Ciento cuarenta minutos separan las imágenes de un espermatozoide penetrando en un óvulo, de la imagen de un bebé nacido prematuramente en el octavo mes de su gestación. Dos horas largas que pasan fugaces, pura adrenalina en vena, al galope. Eso es Marty Supreme. Con cambios de registro, con quiebros inimaginables e inverosímiles, con prisa de desesperado y con la firma de Joshua Safdie, solo tras un duro y oscuro divorcio de su hermano Benny.

FICHA TÉCNICA

Marty Supreme

Dirección: Joshua Safdie. Guion: Joshua Safdie y Ronald Bronstein. Intérpretes: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A’zion, Larry ‘Ratso’ Sloman y Abel Ferrara. País: EEUU 2025. Duración: 149 minutos.

Marty Supreme ratifica la ruptura de los hermanos Safdie debida a un turbio asunto que desveló con todo tipo de detalles Vanity Fair. Y Marty Supreme representa la coronación de Timothée Chalamet como el actor del momento. Si en lo personal su actitud provoca pocas adhesiones, en lo laboral, su profesionalidad induce al vértigo y al agotamiento. Verle aquí como ese Marty, ficción distorsionada hasta el esperpento del personaje real en el que se inspira su personaje, resulta admirable y cansa mucho.

Sin espacio para desarrollar todo lo que en esta película acontece, podríamos concluir su reseña diciendo que se trata del relato de un nacimiento y un renacimiento. El segundo caso, más bien, responde a una epifanía sanadora por la que un sujeto despreciable se redime ante el espectáculo de la infinita ambición de ese vampiro que corroe a EEUU; la sed de poder y dinero; la infinita estulticia banalizante de ser el Número 1. Para ello, Joshua Safdie, con la misma energía con la que rodaba junto a su hermano Benny, recuerden Diamantes en bruto (2019), perpetra un ataque sin cuartel al sueño americano. El filme se ambienta en la resaca del final de la segunda guerra mundial, con un Japón colonizado por EEUU, en un ambiente judío al estilo Manhattan; o sea consciente del horror y orgulloso de saber que solo siendo judío se puede hablar del pueblo escogido y hacer chistes sobre el holocausto sin ser acusado de antisemitismo.

En ese vía crucis salvador sobre un energúmeno campeón de ping pong, pendenciero y caradura, arrogante y egocéntrico -qué bien da el perfil Timothée Chalamet-, sobrevuelan sombras tarantinianas, como la que incorpora Abel Ferrara, el director maldito del clan neoyorquino de los Scorsese y compañía, los que rescataron del infantilismo el cine yanqui mordido por la televisión. Los ocho meses de la vida de Marty que recoge el filme pasan a la velocidad de la luz; el interés no decae y las referencias se multiplican hasta el asombro. Al final nos quedamos con el regusto amargo de que EEUU es un maldito manicomio.