Qué pronto has bajado a desayunar, me reprochan de par de mañana. El caso es que hoy era domingo, y habíamos quedado a mediodía en Los Romerales, finca donde se sitúa la afamada ganadería que ese día visitaríamos. Entonces me tocaba explicarle a David que para antes de las siete y media sonaba el móvil confirmándome que no había problemas para pasar por la ruta tras haber estado varios días intransitable. Y ya puestos, desvelado del todo, había ganas de llenar el buche, aprovechando el magnífico buffet que nos atiende cada mañana.
Y con total tranquilidad tocaba rezongar media mañana, con paseo y todo. Y es que tenemos noticia. Ha salido el sol. Se ve la bola amarilla, más naranja aún, que apenas calienta, perezosa ella por falta de costumbre. A la hora acordada salimos para recorrer esos treinta y pico kilómetros que nos separan de nuestra cita. Vamos cinco. Hoy, además del pasajero habitual, con su hermano Pepe y su mujer, Sonia, llenamos el vehículo. Y por el camino, lento más que otros días, nos damos cuenta de la necesidad de la gente de salir de casa. Al primer rayo a la vista todo el mundo al campo. Unos a ver cómo está lo suyo, otros a bichear, otros a ver familiares. Pero con razón. Es todo un espectáculo ver cómo bajan los ríos, y la de lagunas improvisadas que vemos en toda la campiña gaditana. Y aunque pasamos la Barca de la Florida más lento que a pie, poco más del mediodía nos deja aparcados frente a la placita de tientas de la casa, y mientras esperamos a nuestro anfitrión vamos mirando todo lo que nos rodea, y desde lejos voy mirando corral a corral adivinando dónde pueden ir cada uno de esos lotes que tenemos a visión general.
Hay personal a caballo, me dicen. Los chicos de Alfonso. El jefe no está, comento. Esta dehesa, limpia de yerbas y árboles, antaño acogía decenas de encierros previstos para el año. Tras la pandemia, poco a poco se ha ido reduciendo hasta sacar once corridas este año, como más tarde me confirma Alfonso. Con él hemos quedado. Un día que parece de jolgorio, porque en unos minutos nos juntamos más de veinte personas, entre la familia, los trabajadores y nosotros. Allí, después de saludar a todos, me quedo charlando un momento con Miguel, el nuevo mayoral de la ganadería, que me cuenta todos los defectos acontecidos, y ya se ve lo mal que están los correderos, las torrenteras que han tirado lo que por delante encontraban, incluido un gran toro, que se encuentra muerto, apartado, a la espera de ser llevado a su incineración. Esta vez ha sido el agua. Otras muchas las peleas, a pesar de las fundas que llevan para minimizar riesgos.
Y eso que esta finca, bastante quebrada, mantiene muchos altos, dejando los torrentes que dejen el agua en el pantano que rodea esta inmensidad de hectáreas dedicadas al bravo animal. Embalse que no para de recibir agua de la sierra que vemos enfrente, más que famosa esta semana por todo lo que estaba sucediendo esas fechas. En un momento, una mirada de Alfonso, y todos al coche. Vamos en la pick up, y en el remolque se juntan siete personas detrás nuestra. En marcha el bus escolar, bromeamos. Y con el mimo de quien sabe dónde está cada piedra nos subimos al cercado más alto de la finca. Allí están los de Pamplona, fuera de lo común al no ser su sitio habitual. Por un carril hecho por los tractores llegamos a los tumbados negros. Siete están aquí. Aún hay más de lo que pueda quedar de Madrid, cuenta el conocedor. Están muy tranquilos. Normal después de todo lo que han tenido que aguantar. Y delante de uno de los mayores de la camada paramos el coche sin que le supongamos ninguna molestia. A coche parado, nos encontramos rodeados, y podemos ver todos con facilidad.
Además, tampoco está el firme como para andar dando vueltas. Pero, enseguida, se ponen en marcha dándonos la espalda. Ha sido rápido, y aprovechando el viaje, comenzamos a visitar varios cercados más, donde hay una veintena para Madrid, y alguno más posible de los nuestros, y por ello, la visita se alarga al poder mirar, tan de cerca, una centena de animales, listos ya para ir a cada uno de sus lugares designados. Desde plazas de menor calado hasta las de primera, que son casi todos los lotes reseñados. Y es que Fuente Ymbro es una de las ganaderías que están colocadas en todas las principales ferias. Por algo será. Tras la visita, el aperitivo nos espera en el porche de la casita, y con tanto personal, intentamos hacernos a un lado, cosa que Alfonso nos quita de la cabeza.
Como no hay cobertura en toda esa zona, nos adelantamos a Venta Durán, que parece dar dos o tres bodas. No hay sitio ni para aparcar, pero Cris, el jefe, no nos deja atrás. Tomaros algo en la barra y en un rato despejo, nos dice tras abrazarme con cariño. No hay prisa, aún está atendiendo a la familia en su casa, ósea que comemos tarde, digo yo. Y dicho y hecho. Para cuando aparece Alfonso con la familia la mesa para doce ya está preparada. Y allí se nos va lo que resta de día. Siempre se me hace duro salir de aquí. Es uno de mis lugares favoritos del mundo. Y esta vez, con un amigo luchando contra su enfermedad, la despedida se hace aún más dura, aunque los días vividos junto a él han sido muy importantes, y agradecidos por el esfuerzo que hace por mantener una normalidad, que todos vemos y valoramos.
Volvemos silenciosos a Jerez. El tráfico vuelve a ser intenso porque todos nos movemos a la vez. Empieza a oscurecer y todos de vuelta al hogar. Otro magnífico día. Y este en especial por muchas cosas, pero también por ser el primero del viaje en esta tierra en el que hemos podido ver casi de forma normal un montón de lotes, aunque el que llevamos impreso en nuestra retina es el que correrá por nuestras calles. Para verlos todos juntos en Pamplona nos citamos. ¡ Ojalá!