Tiempos de resiliencia. Combatir la adversidad. Rienda suelta a la imaginación. Y siempre a mano la pócima del escudo social y del populismo generoso. Así encara Pedro Sánchez un empinado 2026, minado de bombas parlamentarias y judiciales. Ahora bien, le asiste el coraje del animal político herido, de ese encorajinado rechazo a la (ultra)derecha y del virtuosismo propio del camaleón. La coraza suficiente para encarar la batalla definitiva de una guerra que, no obstante, va diezmando su suerte por la pesada losa de demasiados errores propios y ajenos. El escenario asoma sombrío en verdad, pero tampoco debería olvidarse la acreditada facilidad del PP para flagelarse.
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El nuevo año entra como se despidió el anterior: pintan bastos para las izquierdas. Posiblemente el socialismo se lleve la palma en tan descorazonador panorama porque tiene mucho más que perder. La amenaza de quedarse sin el auténtico poder aumenta con velocidad firme. El asegurado goteo de las venideras derrotas autonómicas minará el ánimo más allá de refugiarse infantilmente en el contubernio entre Vox y los populares. Como mirarse el dedo en lugar de señalar a la luna. Además, los disgustos no dan tregua al PSOE para hacerse un hueco en la agenda propositiva. En Ferraz, siguen sin sacar las sospechas de la cocina. Así es imposible recuperar la credibilidad suficiente. Mucho menos con los juicios contra Ábalos y Koldo a la vuelta de la esquina, o con la intencionada citación en el Senado del exministro, cuyos estrafalarios gastos recuerdan aquella versión tan sonrojante vivida con Rodrigo Rato.
A su lado, los autodenominados transformadores y progresistas se enredan sin propósito de enmienda. Mancillan con sus enconadas apetencias personalistas la urgente búsqueda de pactos imprescindibles para aminorar el destrozo que les supondrá el avance imparable de la derecha. Tan manifiesta desunión propicia sonoros desacuerdos, como el más reciente de Aragón, que solo presagian el fracaso en las urnas y desengaños entre sus desalentados seguidores. Tan solo despeja la incógnita sobre el futuro como lideresa destronada de Yolanda Díaz, quizá uno de los fracasos particulares más estruendosos en tan corto período de tiempo y desde un escaparate tan privilegiado para apuntalar sus dominios. Su bravata en un vaso de agua reclamando relevos ministeriales la empequeñece, precisamente cuando en su entorno siguen buscando hilo para coser cualquier coalición que se precie. No gana para disgustos. El último, la vista gorda del Gobierno al pedido de material de Airbus a Israel.
Las dos vicepresidentas sentadas más cerca del escaño de Sánchez corren serio riesgo de encajar duros golpes en sus aspiraciones políticas. María José Montero, a su vez, arrastra la fundada fatalidad de hundir algo más a sus compañeros en Andalucía. Le quedará hasta el consuelo, antes de su despedida, de presentar un borrador de Presupuestos claramente inversor y así zarandear con su afilado verbo a cuantos en la votación hagan posible su rechazo por intereses de rédito partidista.
Silencio por miedo
Mientras, los acompañantes en la investidura del presidente siguen hieráticos ante el estado de confusión reinante. No se atreven a soltar amarras. Sienten pánico por el horizonte que se avecina y que, desde luego, acabará viniendo antes o después si Feijóo no lo evita con tiros en el pie propios de la escuela de Génova. Extremadura no deja de ser un ejemplo palmario. Tampoco le va a la zaga la remisión por entregas de los guapsas cruzados con el ignominioso Mazón durante la dana.
En el caso de Podemos y Junts, apenas trastean, vivamente interesados. Les mueve como único objetivo avivar el desgaste gota a gota del presidente. El grupo de bustos parlantes de Pablo Iglesias azuza hasta llegar como máximo al borde del precipicio. Ni un empujón más porque entonces el descalabro de un gobierno de izquierdas les pasaría factura. Puigdemont tampoco quiere accionar el botón de un final tormentoso. No le aportaría rédito alguno en Catalunya y su ambición egoísta reduce todo objetivo perentorio a conseguir la amnistía que varios jueces españoles le regatearán hasta el límite. Hasta entonces, sigue complacido por los azotes de Miriam Nogueras.
Son semanas de descanso parlamentario, pero de actividad judicial de guante blanco. El tiempo adecuado para ir pergeñando desde varios frentes una campaña dirigida a doblar el pulso al Supremo en la sentencia contra el ex fiscal general García Ortíz. El partido acaba de empezar y asegura emociones fuertes. Pedro Sánchez no le quita ojo.