero me he perdido cosas, quiero ir a Cuba y no voy. El miedo me ha cerrado sitios, he perdido trabajos pero es así, vivo con mi miedo. Si se puede ir andando, en tren o en coche, que es mi caparazón, prefiero. Me dicen 'tómate algo', pero ni bebo ni puedo perder el control de las cosas, cuando vuelo miro por la ventanilla para ver si el ala está bien. Tengo que controlar todo, ése es mi mal.

Dice que no ha estudiado para actor, que es autodidacta, ¿cómo prepara los papeles?
–Me encanta que me dirijan. Lo mío ha sido vocacional. Yo voy de lo general a lo particular. Tengo el guión, me entero de que va, lo vuelvo a leer fiándome en los personajes, lo vuelvo a leer mirando otra cosa y así€ Cuando empiezo los rodajes digo al principio 'parezco el tonto de la clase', pero no lo soy, lo que pasa es que quiero enterarme de qué peli se quiere hacer para ser cómplice. Trato de entender qué película vamos a hacer. Voy tan seguro y cómplice con la dirección que ya no tengo miedo a rodar, pero no soy actor de método.

¿Hasta cuándo vamos a tener Ramón Barea actuando?
–Hasta que pierda la memoria o vea que soy un estorbo. De momento me bandeo, sigo haciendo teatro y cine. No me puedo quejar. Es ley de vida y en algún momento lo tienes que notar o decir ya me he cansado. Mariví Bilbao, que estaba con Aquí no hay quien viva, ya ni se estudiaba el guión y decía lo que le parecía y llegó un momento que dijo que se aburría y lo dejó. Después duró solo dos años. Yo solo me he sentido viejo con la pandemia, cuando empezaron a decir que los mayores somos grupos de riesgo. Te das cuenta entonces de que eres material sobrante.

El haber sido monaguillo le acabó llevando al teatro, ¿qué queda de aquella ilusión de joven?
–Queda todo, esa sensación de que lo que haces es un rito irrepetible. Poner las vinagera en su sitio, pasar el libro de la forma adecuada y recitar las palabras en la latín... Yo soy autodidacta, no tengo estudios de actor, envidio a quienes los tienen. Yo reivindico que he sido monaguillo, torero de perros en la plaza de Bilbao, he tocado el tambor con loo hermanos Lacunza en Sanfermines en Pamplona, he hecho con ellos el desfile de gigantes y tocado el vals del tercio de banderillas en la plaza de toros.

Tiene también ascendencia navarra en Fitero, ¿no?
–Mi padre era músico, y hay muchos músicos Barea. He tenido una relación misteriosa con Fitero. He ido de vez en cuando de visita al pueblo y al balneario. Mi padre decía que no recordaba dónde vivió, ni cuál era su casa, eludía el tema y en una boda hace unos años, un familiar me dijo que mi abuelo se jugó las tierras y la casa a las chapas, un juego muy típico de Fitero, y las perdió. Quizás por eso mi padre, que era músico de cabaret, era un ser muy especial me decía que no tocara instrumentos de viento, sino el piano que se tocaba sentado. Nació en 1898, vivió los años 20, la República, la Guerra Civil y la Dictadura y tenía 20 años más que mi madre, que era maestra de escuela de una familia muy tradicional. He buscado partidas de nacimiento en el Ayuntamiento y ya no existe la casa y me enteré que mi abuelo era alpargatero y que hay un Barea que fue concejal y lo fusilaron. Nunca había antes contado esta historia –afirma, mientras sonríe con ojos nostálgicos–. 

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