El camino rosa de Vingegaard
El danés descubre un Giro afeitado, que arranca hoy en Bulgaria, como candidato principal para coronarse en Roma frente a adversarios como Pellizzari, Bernal, Adam Yates, Hindley, Mas, Buitrago, O’Connor o Ciccone
Siempre quedarán los paisajes magníficos, las montañas majestuosas, la belleza hipnótica, los pueblos de rosa, la memoria colectiva, las carreteras bamboleantes, las leyendas, los campeones abrumados por la estética. Eso es Giro de Italia, la carrera de los estetas. Nada se puede comparar al marco que ofrece la carrera italiana, que parece una excusa para hacer turismo en bicicleta por los entresijos de Italia. Ese es el sentido del Giro. “¿Sirve de algo una cosa tan estrafalaria y absurda como dar la vuelta a Italia en bicicleta? Por supuesto que sí: es una de las últimas provincias de la fantasía, un baluarte del romanticismo, que, sitiado por las sórdidas fuerzas del progreso, se niega a darse por vencido”, dejó escrito el novelista y escritor Dino Buzzati, enviado por el Corriere della Sera para describir la vida del Giro de 1949. Buzzati enfocó la carrera desde el neorrealismo, la fantasía y el duelo entre Gino Bartali, el viejo campeón, y Fausto Coppi, su némesis.
El Giro ancla las pasiones de los campeones en un mundo onírico. La distracción es una tentación en la Italia que provocó el origen del síndrome de Stendhal. Si el Tour asume el peso, formidable, de la historia del ciclismo, el Giro otorga el pulso vital, la mirada al infinito, la contemplación. Il piacere del dolce far niente, la dolce vita. Incluso el trofeo del ganador, la copa Senza Fine, de una belleza irrebatible, refleja el espíritu de una carrera que no es solo competición. “Voy emocionado al Giro. Necesitaba un cambio. He ganado el Tour y la Vuelta y también quiero el Giro. Siento que ahora es el momento perfecto. Ganar la Vuelta el otoño pasado me motiva aún más para ir a por la victoria también en Italia. Me encantaría añadir la maglia rosa a mi colección”, expuso el danés cuando anunció su presencia en el Giro. Esculpido el país como si fuera la obra de los mejores escultores que nacieron allí, Miguel Ángel, Bernini, Donatello.... La atracción y la fascinación de Italia también han seducido al danés. El Giro será el Rubicón de Vingegaard.
La travesía desde Bulgaria, punto de inicio de la carrera hoy, –la carrera permanecerá tres días en el país–hasta la coronación en Roma, el día 31, sumará 3.459 km y más de 49.000 metros de desnivel tras incursiones montañosas en los Abruzzos, los Alpes (con una incursión por Suiza) y los Dolomitas. Se presenta un Giro capado, rebajado y cauto ante su propia esencia, su historia y su liturgia de padecimientos. Un trazado destemplado, lejos de la tradición, ajeno a su historia y a su leyenda de dureza extrema entre montañas que compiten en belleza y crueldad. Ideal para enlazarlo con el Tour, el plan maestro del danés. “El recorrido me gusta mucho, también porque no es excesivamente duro y esto es bueno si quiero aspirar al doblete Giro-Tour. Sin embargo, a decir verdad, ya había decidido venir al Giro incluso antes de que se revelara el recorrido, pero así todo es aún más perfecto”, explicó Vingegaard sobre su debut en la carrera italiana, donde pretende sumar el rosa al amarillo del Tour (2022 y 2023) y al rojo de la Vuelta (2025).
Mikel Landa no correrá el Giro
El resto de contendientes
En Italia no se espera un debate a dos. No hay un Bartali y un Coppi como en el Giro de 1949 que relató fascinado Buzzati. No habrá Aquiles y Paris. En el Giro brilla la tez pálida, piel de campeonísimo, de Vingegaard. El danés, vencedor de la Volta y de la París-Niza exhibiendo lo mejor de su repertorio, sobresale en el promontorio de los dorsales que anhelan conquistar el Giro. Por debajo de la jerarquía de Vingegaard asoman Jai Hindley, campeón de la carrera italiana en 2022, o Egan Bernal, vencedor en 2021. Giulio Pellizzari, Santiago Buitrago, Ben O’Connor, Adam Yates o Enric Mas tratarán de sombrear a Vingegaard. Todos ellos parten desde un peldaño inferior al danés, que es el más capacitado para la victoria final. La travesía por Italia determinará después si ese pronóstico se cumple punto por punto o la intriga se interpone en la senda de Vingegaard.
Con un inicio sereno, sin aspavientos, el primer test mira al Blockhaus (13,6 km al 8.4%) el séptimo día de competición. Una montaña dura, idónea para que los favoritos se muestren. Una jornada de 4.600 metros de desnivel en 244 kilómetros. La única contrarreloj individual del Giro, de 42 kilómetros, será otro punto determinante de la carrera. Se perfilará un trazado para especialistas que incluye repechos para agitar el ritmo. El examen contra el reloj, que puede establecer importantes diferencias, se resolverá en la décima etapa. La montaña regresará con una jornada corta y explosiva, en las que aguardan las balconadas de Aosta, con los ascensos a Saint-Barthélémy de primera categoría, Douas, Lin Noir, (1ª), Verrogne y el final en alto en Pila con sus 2,3 km al 6.9%, que suponen escalar 1.100 metros de desnivel para finalizar. Para entonces se habrán disputado dos semanas de carrera. Un par de días después, la carrera se adentrará en Suiza en una jornada de alta montaña concentrada en la ascensión a Carì (10,2 km al 8%). Afinará la capacidad de los grandes candidatos. Será la antesala de la Tappone. Un clásico. Un Giro sin Tappone no es un Giro. A solo dos jornadas del final, un asunto salvaje. Un trazado con 5.100 metros de desnivel acumulado con el Passo Giau (9,9 km al 9,3%), la cima Coppi 2026 (el punto más alto y duro del Giro). Antes se deberán encarar el Passo Duran y la Forcella Staulanza. El remate espera en el inédito Pianni di Pezzè, corto pero demoledor, con rampas por encima del 14%. La última oportunidad para los escaladopropopone el doble ascenso a Piancavallo. Servirá para sentenciar la carrera antes de los fastos de Roma, donde el danés quiere besar el anillo de boda, su celebración en las victorias. El camino rosa de Vingegaard.
