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La ‘alegría de la huerta’ dice adiós a los fogones con cariño

La Huerta de Chicha homenajea a Charo Morales, cocinera, por su dedicación y compañerismo tras jubilarse después de cinco décadas de trabajo

La ‘alegría de la huerta’ dice adiós a los fogones con cariñoIñaki Porto

A sus 62 años, y después de más de cinco décadas entregada a la hostelería, Charo Morales se despidió el pasado 29 de diciembre de la cocina profesional, cerrando una etapa vital marcada por la modestia, la constancia y el compañerismo. Más de una década ligada a la Huerta de Chichay una vida entre fogones desde los 12 años hicieron que su jubilación no fuera un adiós cualquiera, sino una celebración compartida que sus compañeros quisieron convertir, la tarde del pasado domingo 11 de enero, en un homenaje sorpresa a la mujer que, según relatan sus compañeros, “todos querrían en su equipo”.

Charo, pamplonesa “de toda la vida”, empezó a trabajar en 1975, cuando la hostelería era un oficio duro, sin atajos ni medias tintas. Ella comenzó como pinche, aprendiendo “desde abajo”, en cocinas donde todo se hacía a mano y el ritmo lo marcaban la experiencia y la resistencia. Desde entonces, la trayectoria de Charo ha sido un recorrido continuo por bares, cafeterías y cocinas, incluyendo negocios propios, siempre ligada a los fogones y al trabajo diario. “He aprendido de todo el mundo un poco. De mi suegra aprendí a hacer menudos y callos. Pero la primera persona que me enseñó bien fue la cocinera del Koppo”, explica.

La cocina fue casi una herencia familiar. Su madre trabajaba limpiando en una cafetería y fue ella quien la introdujo en ese mundo. De unas y otros Charo fue absorbiendo técnicas, trucos y formas de entender el oficio. Desde pelar patatas y empanar croquetas cuando no existían los congelados, hasta atreverse con elaboraciones más modernas, su carrera ha sido una adaptación constante sin perder el gusto por lo tradicional. “Yo soy muy clásica. Es lo que he aprendido desde pequeña y lo que más disfruto”, reconoce, aunque eso nunca le impidió seguir aprendiendo.

Charo Morales posa con integrantes del equipo.

Su llegada a lo que hoy es La Huerta de Chicha se produjo primero como sustitución, para después regresar definitivamente en 2013. Entonces el local aún era Café Moreno, un espacio distinto al actual, pero que ya funcionaba como un gran equipo. Con el paso de los años, Charo se mantuvo como un pilar silencioso pero fundamental. “Todos ellos son como mi familia, mi segunda casa. He reído, llorado y aprendido muchísimo todos estos años”, afirma, recordando cómo sus compañeros fueron un apoyo clave en momentos personales especialmente duros. La cocina, sacrificada y exigente, fue también refugio y motor para seguir adelante. Aunque siempre complementada con su puesto de limpiadora para “poder salir adelante de la mejor manera posible”, explica.

Quienes compartieron turnos con ella coinciden en señalar que Charo no solo aportaba experiencia, sino calma, generosidad y compromiso. Mari Carmen Sanado, compañera durante años, recuerda una cocina “muy familiar y alegre”, en la que Charo siempre estaba dispuesta a adelantar trabajo y a echar una mano sin que nadie se lo pidiera. “Con Charo es una delicia trabajar”, asegura, destacando su capacidad para sostener la cocina de siempre en medio de la transición hacia un concepto más moderno.

Desde dentro del equipo actual, la valoración es unánime. Verónica Montes, chef actual de la Huerta de Chicha, subraya su energía y su capacidad de adaptación. “Ha aprendido cosas que yo he alucinado. Además, hace las mejores corales que he probado”, señala, sorprendida por la rapidez con la que Charo incorporó técnicas nuevas y se implicó en la carta. Para sus compañeras, fue apoyo profesional y humano, alguien que entraba “como un rayo” a trabajar y que ayudó a unir a la plantilla antigua con la nueva. “Es una persona superdinámica, la alegría de nuestra cocina”, continúa Verónica.

El último día de trabajo, el 29 de diciembre, no fue fácil para ella. “Fue muy triste, porque yo pensaba que nadie se despedía de mí”, recuerda. La sorpresa llegó el pasado domingo, cuando Charo entró al local y se encontró con aplausos, vídeos y abrazos. “Aunque algo me olía, me ha hecho una grandísima ilusión. Me dijeron un adiós normal para que no sospechara”, cuenta.

Ahora, ya jubilada, Charo afronta esta nueva etapa con la misma inquietud con la que empezó a trabajar siendo una niña. Cursos de repostería, viajes, fotografía, pilates y, por supuesto, seguir cocinando para los suyos forman parte de sus planes. “Me siento un poco rara, no quiero parar. Si me quedo en casa me come la tristeza”, admite. Una trayectoria larga, modesta y profundamente humana que deja huella en cada persona que compartió con ella algo más que un turno de trabajo.