Estaba sentado en la cocina y había doblado el periódico y lo había dejado a un lado. En la mesa. Puede que con cierta tristeza, no lo descartaría, claro. Así que me levanté de la silla y bajé al sótano. No sé por qué bajé al sótano. Ya no lo recuerdo. Puede que mientras bajaba los peldaños, tampoco supiera muy bien por qué lo hacía. Pero, en realidad, suelo hacerlo bastante a menudo. Como una especie de ritual, tal vez. No sé. Bajar al sótano: imagino que será bueno para algo.
A veces me encuentro en el sótano y me pregunto qué hago aquí. Y, por supuesto, no sé qué responderme. Puede hasta resultar gracioso, según el día. ¿Qué diablos hago aquí? ¡No lo sé! ¡Ja ja ja! No obstante, la cuestión es que esta vez me quede pensando, mientras intentaba atrapar una araña con el aspirador, que si el jefe Trump se adueña de toda América y el jefe ruso reapaña su imperio, y el jefe chino (a la chita callando) se hace con todo lo demás, Europa acabará convertida en un parque temático de estética antigua con encanto vintage para turistas ricos, Lutxo, le digo. Si no lo es ya, claro. En fin, estamos ahí, una día más, en la terraza del Torino, viendo pasar la vida a cero grados, y entonces me dice que a él le encantan los parques temáticos. Y que Trump se merece el Nobel de la paz. Y además, no parece un mal tipo.
Así que me callo. Que diga lo que quiera. Lo malo es que mucha gente cercana, compañeros de trabajo, vecinos, parientes, piensan igual. Te lo dicen sin pudor. Y eso es un signo. Eso denota un cambio inquietante en la mente colectiva. El orgullo de asumir posiciones contrarias a la justicia y el impudor de manifestarlo en público de manera desafiante. Esto ya ha pasado antes y suele ser preludio de lo peor. Pero bueno. A veces me pregunto qué diablos hago aquí y no sé qué responderme, claro, ¡ja ja ja!