La compañía de danza gallega cumple 23 años. Algo bastante milagroso para el mundo de la danza en este país. La Nova Galega Danza fue pionera en el Neofolk, una tendencia dancística, hoy día muy en boga, que consiste en aprovechar el acervo cultural de las danzas populares de cada región para crear narraciones de danza contemporánea.
No hace mucho (DN. 30-12-25), en este mismo teatro, pudimos ver el excelente trabajo de Sara Cano basado, en parte, en los aires de jota aragonesa; por no hablar de la exitosa coreografía de Morau para Kukai Dantza. Los gallegos, para celebrar su XX aniversario estrenaron, en 2023, Berro, (Grito), la obra que hoy nos ocupa; con coreografía de Sharon Fridman y los propios bailarines. Fridman, que nos impactó con su magistral Go figure, vista en el Mun (DN. 30-11-2024), es muy conocedor del folclore español, sobre todo del gallego y el vasco, del que se informó, minuciosamente, cuando giraba con la compañía Mayumaná, (también vista en el Gayarre, ya hace décadas).
Nova Galega de Danza
Programa: Berro.
Dirección: Jaime Pablo Díaz.
Coreografría. Sharon Fridman y bailarines.
Música: Sergio Moure. Bailan: E. Gómez, A. Cotelo, L. Santamariña, L. Cárdenas, R. Fernández, I. Villar, J. Pablo.
Teatro Gayarre. 6 de marzo de 2026. Casi lleno el patio de butacas (15 euros).
Toda esta introducción hace cuenta porque, ciertamente, los bailes gallegos, absolutamente esquematizados, (quizás demasiado), aparecen y desaparecen, entre la niebla, con acentos muy concretos y “pixelados”, como dicen ellos, o sea casi detenidos en plantes y movimientos un tanto robóticos. Tan importante –o más– que la danza en sí, son la ambientación de niebla y la luz, en un juego del escondite de la propia danza. Hay momentos –buscados, claro– en los que no vemos a los protagonistas, o mejor dicho, los vemos ocultados por una espesísima niebla, como la que nos priva de los hermosos paisajes de Galicia.
Y, precisamente la coreografía trata de eso, de sacar a la luz lo que se va perdiendo, con un grito, casi desesperado, por recuperar la tradición (de la danza). Bien. Todo esto parece claro. Pero ¿se transmite, con emoción, al público? Tengo mis dudas. Creo que hay más estética que emoción; porque, ciertamente, ese fluir continuo entre la espesísima niebla es de una extraña y original belleza, con cabezas o medios cuerpos asomando, búsqueda táctil, casi a ciegas, desaparición y aparición del “paisaje” del cuerpo de baile.
Admiramos, –cuando se ve–, la disciplina y profesionalidad de la compañía al cuadrar con exactitud esos movimientos de brazos hechos con cartabón; perfectamente delimitados en sincronía cuando se adhieren a la percusión, y que forman hermosos agrupamientos. Los dúos, (bastante ecualizado lo masculino y lo femenino por el idéntico vestuario), combinan hieratismo y soltura, con pasos a dos entre dos hombres y dos mujeres, respectivamente, muy potentes. Este contraste pasa a todos, y surge una danza desesperada por encontrar al otro.
El final: ese lento entrar, lento salir, lento vestirse… me pone un poco nervioso. Creo que se abusa de la cámara lenta, y, para los que tenemos cierta edad, eso de vestirse en escena nos resultó curioso ya hace décadas. Es cierto que aquí hay toda una simbología de recuperación –por fin– de la danza tradicional (elegantísimo, incluso majestuoso, el vestuario), pero, ese final no transmite al público esa alegría que, se supone, sienten por la recuperación. Tampoco hubiera estado mal bailar una canónica muñeira, con la niebla ya despejada…