Para Liza Minnelli nacer hija de dos leyendas nunca fue una ventaja sencilla. Su madre, Judy Garland, era la inmortal Dorothy en El mago de Oz y una de las voces más extraordinarias del Hollywood clásico. Su padre, Vincente Minnelli, uno de los directores que reinventaron el musical. 

Desde muy joven, Liza aprendió que el glamour de Hollywood venía acompañado de una trastienda mucho menos brillante. El ejemplo lo tenía en casa. Cuando su madre entraba en espirales de adicciones y problemas, la hija ejercía casi de cuidadora. Amor y rivalidad convivían en un equilibrio casi imposible. Dentro y fuera de los escenarios. Así se pudo observar cuando en el año 1964 ambas actuaron juntas en el Palladium de Londres: la tensión artística entre ambas fue tan eléctrica como histórica. 

De hecho, aquella noche Liza dejó de ser “la hija de”, cuando solo peinaba 18 años. La muerte de Garland, cinco años después (en 1969), la empujó a un duelo devastador. Lloró durante días. Dicen las malas lenguas que 14. Y en medio de ese intenso dolor tuvo que organizar el funeral más multitudinario que se recuerda en la historia moderna de Nueva York. 

Los Oscars acumulan múltiples controversias. Efe

Mucho más que un mito

La película Cabaret convirtió a Minnelli en mito y le dio su único Oscar interpretando a Sally Bowles. Pero, curiosamente, lo que muchos desconocen es que el papel pudo no ser suyo. Antes se lo habían ofrecido a Julie Andrews, que lo rechazó casi de inmediato para no romper su imagen bonachona lograda tras Mary Poppins. El destino -y su descaro- hicieron el resto.

Las nuevas generaciones la redescubrimos con un cameo inmemorial en Sex and the City 2, donde interpretó el Single Ladies de Beyoncé con ese punto entre diva clásica y tía Mari Carmen que todo el mundo ama. Porque ocho décadas después, Minnelli sigue siendo una superviviente del viejo Hollywood. Quizá por eso sus memorias prometen tanto.