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Pomés va de listillo

CUANDO para descalificar e insultar al sindicalismo, que es la obsesión que persigue a ese agitador social al servicio de clases y clanes acomodados poco aficionados a tratar con Hacienda de apellido Pomés, hay que echar mano de la falsedad más grosera, mal va la cosa. Y eso es lo que hace Julio Pomés en un reciente artículo titulado Navarra va de rica.

El austero don Julio, el azote de lo público como ineficiente, el fustigador de funcionarios como parásitos, el demagogo fiscal que equipara impuestos con incautación de bienes privados, el ángel exterminador del sindicalismo que ve un vago detrás de cada representante sindical y que desconoce absolutamente lo que significa una liberación sindical porque lo más cerca que ha estado de un trabajador es la distancia que separa Pamplona de Madrid, el propagandista del Estado mínimo, qué mínimo, prescindible por insoportable y opresivo, sobre todo si se atribuye un papel corrector de las desigualdades de clase y redistribuidor de la riqueza; el ciudadano que se reclama socialmente neutro, el hermano del otro Pomés, el exeurodiputado, al que, por lo visto, pagaban su nada despreciable sueldo él y su grupo cívico de presión (think tanklo llaman ahora) y no los ciudadanos europeos con sus impuestos; en definitiva, el gallardo don Julio trata de descalificar al vicepresidente del Gobierno de Navarra porque no atiende a sus monsergas y no reduce, como han hecho todas las autonomías gobernadas por la derecha siguiendo la estela de Mª Dolores de Cospedal, el número de liberados sindicales que, por cierto, están amparados por la ley y los pactos suscritos entre sindicatos y Administración, y para ello miente.

La mentira le viene muy bien para descalificar a Roberto Jiménez y de paso lanzar una coz al sindicalismo en general y a la UGT en particular. Pues bien, Jiménez, de acuerdo con el catecismo neoliberal, tal vez haya cometido tres pecadillos públicos: ser obrero (¡qué ordinariez!), trabajar en Luzuriaga y afiliarse a la UGT, pero no tiene pecado mortal que confesar, ya que aunque fue miembro del comité de empresa de la planta tafallesa de Fagor, no estuvo nunca liberado para el sindicato. Pero Pomés, que por lo que escribe, ve detrás de cada sindicalista a una persona felizmente emancipada del trabajo, no es precisamente un dechado de sutilezas.

¿Qué se puede esperar de alguien que vive de contar a quien le escucha el cuento de que los ciudadanos navarros y españoles se pegan hasta no sé qué día de marzo o abril (depende de su nivel salarial y de la retención del IRPF que corresponda) trabajando para la Administración Pública? ¿Tendrá el valor en su condición de paciente de contarle lo mismo al personal sanitario delante de un bisturí o una jeringuilla en el complejo hospitalario de Navarra?

A él le gusta autocalificarse de liberal, que es un envoltorio político en el que cabe cualquier cosa (la experiencia reciente dice que ninguna buena), pero lo que verdaderamente le ocurre a Julio Pomés es que no asume que, desde 1978, España ya no es un Estado decimonónico ni autoritario, sino un Estado social y democrático de Derecho, en el que "los partidos políticos expresan el pluralismo político", de la misma forma que "los sindicatos de trabajadores y las asociaciones empresariales contribuyen a la defensa y promoción de los intereses económicos y sociales que les son propios".

Así que critique desde sus particulares y peculiares convicciones lo que no le guste, siga opositando a liderar el Tea Party español, continúe lapidando a seres tan enojosos y molestos como son los sindicalistas, no desfallezca en su cruzada neoliberal, pero no vaya de listillo y mienta al servicio de intereses opacos.

Alejandro Cruz

Trabajador de Luzuriaga y sindicalista de UGT