Poca importancia se da, de verdad, a la belleza interior de una persona. Se habla de ella, se dice que es lo más importante, pero, en realidad, lo que importa es la belleza de primera vista, la imagen, retocada casi siempre, que quede bien en la pantalla o en la foto. ¡Ah!, pero cuando emana una poderosísima fuerza positiva del interior de alguien que, a primera vista, no nos había llamado la atención, e, incluso, lo apreciábamos, de algún modo, disminuido, la buena experiencia con esa persona queda para siempre. Es lo que nos ha pasado, al público asistente, con el espectáculo de los bailarines Shmuel Dvir Cohen y Tomer Navot, coreografiados por Sharon Fridman en el MUN. Un espectáculo muy bello, también exteriormente, pero que retorna, hacia el interior de los bailarines, la abundante belleza de sus movimientos, para tocarnos, también, en el interior de los espectadores. Porque es una obra aleccionadora, original, valiente, de gran dificultad técnica por las condiciones físicas de uno de sus componentes, optimista y, sobre todo, profundamente humana, con el componente más importante de lo humano, el amor amistad aristotélicos: desear al otro lo bueno, y quererse mutuamente.
La coreografía de Fridman resalta esa amistad de apoyo mutuo inconmensurable. Goe figure, como señala el programa, es un paisaje de extrema desigualdad corporal: Navot es fornido, corpulento, robusto, de cuerpo grande y fuerte. Dvir Cohen tiene una afección neurológica (distonía muscular). A medida que avanza la función –muy bien medida de metraje– el trasvase mutuo, de fortaleza uno, de voluntad de superación y aceptación del limitado movimiento el otro, va conformando un hermoso equilibrio entre ambas posibilidades físicas, hasta restaurar –en parte–, el cuerpo de Dvir, y descubrir, para Navot, movimientos nuevos. Los otros elementos protagonistas son la luminotecnia, la moto-silla de ruedas y las muletas.
Todo excepcionalmente manejado. Hay un sonido ambiental que va desde la honda respiración, hasta un magma indeterminado que crea atmósfera con la luz y el humo de escena. El comienzo es fantástico: sobre su lenta moto-silla, y por los efectos de la luz, Dvir parece volar entre nubes, metáfora y sueño, sin duda, del que no puede andar. Al aparecer Navot, el sueño (casi) se hace realidad. A partir de aquí, hay una tensión extraordinaria entre los dos cuerpos, con elevaciones arriesgadas y creatividad continua. El cuerpo más pasivo se encumbra. El más activo, hasta usa una muleta para ir, en simetría, con el otro. Las figuras, siempre en movimiento sobre la pequeña moto-silla, se turnan con la danza con muletas. Todo bien ligado, sin brusquedad, con cada movimiento –por razones obvias–, milimétricamente estudiado, perfectamente compenetrados. Los dos cuerpos, en las distintas posiciones; sobre las rodillas, abrazados, extendidos… expanden unas figuras francamente potentes. Eso sí, la moto-silla de ruedas, vacía, no deja de dar vueltas por todo el escenario; es la realidad. Y al final, recoge a Dvir, que, de nuevo se va entre las nubes. Vestuario apropiado. El público reacciona con lo que llamamos una ovación cerrada. Cerrada y sostenida por la emoción.
Go Figure
Dirección y coreografía: Sharon Fridman.
Asistente: Tamar Mayzlish.
Bailan: Shmuel Dvir Cohen y Tomer Navot.
Música: N. Helfer.
Luces: Yaron Abulafia. Vestuario: Miki Avni.
Incidencias: Ciclo Museo en Danza. Museo Universidad de Navarra. 21 de noviembre de 2024.
Medio patio de butacas (espectáculo aplazado del 11 de octubre).
(16 y 18 euros).