Han pasado casi 40 años desde que se filmó una de las historias mas hermosas sobre la vida en el mundo rural. Era el año 1984 cuando Montxo Armendariz nos sedujo con Tasio, el carbonero que se adentraba en los bosques navarros en busca de una libertad que era su modo de vida. Una historia que ha perdurado en el tiempo y que para toda una generación ha sido mucho más que una película, todo un canto a la vida, al amor a la tierra, a la independencia, a la familia, al respeto a la naturaleza, a la elección entre la ciudad o el pueblo. Mucho hemos cambiado desde entonces. Veinte años después, en el año 2004, otra directora navarra Mercedes Alvárez nos llevaba de la mano del pintor Pello Azketa hasta la localidad soriana de Aldealseñor, con el documental El cielo gira, en el que planteaba una vuelta a su pueblo natal para filmar cómo el paisaje y sus habitantes se iban diluyendo, con la metáfora de las pinturas de Azketa como escenario de fondo. Ni en una ni en otra la despoblación como tal, tan de moda en estos días, ni la idea de los neorurales estaban en el guión, aunque ya en 2004 andaban cerca. Ahora sí. El cine siembre ha sido una buena herramienta para los pueblos, para preservar la esencia de la vida rural. Y también a la inversa, como en Cinema Paradiso con Salvatore, el niño que se refugia para soñar en el cine de su pueblo. Llevar películas a esos pequeños lugares es más que una necesidad, es casi garantizar un derecho para sus habitantes que no siempre tienen fácil acceso a la cultura y desde luego no en las mismas condiciones que en la ciudad. Desde la ficción o la realidad y sobre todo a través del documental la vida en los pueblos ha protagonizado historias inolvidabes. No es un género, pero casi, y parece que va a más. La vida rural llevada a la gran pantalla está llegando este año a sus cotas más altas, con títulos que acaparan premios y apuntan alto como As bestas o Alcarras. Dos cintas muy diferentes con un hilo común. La vida en los pueblos es tan variada como la cinematografía que la retrata, sobre todo porque se escribe despacio, con el sentir del paso del tiempo, con menos prisa y más arraigo. Por eso casi siempre es un cine social, que se adentra en la realidad pero sobre todo en las personas, en sus relaciones, en sus sentimientos, en lo que cuentan y lo que callan. Vivir en un pueblo no es una vida de cine, aunque a veces lo parezca. Por eso, más que decir que a los pueblos les va de cine, sería que últimamente el cine va de pueblos.
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