Triunfó más por su físico que por su calidad interpretativa. Vomitó declaraciones de un machismo inaceptable. Reconoció haber pegado a mujeres y trató de justificar estas agresiones con el argumento de que ellas también le pegaron a él. Tuvo actitudes homófobas hasta el punto de llegar a considerar la homosexualidad como algo “en contra de la naturaleza”. Llegó a posicionarse a favor de la pena de muerte. No ocultó su amistad con Jean-Marie Le Pen, el fundador del partido de extrema derecha Frente Nacional. Fue un narcisista de manual... y así podríamos seguir haciendo leña del árbol desaparecido, pero vamos a hacer todo lo contrario. Pese a este currículum que no le deja precisamente en buen lugar, Alain Delon tenía un aura que no dejaba indiferente a nadie. Y, además, como actor, también protagonizó buenas películas. Su sola mirada a la cámara –dicen que no le hacía falta actuar ya que le bastaba con mostrarse con naturalidad– tenía tanta fuerza que fue encadenando papeles que le convirtieron en una estrella de primer nivel. Su huella permanecerá imborrable en al menos un par de generaciones. Aquellas para las que un hombre guapo y elegante siempre será un Alain Delon. Y eso son palabras mayores.