En el particular diccionario de la Ribera de Navarra, hacer algo centelleando es hacerlo con prisa, sin resuello, casi sin que te dé tiempo a respirar. La palabra me viene bien, porque junto a esa acepción tan localista, centellear es despedir destellos rápidos y vivos. Y es que los tiempos vivísimos fueron la tónica del concierto que nos ocupa, y que, precisamente por eso, tuvo un gran éxito. Hasta la propina del pianista echaba chispas.

Abrió el concierto el olitejo Jesús García Leoz, siempre bien recibido en su Sonatina; una música especialmente luminosa, llena de encanto, encajada en cortas dimensiones de duración, pero de un rico contenido: su tempo sostenido es especialmente agradecido para chelos, violines primeros y cuerda en general; y la versión fue limpia, servida como debe ser, sin retórica alguna, dejando que fluya ese refinamiento natural que tiene.

Orquesta Sinfónica de Navarra

Intérpretes: Javier Perianes, piano. Perry So, dirección. Programa: Sonatina de J. García Leoz. Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor de Ravel. Séptima sinfonía de Beethoven. Lugar: Baluarte. Fecha: 26 de febrero de 2026. Público: Casi lleno.

Para los que tenemos cierta edad, el pianista Javier Perianes (junto a R. T. Pardo) fue el jovencísimo pianista español que garantizaba la pervivencia del pianismo patrio de los Iturbi, Larrocha, E. Sánchez, ya desaparecidos…, o Achúcarro, prodigiosamente aún en activo. Y, efectivamente no nos ha defraudado, al contrario, desde su aspecto siempre jovial y su simpatía, ha llegado a una madurez musical que ya pudimos apreciar en su última visita (DN. 7-9.2013) con un Brahms sereno y profundo. El concierto para piano en Sol Mayor de Ravel, refleja la vida rápida, versátil y turbulenta de América del Norte. Asoman en esta obra, las influencias del jazz, una textura esquinada de ambigüedad rítmica, extrañas armonías y disonancias y mucho colorido con la percusión y los instrumentos solistas de viento (maderas y metal), más que la cuerda, a excepción del arpa. El pianista ha de afrontar, en el primer movimiento, una carrera desenfrenada de corcheas, glissandi (deslizamientos) por el teclado, trinos en la mano izquierda… etc. Una vorágine que Perianes controla, la agranda en sonoridad, y la impone a la orquesta. En el adagio, la cosa se sosiega, se vuelve a cierto clasicismo, pero potenciado con el extraordinario uso del ritmo inmutable de la mano izquierda. El Presto es una carrera infernal (Tranchefort, dixit), entre el piano y el viento (fagot, clarinete, piccolo, trombón…), ganando el pianista, claro, con una orquesta –más que animada por Perry So en el tempo– que se metió en esa vorágine. Perianes (atendiendo al año Falla, 150 del nacimiento), dio de propina la Danza del Fuego, que encandiló al respetable.

En la segunda parte, vino la electrizante versión de la Séptima de Beethoven. Es una sinfonía (apoteosis de la danza, según Wagner) que muestra la alegría de vivir. Pero no sé si todos podemos vivir a esa velocidad. Desde luego, desde la butaca, sí. La versión fue muy aplaudida. Otra cosa es que, a ese tempo, se cuele algún daño colateral; por ejemplo el cierto agobio que sufrieron las trompas. Extraordinaria la orquesta, que respondió con brío extremo al mandato de la batuta, y con claridad por familias, por ejemplo en contrabajos. Y magníficos los contrastes entre los pianísimos expectantes y las explosiones del tutti orquestal. Muy bien el segundo movimiento, en attaca (casi unido) al primero, con una muy bella polifonía preparatoria del fuerte. El tercero y cuarto, lo dicho: centelleante; pero, hay que decirlo, la versión tan ligera en absoluto quita profundidad y grandeza a Beethoven. El resultado compensó ese punto de desasosiego.