El Museo Gustavo de Maeztu de Estella-Lizarra acoge hasta el 27 de septiembre la exposición Jesús Basiano. El pintor de Navarra. Una ambiciosa muestra dedicada a uno de los pintores más destacados de la historia del arte navarro del siglo XX que invita a disfrutar de 25 obras que permiten acercarse a la trayectoria y al universo creativo de este singular artista.
Comisariada por José María Muruzábal, la exposición propone un recorrido por la producción pictórica de Basiano a través de una cuidada selección de obras que reflejan las principales constantes de su lenguaje artístico: el paisaje, la luz, el color y la profunda vinculación con la naturaleza y el territorio navarro.
Un lugar esencial en la pintura contemporánea
Nacido en Murchante en 1889 y fallecido en Pamplona en 1966, Jesús Basiano ocupa un lugar esencial dentro de la pintura navarra contemporánea. Desde muy joven mostró una notable inclinación por la pintura y el dibujo, lo que le llevó a formarse en la Escuela de Artes y Oficios.
La prematura pérdida de su padre y las dificultades económicas familiares le obligaron a compaginar su vocación artística con diversos trabajos. En torno a 1908 conoció al pintor Darío de Regoyos, quien llegó a adquirir una de sus obras y ejerció una importante influencia en su evolución artística.
En 1912 celebró su primera exposición en Pamplona, donde puso de manifiesto unas extraordinarias cualidades para la pintura. Este reconocimiento le valió una beca de la Diputación Foral de Navarra para ampliar sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, etapa en la que consolidó su predilección por el paisaje y desarrolló una especial maestría en el tratamiento de la luz y el color.
Tras ampliar su formación artística gracias a una nueva pensión concedida por la Diputación de Navarra para estudiar en Roma en 1915, Basiano regresó a España y comenzó una intensa actividad expositiva.
En 1916 celebró una muestra individual en San Sebastián y recorrió diversos paisajes castellanos, participando en exposiciones de ámbito nacional. Poco después se instaló en Durango, donde entró en contacto con pintores como Gustavo de Maeztu, Aurelio Arteta y Pablo Uranga, integrándose en el entorno artístico vasco y exponiendo en numerosas muestras colectivas organizadas por la Asociación de Artistas Vascos de Bilbao.
En 1925 se trasladó definitivamente a Pamplona y abrió un estudio en dependencias de la Catedral. Allí desarrolló la etapa más fecunda de su trayectoria, centrada especialmente en el paisaje navarro: las orillas del Arga, el Puente de San Pedro, la Catedral, el Redín, las torres de San Cernin y numerosas vistas de Pamplona, así como paisajes de Tafalla, Estella, Burguete o el valle del Roncal. Esta profunda vinculación con el territorio le valió el reconocimiento como Pintor de Navarra, aunque su obra también abarca destacados paisajes del País Vasco, Aragón y Castilla.
Su pintura, alejada de estridencias y modas pasajeras, se centra en la captación de las atmósferas, las estaciones y las variaciones lumínicas del entorno natural.
Basiano convirtió el paisaje en el eje fundamental de su creación artística. Los campos, montes, pueblos y rincones de Navarra se transforman en sus lienzos en espacios de contemplación donde la luz y el color adquieren un protagonismo absoluto.
“Su producción constituye hoy uno de los testimonios más valiosos de la sensibilidad paisajística desarrollada en Navarra durante el siglo XX y un referente imprescindible para comprender la evolución de la pintura regional en ese periodo”, destacan desde el Museo Gustavo de Maeztu, que con esta exposición evidencia “la coherencia y personalidad de una propuesta artística que ha mantenido intacto su interés a lo largo del tiempo”.