Ocurrió en la dana de Valencia y también en los incendios forestales de Castilla y Galicia. Y ha vuelto a suceder con el accidente ferroviario de Adamuz. Allí donde se produce la catástrofe acuden prestas las autoridades (menos Mazón, que holgaba en El Ventorro) revestidas con chalecos amarillos y uniformes de emergencia civil, tan campantes y engreídos, como si la moda en esas horas trágicas fuera ataviarse de Coronel Tapioca. Pero es una estética falsa cuyo propósito es mostrar una implicación decisiva en las labores de salvamento e investigación.
¿Acaso ese atuendo, entre carnavalesco y excéntrico, es exigencia de credibilidad política? En España, por su secular hipocresía y moral de campanario, siguen creyendo que el hábito hace al fraile. Las pantallas han sido una feria de postureo en ese baile de disfraces, cuando tocaba expresar dolor, contención emocional y solidaridad. Llegada la hora de las responsabilidades los camuflados líderes se esfumarán. Los héroes no visten uniforme: eran vecinos del pueblo, el chico de 16 años, el del bar, el alcalde, voluntarios anónimos. Los informativos han hecho un gran esfuerzo, una vez más; pero se empeñan en dar protagonismo a apresurados expertos. ¿Expertos en qué?
En especular y aventurar hipótesis sin datos comprobados que son la antesala de los bulos que colapsan el estercolero de redes sociales y medios neofranquistas. La ansiedad es la enfermedad del telediario y el delirio de los apocalípticos. ¿Es que no bastó con el terror que infundieron los eruditos por la tele durante la pandemia? Ni los curas hicieron tanto daño con el miedo a lo largo de la historia que entonces aquellos aprendices de brujo. Tengamos en cuenta que la fatalidad existe y salta de improviso, se llame Trump, Putin o absurdo accidente.