Lorca como pensador
escribir sobre la memoria en este verano es hacerlo sobre un calendario negro. Difícil escoger las palabras precisas que describan tanta desdicha. Porque la fiesta de los tiros alcanzó a tantos durante tantos días, que los veranos a veces huelen a cuneta.
Cuando escribimos de alguien en concreto, en realidad estamos recordando a todos, porque lo singular en esto de la memoria es lo colectivo. Hablar de una vida, es hablar de todas, porque los tiros fueron certeros y tuvieron un objetivo; acabar rápido y para siempre con el mundo republicano.
Así que trascender el hecho de la muerte, y hablar de los gestos e ideales de nuestros muertos, tal vez sea la mejor de las venganzas posibles. Porque el franquismo quiso terminar con sus ideas, está claro, pero sobre todo pretendió hacernos creer que la cosa iba de rencillas entre vecinos y de desgracias por los dos bandos, y no, ya no cuela. Ya no nos creemos que aquello fuera algo inevitable, una especie de maldición. Se acabó con un golpe de espuela y crucifijo con un intenso impulso modernizador y humanista, de eso se trataba sobre todo.
Y uno de los asesinatos singularizados es el de Federico García Lorca, del que se ha destacado mucho su aportación poética, dramática y popular y poco su aportación como pensador, como transmitente de una concepción de la vida y del mundo que resulta interesante, porque está conectado con la sensibilidad ante el derrotado, ante el excluido, ante el diferente y el marginado. Y porque continúa perfectamente con las preocupaciones republicanas sobre la importancia de la cultura y la educación, como vía principal de cambio social.
Desde la historiografía oficial poco se habla de las causas políticas de la muerte de Lorca, mejor dejarlo tirado en las páginas de una buena obra de teatro que hablar claro sobre las razones de su fusilamiento, mejor destacar el Verde que te quiero verde que las críticas al capitalismo de Poeta en Nueva York.
A Lorca lo asesinaron por sus ideas, sobre todo por eso, y además de ello trataron de humillarle por su orientación sexual. El contexto rural, obras de teatro provocadoras, unas fuerzas derechistas frustradas y una visión del mundo amplia y radical fueron además ingredientes imprescindibles para entender su fusilamiento. Fue un militante republicano, activo en mítines y actos. Y sobre todo, su obra y su actuar literario destilan una visión del mundo valiente y transgresor.
Ya en 1922, mucho antes de fundar la compañía de los actores de La Barraca, escribía que “yo y mi compañía venimos del teatro de los burgueses, del teatro de los condes y de los marqueses, un teatro de oros y cristales, donde los hombres van a dormirse y las señoras?a dormirse también [?]. Pero un día vi por el agujerito de la puerta una estrella que temblaba como una fresca violeta de luz. Entonces avisé a mis amigos, y huimos por esos campos en busca de la gente sencilla”.
Incluso dos meses antes de su muerte, sus obsesiones y su forma de mirar al mundo y al arte aparecían con nitidez. En una entrevista de 1936 Lorca declara que “en este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas”.
La denuncia social tiene su culmen en Poeta en Nueva York, que supone un grito contra la deshumanización de una arquitectura y una sociedad frías y solitarias, que reserva para los negros la exclusión más cruel. Y esas escenas, junto con el crack del 29 que él vivió, tejieron un libro desgarrador y tremendamente crítico ante los excesos del capitalismo.
En esta misma línea también dejó escrito que “quizá algún día, teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficencia municipal donde abundan tanto los bandidos de levita y aplastándolos haga una hermosa tortilla de las que tanta falta hacen en España”.
Muy a tono con el internacionalismo republicano de la época Lorca también metió los pies en esos charcos y con claridad afirma que “yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.
No obstante escribiendo Mariana Pineda quiso combatir la historiografía oficial llena de héroes, católicos por supuesto. Frente a españoles mitológicos y bélicos como el Cid Campeador, en Mariana Pineda describió una historia liberal y republicana desde la perspectiva de la víctima.
Queda claro entonces, ya lo estaba antes, que a Federico García Lorca lo mataron por su compromiso político, por su homosexualidad, por las críticas a la doble moral católica y rural de aquel entonces, y por su concepto universal de las cosas, del arte, de la cultura. Lo mataron por reivindicar en su obra y su vida a los rechazados, a los que no encajan, a los avergonzados, a los marginados. Vio en el flamenco, radical por esencia, el canto de los marginados y por eso mismo vio en el jazz a un hermano para el cante jondo. Sólo una mirada política (entendida como transformadora, esencialmente humanista, sensible y creativa) sería capaz de ver ese paralelismo en la década de los 30.
Lorca fue un personaje contradictorio en todos sus aspectos, pero enormemente pasional, vitalista y comprometido políticamente, tal vez tres cualidades que sirvieron de base para un genial creador e hipersensible. Cantó al derecho del individuo a su propia vida, a su propio erotismo, a su libertad, dijo Gibson, actitud vital que le costó la vida.
No dejemos que blanqueen lo que fue una persecución política generalizada, cruel e inhumana que nos está costando superar.