El relato acaba de salir a la luz y puede adquirirse en la Feria del Libro de la plaza del Castillo, además de en las librerías de la ciudad. El libro se presenta esta tarde, en la Casa de Cultura de Huarte.

Paco Bator, nacido en 1921, comenzó a trabajar de aprendiz de barbero a los 11 años en el negocio de Luis Guembe, en Huarte, adonde se había trasladado su familia procedente de Urroz. Pasó después por Mendigorría, hasta que en 1935 se colocó en la peluquería de Garralda, en la calle Estafeta, la popular fachada que aún hoy persiste en el chaflán con la bajada del Labrit.

La Guerra Civil le llevaría a Irun y a San Sebastián, y aún después pasó por Bilbao. Cumplido el servicio militar, Paco Bator volvió a Pamplona, y tras pasar por la peluquería de la calle Roncesvalles decidió asumir un reto, hacerse en 1946 y por 12.000 pesetas prestadas con el traspaso de la vieja barbería de Huarte, la localidad donde había vivido su infancia y de la que su familia huyó en plena Guerra Civil. Allí pasaría la mitad de su vida. Aún conserva la carta de servicios: 3 pesetas el afeitado, 7 el corte de pelo, 4 pesetas el arreglo de cuello y 2, el de corona. Un oficio que, según el autor, daba la felicidad: "La felicidad, tan esquiva por lo común, puede aparecer de improviso en el sillón del barbero. Los clientes de las peluquerías asumen que deben relajarse y confiar en la pericia de quien les atiende. Pero esa actitud acostumbra a deparar experiencias sólo agradables. Para alcanzar las de verdad gozosas hay que ir más lejos, abandonarse, cerrar los ojos, desconectar del mundo circundante. Sólo así puede llegarse a experimentar la felicidad o percibir un barrunto de ella". Durante tres décadas, Bator fue también el lechero de Huarte, junto a su ya esposa Pilar Bernal.

En el recién nacido barrio de la Chantrea, Paco Bator montó su negocio, y en él perduró hasta 1963, de donde se trasladaría nuevamente a una peluquería en la calle Olite, que traspasó en 1989. Y lo más curioso, durante estos años, Paco Bator mantuvo su negocio de lechero de Huarte, y aún incluso, con la llegada de la bolsa de leche, llegó a pone en marcha su propio ultramarinos. Hoy está felizmente jubilado, y al cuidado de su esposa Pilar.

"El refrán 'no hay barbero mudo, ni cantor sesudo' se burla de la habitual facundia del gremio, pero en él hay tipos formidables", concluye el autor. Porque el relato que Juan Pedro Bator hace de la vida de su padre se completa, además, con un exhaustivo estudio de la profesión de barbero, su incidencia en el cine, la pintura y la literatura, un oficio hoy casi olvidado pero lleno de magia y simbología. Una delicia.