Al principio, Aro Berria, la película de la directora navarra Irati Gorostidi, se presentaba al público como un drama coral en el que se resucita, en gran parte y a través de una comuna de la CAV, el panorama social durante los años de transición a la democracia. De esta forma, la película arranca en Donosti en 1876, donde el sindicato que representa metalúrgicos de la fábrica de contadores de agua acaba de negociar un contrato que deja a sus miembros más extremistas desilusionados. Varios izquierdistas se mudan a una de las comunidades alternativas que surgían entonces en las zonas rurales, tanto en el Estado como en otros lugares, y adoptan nuevas prácticas espirituales y sexuales (el director de Sirāt, Oliver Laxe, aparece memorablemente como un gurú tántrico), con la esperanza de seguir sus principios igualitarios hasta una reinvención total de la propiedad privada y la familia. Y, de alguna manera, esta primera imagen es la que ha prevalecido en todas y cada una de los estrenos en el Estado. No obstante, cuando esta película se ha internacionalizado, a través de una proyección la semana pasada en el MoMA de Nueva York, las reflexiones han sido muy dispares.
Valor histórico vs cinematográfico
De esta forma, frente a las conversaciones originales, que giraban "en torno a la reflexión del país, con la que la gente de aquella época y también los jóvenes a los que les interpela esta historia. Alrededor de todas estas escenas hay un espacio íntimo en el que se presentan los diferentes elementos de la comunidad del Arcoiris", menciona Gorostidi. Y, de hecho, esa es la manera en la que ella interpretaba y comprendía la historia que estrenó en 2025. Es decir, predominaba el valor histórico y el contexto sobre el resto de elementos audiovisuales. Sin embargo, este estreno en un lugar ajeno a lo ocurrido en el Estado en el siglo XX ha permitido que la directora haya podido conocer otros aspectos de su propia creación. "En Nueva York convergen personas de diferentes puntos del mundo, por lo que atienden a una u otra idea. Y eso es muy interesante porque se fijan en aspectos que quizá tú no lo has hecho previamente", comenta. En ese sentido, destacaron el valor cinematográfico —aquellos elementos en los que la autora arriesgó— frente al valor histórico y cultural, que es el que había reverberado en primera instancia. "Es muy interesante porque me invitan a reflexionar desde otra perspectiva totalmente distinta a la original", expresa. Y, pese a que no conocieran qué ocurrió en el Estado español, el paso de una dictadura a una democracia, todos entendieron qué era lo que Gorostidi quería transmitir. "Era muy bonito porque pese al desconocimiento, la película generó lo que yo quería transmitir, que es un deseo por indagar en lo comunitario, pensar si es posible o no la utopía... Quería que entraran en un estado de trance y agradezco mucho a quienes entraron de esta manera".
Por otro lado, también destaca que en Nueva York también miraron con cierta curiosidad las cuestiones relacionadas con el bilingüismo, el castellano y el euskera. "Desde luego que sorprende que sean conscientes de que se está hablando en euskera", asegura. Por todo esto, Gorostidi se muestra satisfecha porque, en cada uno de los estrenos de la película, ella podrá viajar con ella hacia nuevas perspectivas, cambiar de contexto y percatarse de todo aquello que ella antes no veía.