Si siguen las ediciones digitales de los medios se habrán percatado de unos años a esta parte que hay un florecimiento ya institucionalizado y general de noticias o reportajes que podríamos llamar prácticos. Antes solo había pura y dura información digamos de actualidad, pero ahora cada dos por tres te dicen qué hay que hacer con la pasta para que no se pegue, cuáles son las cinco cosas que hay que hacer antes de dormir, la lista de cinco lugares que recomienda ver National Geographic si no quieres considerar que tu vida ha sido un desaprovechamiento total y cientos de cuestiones de este calado, con los asuntos gastronómicos y de salud ocupando el lugar de honor.
A mí esto, lógicamente, me gusta, algo que parece ser general, ya que me dicen amigos expertos en Internet que esta clase de textos se leen y mucho. Lo que no he hecho es poner en práctica nada de lo que dicen, porque he llegado a la conclusión, tal vez errónea, de que si hago algo de lo que me dicen lo mismo sale bien y me conozco: comenzaría a leer todos los consejos y a anotarlos y a ponerlos en práctica y comería chía rebozada en bayas de goji y superalimentos y cenaría a las seis de la tarde para meterme en la cama con la digestión hecha y me frustraría porque no me llegan los ahorros para visitar los cinco mejores atolones de Oceanía y mi vida entraría en una espiral demoníaca de ejercicios físicos y espirituales y rutinas nuevas y cambios de enfoque que acabarían hacerme implosionar. Que me conozco.
Así que he decidido que voy a seguir echando un chorrito de aceite para cocer la pasta aunque leyera el otro día que así no se liga bien la salsa. A mí se me han ligado bien las salsas de la pasta 25 y ahora te viene un makoke con estrellas Michelin y te dice que no hagas eso. Vete a escardar, hombre. Ustedes, que son jóvenes, están aún a tiempo de no hacer caso omiso. ¡Coño, las 10 y sin cenar!