El viernes, poco antes de que empezara la función, 1936, la obra conjunta de Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga, delante del Gayarre se formaban dos disciplinadas filas para entrar y junto al jardincillo, frente a la entrada, un grupo memorialista sostenía una pancarta cuyo texto abogaba por el derribo de los Caídos.
Tuve una extraña sensación al verlo. Yo iba al teatro a contemplar una creación, reelaboración, relectura, llámenle como quieran, de algo que pasó va a hacer 89 años y la vida de ahora, la que salta a los titulares, estaba allá recordando la dificultad de algunas larguísimas y accidentadas digestiones. Fue una de esas veces en que se entiende sin palabras. Sonreí. Se podría decir que el pasado se trenza con el presente, que lo informa, lo que ya sabemos, pero vivirlo así, plasmado en unos pocos metros cuadrados, fue impagable.
1936 tiene momentos de humor certeros, necesarios y agradecidos en un relato de cuatro horas. Ahí está el personaje de la Guerra Civil, una ancianita activa que sigue paseándose por la calle pletórica de salud y de cuya existencia daba fe la escena de la entrada. Y entiendo que se seguirá paseando hasta que muera o pierda la memoria la última persona a quien tenga la capacidad de conmover. La media de edad del público era alta. ¿Tienen los conflictos este largo ciclo que solo puede desembocar en el olvido? ¿Puede ser que de aquí a treinta, cuarenta años, algún ayuntamiento decidirá que la elemental estética o la fluidez del tráfico aconsejan derruir la mole y se tirará y aquí paz y después gloria?
El sábado, con una lógica narrativa incontestable, la pancarta llegó al escenario. Quien sostiene el discurso de la pieza no puede negarse a sostener la pancarta. Qué cosas, ¿verdad?