En el mismo escenario en el que presentó, en marzo de 2023, su espectáculo de Tercer cielo, Rocío Márquez ofreció el sábado pasado una actuación en la que puso sobre las tablas su nueva criatura, Himno vertical. En la más profunda en inquebrantable oscuridad, Pedro Rojas Ogáyar, guitarrista y coautor de la música del álbum, comenzó a rasgar las cuerdas de su guitarra. Una solitaria luz cenital cayó sobre él. Cuando llevaba unos minutos tocando, se escucharon unos sonidos difíciles de descifrar. ¿Era la lluvia al caer? ¿Un arroyo fluyendo? Nada de eso, se trataba de Rocío, que calentaba sus cuerdas vocales y daba inicio al concierto de la misma manera que lo hace en el disco. La primera canción, Dictado, fue toda una declaración de intenciones: “Me llegan voces / me dictan cosas / no sé qué cosas / son vibraciones / (…) / Me llegan voces / estoy atenta / desde mi adentro”.
La artista ha manifestado que, para ella, la composición es una especie de dictado. Que las canciones están en algún lugar, ya escritas, y que ella se limita a transcribirlas. O sea, que la onubense es una especie cazadora de tonadas. Y de emociones, cabría añadir. Porque no se trata solo de escribir. También hay que saber cantar, y en eso es toda una experta. En la segunda, Apariencia, lució su poderío vocal en los gritos del final. Le siguieron unos segundos de silencio que nadie se atrevió a romper con aplausos. El público estaba estremecido.
CONCIERTO DE ROCÍO MÁRQUEZ
Fecha: 14/02/2026 Lugar: Museo Universidad de Navarra.
Tenían pocos elementos en el escenario, pero fueron sabiamente utilizados. En la primera parte de la actuación prevaleció la tiniebla, el negro, como sucede en la impactante portada del álbum. Había focos a los lados, y a ellos se aceraba Rocío, para cantarle a la luz. ¿Era una metáfora? Podría serlo. Recordemos que el disco estuvo marcado por dos fallecimientos (la prima mayor de Rocío y el padre de Pedro), y su creación les sirvió para salir del duelo. Ella exorcizaba su pena cantando, y él hacía lo propio con una guitarra eléctrica, aportando sonidos experimentales y vanguardistas. Y otra vez el negro, y una única luz, potente, dura, disparada a quemarropa desde el mástil de la eléctrica de Pedro hacia el corazón del patio de butacas, mientras Rocío rasgaba su garganta en busca del aullido más atávico.
En la segunda parte hubo algo más de luz y color, así como algunos efectos visuales, sacando mucho partido del atrezo que tenían dispuesto sobre el escenario (una cortina, unos cordones de luces led, una peana…) y construyendo un show dinámico y efectivo. Obviamente, nada de todo aquello distrajo la atención del público de lo verdaderamente esencial: la guitarra de Pedro y la voz de Rocío. Es impresionante cómo pasa del susurro al grito, de lo profundo a lo liviano, de lo tradicional a la experimentación. Cuando terminaron, todo el auditorio aplaudía entusiasmado y en pie. A cada paso que da, Rocío Márquez se afianza como uno de los grandes talentos de nuestra música. Siempre inquieta, siempre mutando. En constante crecimiento.