Tras tres años subiendo al podio con el bronce colgado al cuello, aprendiendo a convivir con la espera y a domar los nervios, por fin llegó el día en que el esfuerzo encontró su recompensa más brillante y Nerea Díaz Tres, pamplonesa de 21 años y síndrome de Down, logró quedar campeona de España de gimnasia rítmica adaptada en categoría absoluta. Su historia no es solo la de una medalla dorada, sino la de la constancia silenciosa, la de las horas invisibles y la de una superación que, paso a paso, la llevó a creer que sí era posible. Nerea convirtió la espera en aprendizaje y el miedo en motor, y lo hizo de la mano de sus entrenadoras del equipo Otra Mirada; Sandra Pérez, Susana Ursúa, Leyre Díaz y Valeria Fanlo.

Gimnastas y entrenadoras del equipo Otra Mirada, en la cita pamplonesa. cedida

Para Nerea, estudiante de Formación Profesional de Alojamiento y Lavandería en el colegio Jesuitinas de Pamplona, su afición por este deporte le viene de su hermana, que lo practicó desde los 10 años en Ansoáin, y a quien siempre iba a ver y animar. “Viajábamos por Navarra y por muchas ciudades de España, y fue hace seis años cuando empecé en Otra Mirada”, cuenta la joven gimnasta, que recordaba que empezaron en el polideportivo de Larraina y, tras quedárseles pequeño, se fueron a Esquíroz. 

Inquieta, activa, movida, curiosa y despierta, además de haber hecho natación en el colegio, así como educación física, entre sus grandes aficiones están el baile moderno “y también me gusta mucho bailar en las fiestas de Lerín, Arróniz y Ansoáin”. 

Trabajo constante

Aunque tiene muchas más cualidades para este deporte de las que ella misma quiere reconocer, fruto de esa tímida modestia, Nerea se describe como una gimnasta “muy trabajadora”. 

Estos años atrás, cuenta, quedó medalla de bronce, por lo que no le era ajena la sensación de disfrute encima del podio. Sin embargo, nada que ver tras colgarse el oro. “Salí a luchar por las medallas, pero lo más importante era participar con las amigas y con las gimnastas de otros equipos”.

La gran final

A pesar de que asegura que antes de saltar al tapiz estaba “bastante nerviosa", en cuanto le tocó, “me dijo mi hermana que me metiese en mi burbuja y Sandra me aseguró que lo iba a hacer muy bien, y así fue. A ellas, sobre todo, les dedico la medalla de oro”, así como al resto de familiares y de chicas que compiten en Otra Mirada, un grupo formado por diez gimnastas, y otras cinco o seis que todavía no lo hacen.

Todo el trabajo y las horas y horas de entrenamiento; mínimo tres o cuatro días a la semana, lo plasmó a las mil maravillas en el momento de la verdad. Al son de la canción francesa Évidemment, la cinta cobró vida entre sus manos, dibujando en el aire un baile ligero y perfectamente acompasado.

Uno de los momentos de la gran final del campeonato de España. cedida

De hecho, aunque empezó con la pelota y siguió con las mazas, ahora, y tras este oro, la cinta, el aparato con el que lleva meses mano a mano, ha pasado a ser su favorito a pesar de que “hay que tener mucho cuidado para que no se hagan nudos”.

Contenta, eufórica y con mucha emoción, recuerda que en la grada estaba toda su familia viéndola. “Incluso vino al campeonato mi abuelo Filo, con 88 años, que tiene su aquel desplazarse a verme con esa edad”, recalca Nerea con orgullo. 

La joven gimnasta pamplonesa. cedida

El futuro, por descubrir

Para ella, que lo más sacrificado de esta disciplina son las largas horas de entrenamiento, una constancia sin la que luego no se ven los resultados, el disfrute, la compañía, las risas y los buenos momentos con el resto de compañeras y compañeros del equipo, suplen cualquier rato malo.

Sin grandes retos a futuro, más allá de divertirse con lo que hace con sus entrenadoras y amigas del equipo, así como sin ninguna barrera o limitación, anima a la gente a practicar esta o cualquier otra disciplina. Y quizá ahí, en esa forma de entender el deporte sin más metas que seguir disfrutándolo, reside la mayor de sus victorias. La historia de Nerea no termina en un campeonato, sino que sigue escribiéndose en cada entrenamiento, en cada paso valiente y en cada sonrisa compartida.