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Agacharse, que atacan de nuevo

en dos semanas, Nochebuena y Navidad, y todo el jolgorio de final de año, Olentzero, los Reyes Magos y todo eso que acabará por dejar a la VISA exhausta y aullando, después de una quincena de con sumo gusto a toda pastilla y el que venga detrás que arree. Son días de compartir alegría, dicen, de reuniones familiares y, en particular para la chavalería, de esperar con ilusión juguetes y regalos que ojalá les lleguen y puedan disfrutarlos y salir a jugar con la cuadri que es lo que merecen, inocentes ellos.

La cuestión es que quizás menos solapadamente de lo que nos pueda parecer, nuestra Navidad, la de toda la vida, está poblándose poco a poco de ciertos personajes que nos son ajenos y que se van imponiendo y desplazando a los nuestros. Hablamos de ese Papá Noel nórdico o del Santa Claus anglosajón cuyas imágenes y figuras nos quieren hacer familiares a la vista y que ya proliferan por aquí y por allá. A algunos toda esta simbología, y otras, nos traen ya al fresco y tanto nos da, pero todo esto nos suena a pendejadas como el Halloween o el Black Friday que ya se ha visto hace nada nos lo quieren meter hasta doblado.

Por cierto que lo de Santa Claus (San Nicolás) aún tiene un pase y fue tradición en Navarra con la infantil imagen del obispillo, ya casi perdida salvo meritísimas excepciones, en Lesaka por ejemplo. Pero el Papá Noel ese con su barba, su pijama y su campanilla que aquí no nos suena de nada excepto en las películas americanas y los dibujos animados, y Santa Claus son personajes extraños a nosotros (por supuesto, respetables en su ámbito natural) con los que uno cree que vienen a comernos el coco, previo estudiadas operaciones de marketing y el uniformismo al que se nos lleva parece que imparablemente. O sea que agacharse que atacan. Y además son insaciables en lo absoluto. - L.M.S.