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Mar de fondo

Extremar

ExtremarMarioGuti / RTVE

El domingo, tras la final de fútbol africana, como en tantos sitios docenas de senegaleses salieron por Bilbao a festejar su victoria. Llevaban unas pocas bengalas, un par de tambores, tres canciones e infinita alegría. Nada nuevo bajo el sol, y menos bajo la luna. Hace medio siglo Paco Umbral describía la felicidad de los emigrados rurales cuando su equipo, pongamos el Albacete, jugaba en Madrid. La ocasión los reunía para olvidar las penurias del trabajo, intercambiar chismes de la patria chica y aliviar la melancolía. Si sus paisanos ganaban, corrían el vino de porrón y las lágrimas de la infancia.

Apenas arrancó la juerga, siempre atento a la chispa multicolor, Vox tuvo el detalle de grabarla y airearla antes que nadie. De paso en su red social alertó de que “cientos de senegaleses toman las calles de Bilbao”, ironizó a lo barato –“las celebraciones en Dakar… ¡ah, no, que es Bilbao!”–, y remató con una rosa es una rosa es una rosa: “Desde Vox seguimos luchando por que Bilbao siga siendo Bilbao”. Yo me volví del balcón a la cama, y el lunes al despertar la ciudad seguía sin ser Mogadiscio, no me había convertido en escarabajo y, sin embargo, el dinosaurio seguía allí.

Y es que, como la fiesta transcurrió sin incidentes, es fácil imaginar la insomne decepción del tribulete alarmista, que recuerda a la del macho español de Agustín Jiménez viendo Los puentes de Madison –“¡venga, Clint, cárgate un puente o algo!”–. Nada, Santi, ni una farola rota, gatillazo en el augurio. Y así se enturbia el futuro, entre unos para quienes la inmigración trae solo luz y otros para quienes solo trae tiniebla. La verdad es aburrida, puta frustración.