Quizá es que me hago mayor a una velocidad que ni yo mismo esperaba, pero quizá no sea eso. El caso es que cada vez tengo menos paciencia con determinados tics de esta sociedad. Les contaré el último: la circulación masiva por redes de un texto en el que alguien se queja de la cantidad de recursos que se gastaron en buscar el batiscafo estadounidense y el contraste con lo poco que se busca a un barco a la deriva en el Mediterráneo. Estando muy de acuerdo con la parte del texto que hace referencia a que no se gasta el dinero ni los medios suficientes con la tragedia diaria de la emigración, no estoy de acuerdo en que haya que escatimar nada para buscar a 5 personas de buena posición que están en peligro de muerte. Pero, por encima de todo, de lo que estoy hastiado es de la inutilidad de esta y otras ocasiones en las que se ponen frases o ideas similares y circulan durante 24 o 48 o 72 horas y adiós muy buenas, porque en eso se queda el buenismo de la gran mayoría de nosotros, en ese esfuerzo de coger esa captura de pantalla y ponerla en nuestro estado de Whattsapp o en Instagram o en Twitter o en Facebook. Ya digo: estando de acuerdo con la idea general y con la desigualdad manifiesta, uno siente cierto hastío cuando la queja es solo eso, queja, una consigna más, una más entre cientos que los occidentales comidos, dormidos y con internet podemos llegar a compartir al cabo de un año. Que esto lo manifiesten personas realmente involucradas en la tragedia de la emigración me parece no solo maravilloso sino necesario, que lo hagamos los que mañana estaremos a favor de la foca monje, pasado a favor de la preservación de la amazonia –mientras montamos muebles de Ikea–, al otro del lado de las tribus en Senegal y de 753 minorías aplastadas más pero sin mover un dedo me resulta, ya digo, hasta pelín hipócrita. Compartes eso para que te vean y ahí acaba nuestro compromiso.