El anuncio del alto el fuego acordado entre Israel y Hamas puede ser una buena noticia si se lleva a cabo. Israel no ha dejado de bombardear zonas de Gaza desde que hizo público el acuerdo –más de 60 palestinos han sido asesinados desde ese momento–, y nada indica que tenga intención de dejar de hacerlo hasta que entre en vigor el próximo domingo. Netanyahu ya ha dado la primeras muestras de sus reticencias al anular la votación en su Gobierno para ratificar las condiciones de la tregua tras acusar a Hamas de poner trabas en el último minuto, algo difícil de creer porque ya había estampado su firma validando los términos del mismo como han confirmado Qatar, Egipto y EEUU. Tampoco es nueva esa posición de Netanyahu. La tregua se basa en unos consensos que ya fueron puestos sobre la mesa de negociaciones por Biden en mayo pasado y que Netanyahu ha dilatado durante todos estos meses y si ahora ha decidido aceptarlos es posiblemente por la presión de Trump a pocos días de que el lunes asuma la presidencia de EEUU. Por supuesto, el anuncio de alto el fuego ha sido acogido con satisfacción en la UE, una falsa impostura que no puede ocultar su inacción y su complicidad con la miseria moral que han supuesto los últimos 15 meses de bombardeos, masacres y destrucción de Palestina con un balance de más de 46.700 personas asesinadas –la mayoría niñas y niños, mujeres y ancianos–, infraestructuras y ciudades destruidas, escuelas y hospitales arrasados y uso del hambre, la sed y el frío como armas de guerra añadidas. Es posible que la tregua sea una realidad y que se desarrollen los tres plazos previstos para las próximas semanas empezando por la liberación de los rehenes en manos de Hamas y de presos palestinos y la posterior salida del ejército de Israel del territorio de Gaza. Y al menos habrá un poco de luz en la oscuridad de vida a la que ha sido condenado el pueblo palestino. Pero ni esa pequeña puerta a la esperanza puede dejar atrás la memoria del genocidio cometido ni borrar sus consecuencias humanas. Y tampoco debiera pasar página de la responsabilidades penales que señalan a sus responsables. El final del genocidio y la limpieza étnica, de la ocupación ilegal de las tierras palestinas, la reconstrucción de Gaza, de escuelas, carreteras, hospitales, etcétera, el regreso de las agencias de la ONU y de las Ongs que trabajaban sobre el terreno y el cumplimiento del derecho internacional y de las resoluciones de la ONU son igualmente consecuencias necesarias e imprescindibles para alcanzar una paz justa y duradera en Palestina. Y sin una intervención internacional efectiva parece imposible que todos estos pasos se vayan a dar. A la hora de cerrar estas letras ni siquiera está seguro el alto el fuego. Todo está en el aire y en manos de un tipo como Netanyahu que juega con la geopolítica internacional para salvaguardar sus propias necesidades políticas –ni ha logrado la liberación de los rehenes ni tampoco ha podido destruir a Hamas como ha prometido una y otra vez para justificar la matanza diaria de palestinos–, acusado de genocidio por la Corte Penal Internacional. Biden y Trump se han atribuido el logro del alto el fuego, pero serán una vez más Netanyahu y los más ultras del Gobierno que le sostiene los que decidan si se hace realidad o sigue el genocidio en vivo y en directo al que llevamos 15 meses asistiendo. Para la Historia quedará en todo caso otro enorme fracaso de la civilización.
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